Capítulo IX

1588 Words
“El amor es como el fuego; suelen ver antes el humo los que están fuera, que las llamas los que están dentro.” —Jacinto Benavente. No sé en qué momento me había cargado y traído a una nueva habitación que cerró enseguida con su espalda mientras que seguía caminando hasta depositarme en un suave colchón. Sus orbes ahora parecía más salvajes y atentas a cualquier movimiento de mi parte y fue inevitable para mí no ser una extraña opresión en mi pecho llena de emoción y deseo alucinante. —He deseado esto desde que te conocí —aseguró él con voz ronca y ojos posesivos ocasionando que contuviera el aliento ante los desbordantes sentimientos que estaba causando en mí. Fruncí ligeramente el ceño pues su afirmación había sonado como si él llevara tiempo conociéndome y realmente llevábamos conociéndonos solo 2 días. —Verte en mi cama es en definitiva un sueño hecho realidad. Entonces sin que yo me lo esperara sus labios cubrieron los míos en un sublime beso arrebatador. Enseguida su cuerpo cubrió el mío sin dejar que todo su peso cayera sobre mí sin embargo haciendo que su calidez me cubriera por completo. No hubo más necesidad de palabras entre nosotros a pesar de que yo estaba nerviosa y temblando como una hoja dejé que me besara como lo estaba haciendo hasta que sus besos fueron descendiendo sobre mí cuerpo haciéndome tensar de golpe. —No, Jay. Tengo mucha vergüenza. Nosotros apenas nos conocemos, no deberíamos. —El amor no es cosa de tiempo princesa, solo con verte un solo instante estuve convencido de que eras tú —Me dijo sin apartar sus orbes de mi agitando mi corazón como nunca antes lo había hecho y algo me decía que él no estaba mintiendo pero parecía tan irreal—. Sin embargo si no quieres hacerlo... Él iba a tratar de levantarse de mi cuerpo no obstante yo no lo dejé ir apretando mis piernas alrededor de su cintura. —Solo hay una forma de que no esté tan avergonzada —le dije con las mejillas completamente rojas por lo que iba a decirle. Él me miró fijamente a la espera de lo que sea que fuera a decirle y entonces me obligué a soltarlo. — ¿Vendarme los ojos? —repitió él confundido no obstante todavía podía ver la excitación cubriendo sus orbes fijas en mí, yo asentí bajo su mirada mientras que su mano se acercó para acariciar con suavidad mi mejilla haciendo saltar mi corazón—. Ángel, yo no voy a obligarte a nada, si no quieres... —Pero es que sí quiero —lo interrumpí sonrojándome con más fuerza bajo su mirada intensa. —Si eso quieres —susurró él de nuevo pero esta vez fui yo quien lo besó anhelando ser más deshinibida respecto a la sexualidad pero eso era algo que simplemente no estaba en mí. Dios, soy una aburrida. De pronto pensé que Jay no disfrutaría demasiado gracias a mí y que probablemente después de hoy él sí huya de mí. Aunque antes de eso yo iba a hacer lo mejor que pudiera para hacerlo disfrutar y yo junto con él. Normalmente suelo ser tímida con los hombres, tanto que incluso soy virgen, pero eso Jay no lo sabe, sin embargo los pensamientos que cruzan por mi cabeza al ver a este hombre no son nada inocentes. Todo lo contrario. No podía dejar de pensar en las cosas sucias que quería que hiciéramos, no obstante no podía hacerlas bajo esa mirada imperturbable que él poseía. No tardé demasiado en cubrir sus ojos con su propia camisa de la que él se había desecho antes de acostarse sobre mí y al ver que Jay no protestó mi pulso enseguida se disparó contemplándolo enseguida de arriba a abajo sin perderme ningún detalle de su magnífica estructura masculina. De su rostro solo podía ver su nariz, su mandíbula un poco tensa y por su puesto sus labios carnosos y llamativos los cuales me moría por volver a besar. Mis ojos se deslizaron por su cuello, su pecho ejercitado y marcado al igual que sus brazos mientras que en estos se podían ver sus venas abultadas cosa que me excitaba mucho sin tener idea de porqué. Dado que mientras hablábamos se había sentado a un lado de la cama sus piernas estaban completamente estiradas aún con el pantalón mostrando cuán alto era sin embargo lo que verdaderamente me llamaba la atención era la erección que se marcaba en este como buscando atención. Mi lengua recorrió mi labio inferior aún nerviosa pero esta vez mi excitación era más grande al verlo a mi merced por completo. —Sino me tocas pronto voy a morirme del deseo ángel, te buscaré incluso en la oscuridad —afirmó por medio de un