~No se como hacerlo~

1399 Words
Narrador: La risa de la niña era una ofensa. ​No un simple ruido, sino una agresión acústica que profanaba la única regla sagrada de la casa: el silencio absoluto. Era un sonido estridente, fuera de lugar, que rebota en las paredes de mármol de la mansión Vans como fragmentos de cristal. Lía. El nombre era tan suave como la cosa que representaba, y Shane lo sintió como una espina clavada en la garganta. ​Shane permaneció en el comedor. No se movía, no respiraba profundamente. Había terminado su batido proteico; un ritual tan frío como su alma. Estaba fingiendo leer un informe de análisis de riesgos, un documento tan seco y técnico que garantizaba no evocar ninguna emoción. Pero no podía concentrarse. ​Su cuerpo era un sistema de alerta. Cada crujido de la madera, cada susurro en el pasillo, lo hacía temblar. Elvira estaba guiando a Sofía y Lía por el ala este. ​Oyó la voz de Elvira, llena de entusiasmo: —Y este es el pequeño salón, tiene una chimenea, aunque no la encendemos a menudo... ¡Pero es muy acogedor! ​—¡Mira, mamá, un dragón! —exclamó Lía, refiriéndose a una gárgola ornamental sobre el alféizar de una ventana lateral. Su voz era aguda, llena de esa maravillosa, exasperante inocencia de niños. ​Shane apretó los dientes. El miedo a lo que estaba por venir, a lo que esa niña representaba, era tan intenso que era casi un dolor físico en el centro de su pecho. La casa, que había sido su cámara acorazada de luto, ahora se sentía invadida, violada por el aliento fresco de la vida. ​Se puso de pie, su figura alta proyectando una sombra lúgubre sobre el suelo pulido. Era hora de retirarse. No iba a ser anfitrión, ni iba a presenciar la invasión. Se dirigió a su oficina, su puerta de caoba maciza, su única garantía de aislamiento. ​Mientras caminaba por el corredor hacia su santuario, pasó junto al pasillo de la biblioteca. Ahí estaban. ​Lía estaba de pie sobre una caja de mudanza a medio abrir. Su rostro estaba inclinado hacia arriba, con la mandíbula caída en fascinación. Sofía la observaba con una mezcla palpable de agotamiento y vigilancia constante. El rostro de Sofía estaba más pálido a la luz tenue de la mañana, y Shane notó las ojeras oscuras; era una mujer al límite. ​—Cariño, baja de ahí. Por favor, Lía. ​—Solo quiero ver qué es eso —dijo Lía, señalando la repisa superior de la biblioteca. ​En esa repisa, Shane mantenía una caja de lata oxidada, sellada con cinta adhesiva de alta resistencia. Eran los adornos navideños que él y Elena habían comprado en su primer año de casados, los únicos objetos que no había podido quemar. Los había escondido a una altura inaccesible, como si la elevación pudiera sofocar la memoria. ​La voz de Shane, al hablar, fue tan tensa que apenas era un susurro. ​—Es una caja vieja, niña. No es un juguete. ​Sofía se giró al oírlo. Su nerviosismo se disparó. Dio un paso hacia Shane, sus ojos suplicando una disculpa. —Señor Vans. Lo siento. No debimos entrar aquí. ​Shane ignoró a Sofía. Su mirada estaba fija en Lía, que, con la curiosidad desarmante de su edad, no se había movido. La niña había logrado despertar al fantasma más doloroso de la casa. ​—Las reglas son claras —dijo Shane—. Nada se toca sin permiso. Nada. Esta casa es mi espacio. Y si esa caja se mueve un solo centímetro, la regla más importante de todas se rompe. Y ustedes se van. ​Sofía agarró a Lía y la bajó, tirando de ella con una firmeza desesperada. —Lía, ya lo oíste. No la mires. ​—Pero... pero no estoy haciendo nada mami ¿A que le tiene miedo este señor? —preguntó Lía, su voz pequeña y honesta. La pregunta, dirigida a su madre, fue como una acusación resonando en el silencio. ​Shane sintió que el aire lo abandonaba. La niña había pronunciado la palabra que él se había prohibido a sí mismo. Miedo. Él no estaba sufriendo; él tenía miedo. Miedo