Luego de abrir todas las puertas y ventanas, creo que hasta elefantes muertos sacamos de esa casa, todo se lo llevo el río y quedó bastante decente como para dar una buena imagen ante los posibles compradores. Gloria había llevado su mochila y otro bolso mío con unos emparedados y las cosas del mate, nos vino muy bien cuando hicimos un alto y comimos debajo de la sombra de una casuarina enorme cercana a la orilla. Faltaba poco para las tres de la tarde y era la hora en que arribaría la lancha del empleado de la inmobiliaria con los compradores. Fueron puntuales y sabiendo que, resultara o no la venta, Gloria se iría con ellos, nos despedimos con agradecimiento de su parte, promesas y dándonos los respectivos números de teléfonos. “No te enojes, pero yo me voy a dormir la siesta”, —le dije a Mariana cuando llegábamos a la casa y me contestó que ella tomaría un rato de sol—.
Estaba comenzando a anochecer cuando me levanté de dormir esa larga siesta, me encontraba descansado y con todas las energías cuando me fui para la cocina escuchando que Mariana estaba haciendo algo allí. Ya se movía mucho mejor y me sorprendí al verla, no porque estaba haciendo una salsa para agregarle luego a los fideos que comeríamos, sino porque, salvo por las zapatillas, estaba completamente desnuda. “¿Te gusta?, digo, la salsa que estoy preparando”, —preguntó mirándome con una sonrisa que denotaba toda la picardía—. No le contesté, sólo me acerqué a oler la olla desde detrás de ella mientras me aflojaba el botón y me bajaba el cierre de la bermuda haciendo que cayera a mis pies, pisé la prenda para dejarla en el suelo y aspiré el aroma de la salsa a la par que apoyaba mi v***a erecta entre sus nalgas. Su estremecimiento fue muy notorio y no pudo evitar contraerse toda.
- Tranquila hermanita, no pienso apurarte, sólo me desnudé para estar a tono con el ambiente, a falta de culito, vamos a comer unos ricos fideos con salsa, jajaja, —le dije al oído y aproveché para besarle suavemente el cuello—…
- No sé lo que me pasa, me muero de ganas y llegado el momento… No sé, tendrías que metérmela de prepo y sin darme tiempo a pensar en nada, —expresó bajando la cabeza casi como avergonzada—.
- Vos debés estar loca, si hago algo así me quedó sin probar esa salsa que parece estar brutal y estoy muerto de hambre, primero cenamos y después vemos, yo también tengo miedo que cuando te decidas me absorbas hasta los tuétanos, jajaja, de última me voy a pescar al muelle, ¿te ayudo con los fideos?
No me quedaba más remedio, la erección se había diluido y no quise ni besarla ni acariciarla, usando esa estrategia ella misma se cocinaría en su propia calentura. Yo especulaba con eso y sabía que, llegado el caso, su entrega sería sin ningún tipo de reticencias, me hacía a la idea que sólo se salvaría el ombligo y las orejas. La ayudé con la preparación de la cena y en el interín de colar los fideos me ocupé de poner la mesa. Estaba riquísimo y la felicité por la comida. Mariana habló poco, estaba “peleando” con sus propios “fantasmas” y luego del café la dejé sola con “ellos”, me fui para el muelle y encarné todas las cañas y volví a tirar los anzuelos, seguía desnudo y ni siquiera fue necesario usar el repelente, ya había pasado la “hora de los mosquitos” y la brisa que corría alejaba a cualquier bicho que quisiera revolotear cerca de la luz.
Habría pasado un poco más de media hora y con las luces apagadas disfrutaba de la quietud del río y del delicioso silencio de la noche cuando escuché que Mariana caminaba por la pasarela que llevaba al muelle. “Estoy viendo tu silueta, quedate quieto, no hagas nada”, —me dijo al acercarse—. Cruzaba los dedos esperando que se hubiera decidido y cuando se arrodilló frente a la reposera en que estaba sentado, abrí mis piernas y mi v***a respondió como si fuera un Guardia Real inglés o, para hacerlo más autóctono como un Granadero apostado en la Casa Rosada. Apoyó las manos en mis muslos y con la boca buscó la punta del ariete, indudablemente, sabía bien lo que hacía y la mamada fue tremenda, sin besitos, ni lamidas, pero con algunas arcadas, era evidente que no estaba acostumbrada al tamaño que tenía en la boca.
No pudo llegar a tocar mi pelvis con su nariz, pero eso no importaba, sus subidas y bajadas me estaban llevando a un “sin retorno” y tuve que morderme la mano para no llenarle la boca de leche. “Es enorme hermano, una cosa es verla y otra sentirla”, —acotó al sacársela un instante de la boca—, luego volvió a los sonidos guturales y al sube y baja bucal. Ya me había aguantado y así no me haría terminar, tampoco quería hablar para no romper la magia del momento, lo único que se me ocurrió fue tomarla de las axilas y tratar de levantarla, esperaba que hiciera lo que quería y no me defraudó. Con las rodillas al costado de mis muslos, se sentó sobre la v***a y luego acomodó con su mano el glande en su orificio rebosante de lubricación para comenzar a penetrarse despacio.
- ¡Madre de Dios, qué pedazo de pija hermanito!, la siento hasta en las muelas.
- Despacio, no te apures, te espero todo lo que quieras, —le dije antes de recibir un beso que se me antojó desesperado y al que respondí, sin dejar de sentir sus paredes íntimas abriéndose ante mi dureza—.
- Parece que me estuvieras desvirgando, no te muevas mucho porque me duelen los costados del cuerpo, pero chupame, chupame las tetas, —decía elevando un poco las tetas con las manos—.
Al levantarse las tetas con las manos aflojó el cuerpo y se sentó totalmente en mis muslos, apenas si el glande tocaba su útero y, aunque el gemido de gozo se confundió con el quejido de dolor, pronto se desató y mientras me deleitaba con sus pezones endurecidos comenzó a moverse, a veces saltando y a veces haciendo una especie de perreo con sus nalgas duras, me estaba dando y se estaba dando una cogida monumental. Sus músculos interiores me apretaban y los orgasmos comenzaron a llegar cuando apreté suavemente su clítoris con mis dedos.
- Ayy mamita, ayyy mamita, no puedo parar, estoy acabando como una yegua, tu aguante y tu pija me están matando, —decía, ya gritando a vivía voz—.
- Al fin mi ángel, pensé que nunca te decidirías.
- No me hagas pensar en eso, perdí un montón de días y de placer, si los encuentro a esos violadores hijos de puta les voy a terminar por agradecer. La mejor pija de mi vida y siempre la tuve en casa, llename, llename la concha de leche.
- Tu culito te quiero llenar de leche y me sentiré realizado.
- Después hermano, mi vida, mi macho, marcame ahora con tu leche y después me lo rompés a gusto.
Casi que me lo exigió y me moví para darle gusto, los orgasmos fueron coincidentes y no me quise contener para gemir como nunca ante la descarga en su interior, ella no gimió, ella gritó como desaforada, su grito se multiplicó en el silencio de la noche ribereña y se movió sin que le importaran algunos ramalazos de dolor de su costado. Se quedó abrazada a mí y sus contracciones se hacían sentir mientras la v***a se desinflaba. “Soy tuya, totalmente tuya Alejandro, creo que esto es lo que esperé siempre”, —decía con una especie de sollozo—. Yo no iba a entrar en esa temática de entrega incondicional que te suelen decir después de un polvo y ojo que sé que no sólo lo hacen las mujeres, pero, por el momento, a mí me servía y me hacía sentir bien, por lo pronto me lo demostraba y había vencido a sus miedos para poder tomar la iniciativa.