gruñido ronco ocasionando que me sobresaltara un poco. No lo pensé demasiado y gateé sobre la cama con el corazón latiendo deprisa hasta posicionarme justo frente a él para posar mi boca sobre su cuello sin que lo esperara, anhelando marcarlo de alguna manera lo mordí seductoramente en la unión de su cuello y hombros lo que fue suficiente para hacerlo gruñir de deseo. No me detuvo ahí sino que comencé a descender sobre su pecho caliente y musculoso. Mordiendo, chupando y acariciándolo deleitada perdida en las sensaciones al mismo tiempo que Jay halaba levemente mi cabello. Sin perder el tiempo aunque con manos temblorosas me deshice del botón de su pantalón y Jay me ayudó a quitarle este con una rapidez que casi me hizo reír aunque estas murieron siendo reemplazadas por un deseo cegador que me recorrió por todo el cuerpo al darme cuenta que Jay Gallagher no llevaba ropa interior y su pene se alzó glorioso y completamente duro mostrándome todas sus proporciones. Mi respiración se agitó notablemente y sin perder más el tiempo le susurré: —Quiero tocarte Jay. La íntima afirmación puedo decir que lo hizo poner mucho más erecto mientras que apretaba su mandíbula con fuerza. —Maldita sea ángel, soy tuyo, puedes hacer conmigo lo que quieras —gruñó abriendo los brazos al mismo tiempo que mis pezones se endurecían bajo mi camisa. Él lucía como un dios griego en todo su esplendor y no pude resistirme por más tiempo. Mis labios cubrieron los suyos en un beso intensísimo sintiendo como Jay me atraía más a su calor aferrándose a mi esbelta cintura sin embargo sin que él lo preveera una de mis manos de cerró sobre su erecto pene para comenzar a masturbarlo. Él jadeó de una forma tan seductora que me encogí de placer pero no dejé de tocarlo. Por el contrario. Sus manos comenzaron a recorrerme el cuerpo a ciegas excitándome cada vez más con cada caricia. Una de sus manos de repente se coló por mis piernas hasta llegar a mi punto de excitación y sin dudar hundió su dedo en mi humedad ocasionando que gimiera sin poder contenerme para después arquearme buscando mucho más de lo que estaba dándome. —Estás tan mojada princesa —gruñó en mi oído erizándome la piel. Nuestros labios se encontraron en un beso salvaje haciéndome sentir de esa misma forma así que no me reprimí mucho más tiempo. Ahora me sentía que ponía hacer lo que quisiera hacer sin reservas. Necesitaba a Jay de una manera casi insana. Empujé su espalda contra la cama y me subí a horcajadas sobre él completamente perdida en el placer, tanto que no parecía ser yo misma. Jay una vez más gruñó con posesividad llevando una de sus manos hasta mi cintura y yo como si estuviera poseída por un demonio de la lujuria me llevé una de sus manos hasta mis senos. Él no tardó en acariciarlos y hacerme gemir. Mis caderas se movían sobre su pelvis haciendo círculos perfectos hasta que me posicioné sobre su m*****o erecto tensándome un poco haciendo más difícil la invasión. Mi corazón cada vez estaba más acelerado y cuando logré introducir su pene dentro de mi interior deslizándolo poco a poco ocasionando que apretara mis dientes con fuerza por el dolor que me escoció de repente. —Mierda princesa, estás muy estrecha —rugió él llevando otra vez sus dedos hasta mi clítoris. De pronto estuve completamente sentada sobre él. El dolor era espantoso. Algo que nunca había sentido antes pero su caricia conseguía relajarme un poco. — ¡Dios! —gemí sin poder contenerme. —Joder, no —gruñó él y de un movimiento rápido se quitó la camisa de los ojos encontrándose con los míos observándome como si estuviera enojado por algo sin embargo podía ver lo excitado que estaba aún. — ¿Eras virgen? —me acusó enseguida y mis mejillas se colorearon de inmediato. Iba a decir que no. A negarlo todo hasta la muerte. Pero estaba claro que él no me lo creería. —Maldita sea —susurró por lo bajo como un hombre atormentado—. Así no se hacen las cosas ángel, debiste decírmelo. Rápidamente sus manos fueron a mis caderas levantándome de encima de él como si no pesara nada colocándome a un lado de la cama para después estar sobre mí con sus orbes enigmáticas devorándome. Por un momento creí que él alejaría de mí pero fue todo lo contrario. —Tenías que decírmelo —afirmó y besó con tal fuerza que todo mi cuerpo tembló para lo que venía a continuación. Este, sin saberlo fue el principio de mi dulce agonía.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD