DUKE
Al parecer, el plan está dando resultado, al menos por ahora la situación está bajo control. Miro a mi alrededor y veo a Enzo sentado en la mesa de los niños sin quitarle la vista a su madre, pronto buscará cualquier excusa para ir con ella.
Carolina e Isabel se encuentran un poco más apartadas de los demás, seguramente hablando de alguien más; sus gestos me devuelven a una cena de años atrás, cuando Gabriela —la mujer de mi hermano— y Carolina se enfrentaron con Samantha, la madrastra. Mi cuñada fue amiga íntima de Carolina… ¿Habrá ocupado Isabel su lugar? ¿O acaso Carolina solo está fingiendo, y todo esto no es más que un juego?
Un poco más allá, Marcus, el perro del Consigliere, no disimula: no para de comerse con los ojos a mi mujer, esa sanguijuela enferma, desde que la secuestraron y la llevaron a la mansión, quiere domarla, tenerla a la fuerza…Lo veo en sus ojos.
Si sigue así, tendré que matarlo, y si eso nos lleva a una guerra entre capos, que así sea.
Una mano cálida se posa en mi hombro desde atrás y me arranca de mi ensimismamiento.
—Hijo —dice el Don con una voz cercana.
Coge una copa con naturalidad y me dedica una mirada atenta, como si buscara leerme. Quiere decirme algo, aunque las palabras parecen atragantarse antes de salir.
—¿Pasa algo, Angelo?
—He estado observándote, muchacho... No solo a ti; también a mi nieto. —Señala con la barbilla hacia mi hijo y lo mira, pendiente de Isabel—. Esa mujer... no sé cómo lo ha hecho, pero os tiene comiendo de su mano…
—Luciano, el niño necesitaba una madre... ¿no era por eso que la retuvimos aquí?
No me pasa desapercibido que ha dicho “os ha ganado”, pero finjo no haberlo oído para sonsacarle el verdadero motivo de su presencia.
—Estoy empezando a pensar que no fue una decisión acertada... Creo que sería mejor cortar esto de raíz.
—No sé a dónde quieres llegar.
—Esa mujer debe irse. No pertenece a nuestro mundo. Podemos deshacernos de ella fácilmente. No me gusta la idea de matarla —añade, con cierta desgana—; al fin y al cabo ha compartido mesa con nosotros y mi nieto le tiene cariño…
—Sinceramente, no sé a qué viene esto —le corto—. Fuisteis tú y Lucciano quienes me ordenasteis que la tomara, que se hiciera cargo del niño y lo cuidara.
—Creo que nos adelantamos —dice—. Mi nieto tendrá una madre cuando te cases con la mujer correcta: una princesa de la mafia que te apoye y respalde tu liderazgo. —Hace una pausa—. No imaginé que os encariñaríais tanto con ella... Incluso tú arriesgaste la vida por esa mujer en aquel sótano.
—No sé adónde quieres llegar...
Sí sé a dónde quiere llegar —pienso—, sobre todo por las insinuaciones de la princesa italiana, pero quiero que lo diga claramente y no se vaya por los laureles.
—Duke, te he estado observando; la mirás como si fuera tuya… y estás siempre atento, como un perro que defiende a su hembra contra cualquiera que se acerque. Y ella te mira como hombre…
—Eso no es verdad —la respuesta se me escapa débil.
—Es normal, sois jóvenes y vivís juntos —dice—, pero ten cuidado: podría quedarse embarazada. Un bastardo ahora no conviene.
Esa palabra me quema por dentro—yo mismo soy un bastardo—; en cualquier otra situación le habría contestado y puesto en su sitio, pero no muestro nada. Si muestro que me importa, irán a por ella.
Confío en el Don, es un buen hombre a pesar de ser un criminal—como yo—, pero desde que perdió a su hija se ha vuelto extremadamente receloso con Enzo; quiere protegerlo a toda costa y asegurarse de que herede el liderazgo, y para lograrlo depende completamente de mí, su padre.
No sé cómo podría actuar el Don si no cumplo con sus expectativas, así que hago lo que mejor sé, poner cara de poker.
No quiero tener que encerrarla para protegerla; y aun así, si todos a mi alrededor van a por ella…sería difícil protegerla, podría tener consecuencias irreversibles.
Un pensamiento me golpea con fuerza: si descubren que yo conocía a esa mujer desde antes y no lo dije el primer día, se pondrán nerviosos, sobre todo el Consigliere, estará seguro que es mi punto débil.
—No tengo tiempo para jugar a las casitas, Lucciano. —Al decirlo, mi cuerpo se tensa, como si le molestara lo que estoy diciendo—. La chica cumple su función con Enzo; si está en mi casa es mía. Si quiero follármela, me la follo. No hay sentimientos de por medio.
Hay algo en esas palabras que me deja un sabor rancio en la boca.
El hombre duda por un instante, pero termina dándome un golpecito en el hombro, un gesto que parece de complicidad.
—Bueno… todos hemos sido jóvenes alguna vez —dice con un hilo de sonrisa—. Solo estaba preocupado por la familia.
Siento un pequeño alivio al cerrar la conversación, pero también una punzada de frustración; sé que sus palabras esconden más de lo que muestran. Antes de que pueda responder, suena su teléfono. Él lo atiende con rapidez, y se marcha con un último gesto con la cabeza.
El camino de vuelta en coche transcurre en silencio, solo interrumpido por el rugido del motor. Isabel no me quita ojo. Finalmente, rompe el silencio:
—Cuando lleguemos a casa, podríamos tomarnos algo en la cocina…
—Saldré con la moto —digo, firme, con esa mezcla de impaciencia y necesidad de despejarme.
El aire entre nosotros se vuelve denso; cada uno atrapado en sus propios pensamientos, conscientes de lo que dejamos atrás y de lo que nos espera afuera.