Isabel
Durante el desayuno mencioné que me gustaría practicar el tiro. A Duke no le entusiasmó la idea, lo noté en la manera en que frunció el ceño, pero al final accedió. Me enseñaron a disparar hace varios años, como parte del programa de formación en la fiscalía, aunque soy consciente de que, en una situación de peligro real, esa experiencia probablemente no me serviría de mucho.
Llega la noche y me preparo para la gran cena del Consigliere.
Estoy más nerviosa de lo que quisiera admitir.
Debo mantener la calma, sonreír con naturalidad y hacerle creer al Consigliere que no sé nada… que ignoro por completo que fue él quien ordenó mi asesinato en el sótano. Cada gesto, cada palabra, tiene que sonar convincente.
Me pongo el vestido n***o que Duke eligió, con el escote en la espalda, y me maquillo con tonos chocolate. Carolina insiste en que esos colores me favorecen, no seré yo quien le lleve la contraria.
Cuando me miro al espejo me veo sexy pero elegante. ¿Le gustará a él?
Unos golpes en la puerta me sacan de mis pensamientos: Es Sebas.
El hombre, impecable, me recorre con la mirada y sonríe.
—Estás espectacular, Isabel—dice con una sonrisa.
Ese cumplido me hace pavonearme un poco, sonriendo y colocando las manos en las caderas en un gesto juguetón.
De pronto, un golpe seco resuena en el pasillo, a cierta distancia de donde estamos. Giro la cabeza y lo veo. Duke está apoyado contra la pared, inmóvil y sus ojos me atraviesan con una dureza que me hace bajar los brazos al instante.
—Ven aquí —ordena.
Me lleva a su despacho. Cierra la puerta con un movimiento brusco y me mira en silencio. Ladea la cabeza aprieta la mandíbula reteniendo algo que iba a decir.
Parece molesto.
—Deja de hacer eso.
—¿El qué?
Abre la boca, pero se detiene otra vez. Traga saliva, como si lo que piensa fuera demasiado evidente pero no quisiera reconocerlo.
Se acerca y mi piel se estremece al sentir su calor. No soy una mujer pequeña, pero a su lado me siento diminuta. Cuando apoya una mano en mi nuca y la desliza lentamente por mi columna hasta llegar al borde del vestido un escalofrío recoge mi columna vertebral. Sus dedos levantan el dobladillo con una lentitud casi dolorosa y se mueven curiosos alrededor, como si estuviera buscando algo.
—Isabel… dime… —su voz es baja, ronca—. ¿Se puede saber por qué no llevas ropa interior?
—Bueno… así luce mejor el vestido. Carolina dijo que la ropa interior se marcaría y que no quedaba bonito.
—Nena… —susurra, apretando la mandíbula—. Me vas a volver loco.
—¿Qué pasa? —balbuceo—. Pensé que te gustaba el vestido. Aquel día dijiste que me lo quedara.
—Me gusta, j*der —gruñe—. Demasiado. Y ese es el problema… porque a los demás también les va a gustar. Te van a mirar…
Me río suavemente, intentando ocultar que me estoy avergonzando por sus palabras. A veces con él me siento como una adolescente.
—¿No crees que exageras un poco? He visto a princesas de la mafia con vestidos mucho más atrevidos…Carolina va a llevar un encaje n***o precioso.
Él se gira de golpe y me da la espalda, visiblemente ofuscado e intentando contener su enfado.
—Mantente en mi rango de visión toda la noche. Y junto a Enzo.
—Sí, sí… —respondo, como quien le da la razón a un loco.
La voz de Sebas nos advierte que nos demos prisa y Duke alcanza en dos zancadas la puerta y me hace un gesto para que salga de su despacho.
***
El Consigliere no tarda en aparecer entre los invitados, avanzando con pasos medidos y seguridad absoluta. Su presencia impone de inmediato; todo en él, desde la postura hasta la mirada, transmite autoridad. Cuando llega a nuestro lado, inclina apenas la cabeza en un saludo casi imperceptible, evaluándome con ojos que parecen leer cada uno de mis pensamientos.
Hoy no quiero que la presencia de este hombre me afecte. Seguiré el plan.
Hablan de negocios con ciertos políticos corruptos de Boston, intercambiando cifras y nombres con esa precisión que solo los mafiosos dominan.
Finalmente, Duke aprovecha un silencio y finge una excusa y se aleja para hablar con alguien más, tal y como habíamos planeado.Los ojos del Consigliere, profundos y calculadores, se clavan en mí, evaluando cada reacción ante la partida de mi marido.
Lo noto, va a intentar sacarme información.
—He oído que organizaron un atentado contra ti…
—Si…—me tiembla la voz—. Creen que el blanco era Duke, una venganza por…
Fingo que se me iba a escapar algo y espero su reacción, pero lo único que encuentro es silencio.
—¿Y?—dice al fin.
—Si te lo cuento, ¿no harás daño a mis seres queridos?
—De momento sí, pero me tendrás que demostrar que vas a mantenerme informado…
Miro a los lados fingiendo nerviosismo, como si estuviera contándole un secreto—Los escuché hablar…Duke cree que el ruso lo estaba buscando a él, en represalia por haberse llevado a todas las mujeres del camión.
—¿Eso es así?
—Si, querían aprovechar de que estaba convaleciente…
—La Bratva es muy vengativa…
Su cinismo me desarma y me resulta muy difícil fingir que desconozco la verdad.
—Y entonces… ¿por qué te atacó a tí? ¿Dónde estabas?
Me está probando. Si le digo que no estaba en el sótano, sabrá que estoy mintiendo.
—Estaba en el sótano… Du… Duke me castigó. Las escaleras están justo al lado de la puerta trasera, quizá por eso me oyó gritar. Ese hombre… —trago saliva y me llevo la mano al pecho, sin necesidad de fingir el temblor en mis dedos, porque el recuerdo todavía me afecta—. Dijo que quería llevar mi cabeza a Duke… Todavía recuerdo sus ojos...
—¿Por qué estabas en el sótano? Si se puede saber…
—Intenté escaparme otra vez… —murmuro, fingiendo que el recuerdo me quiebra. Bajo la voz, como si la confesión me doliera—. Hasta encerró a mi familia ... Dice que tiene que darme una lección y no me deja comunicarme con ellos.
Se me queda mirando, quizá porque me adelanté a la pregunta que estaba a punto de hacer. Sabe que no los tiene bajo control y, precisamente por eso, desconoce lo que en realidad ocurrió.
—Necesito que te ganes su confianza… necesito que me cuentes todo lo que ocurra dentro de la familia Bellini, todos sus secretos... incluso los del niño¿Me entiendes?.
Bajo la cabeza, como si estuviera sometida por el filo de su amenaza.
—Ya sabes que tu padre y tu abuelo no son las únicas personas que aprecias…—continua.
Me pongo en tensión y le contesto con un susurro apenas audible. Espero que el plan funcione… necesito poder confiar en Duke…
—Sí, señor …
De repente, Carolina aparece. Su rostro lo dice todo: acaba de descubrirme a solas con su padre. La tensión en sus ojos es evidente; no duda en acercarse con paso firme y, sin dar explicaciones, me agarra del brazo. Su gesto es tan brusco como protector, y antes de arrastrarme hacia el baño lanza a su padre una mirada afilada, cargada de reproche.