de sentir, miedo de recordar, miedo de vivir. ​—Lía —dijo Sofía, con la voz apenas controlada—, no hagas preguntas. Disculpe señor Vans. Estaremos en nuestro cuarto. Ahora. ​Shane asintió, incapaz de articular una palabra. Se sintió desarmado, su armadura fría agrietada por la curiosidad sencilla de la niña. Vio el miedo en los ojos de Sofía, la pura desesperación de una madre que sabe que su futuro pende de un hilo. ​Finalmente, Shane se encerró en su oficina. Caminó hasta la ventana y observó la nieve que caía, un muro blanco de aislamiento. Se obligó a concentrarse en los documentos, pero la concentración era imposible. ​El sonido llegó de nuevo. Amortiguado por la distancia, pero perfectamente audible. ​Lía estaba riendo. Una risa infantil, pura, sin fisuras, llena de una alegría sin motivo. La risa del hijo que Elena y él no tuvieron. ​Shane se desplomó en su sillón de cuero. Cerró los ojos con fuerza. El sonido no era solo ruido; era la manifestación auditiva de todo lo que había perdido. El golpe fue devastador. La risa de Lía era el sonido de la vida que había sido cruelmente arrancada de su lado. ​«¿Verdad que es hermoso, Shane? Le pondremos un pequeño gorro de Papá Noel». La voz de Elena en su mente, el recuerdo del monitor de ecografía. ​Shane se puso de pie con una urgencia brutal. Necesitaba escapar. Necesitaba el silencio absoluto, la única verdad que su alma aceptaba. Necesitaba el único lugar donde no había risas, no había promesas, solo una estela de piedra. ​Salió de la casa sin abrigo. Su traje caro era una burla a la temperatura exterior. No sintió frío. La rabia y el dolor habían anestesiado todo lo demás. ​Condujo por los caminos rurales envueltos en la neblina invernal. Los pinos cubiertos de nieve le recordaban la carretera aquella noche, trayéndole flashbacks del olor a gasolina, el color rojo brillante sobre el blanco. ​Llegó al cementerio. Un vasto campo blanco y silencioso, solo interrumpido por las estelas de piedra. El lugar, irónicamente, se sentía más cálido que la casa. ​Encontró la lápida. Elena y Bebé Vans. Una inscripción que él había ordenado que fuera discreta, sin fechas, solo la promesa rota y el vacío. ​Se arrodilló sobre la nieve, ignorando cómo el frío penetraba sus pantalones y sus manos. Puso la mano sobre la piedra helada, la única conexión física que le quedaba con ella. ​—Me está volviendo loco, Elena —susurró, su voz rota por el frío y la desesperación—. Lo prometiste. Dijiste que te quedarías. Y ahora... ahora me obligan a traer la luz. Ella ríe, Elena. La niña ríe. Y cada sonido es un recordatorio de la risa que él nunca tendrá. ​El dolor lo asfixiaba. Se inclinó sobre la lápida, el aliento caliente chocando contra la piedra fría. ​—Me pediste que encontrara la felicidad. ¿Cómo se encuentra la felicidad cuando solo me dejaste ceniza? Soy un hombre muerto. Congelado. Y ahora esta mujer, esta niña... están intentando hacer un agujero en el hielo. Y duele, Elena. Duele como el infierno. ​La nieve caía sobre él, sin piedad, acumulándose en su cabello y hombros. El cielo se había vuelto de un gris plomizo, un reflejo de su miseria. ​—No sé cómo hacerlo. No sé cómo ser feliz. Solo sé cómo ser... esto. Vacío. Congelado. Te juro que lo estoy intentando. Pero te necesito. Necesito tu amor. Necesito tu risa. Y solo tengo esta maldita piedra. ​Permaneció allí hasta que sus manos se pusieron azules, una figura solitaria y desolada. Su alma estaba anclada a ese campo helado. Había prohibido la Navidad en su casa, pero la había encontrado aquí, en la tumba, como el recuerdo de lo que era y lo que nunca volvería a ser. ​La nieve seguía cayendo, enterrando lentamente la lápida y a Shane en su luto eterno. Mañana, la vida lo esperaría, pero él, por esta noche, se entregaba a la muerte.
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