Ya estaba, había puesto todas las fichas a un pleno, si se daba disfrutaría como el que más y seguramente la haría disfrutar, si no se daba, bueno, trataría de pasar los días como pudiera y después cada cual, con su camino, ella era “especial” para mí, tal como lo era mi madre, pero, yo sabía lo que era “patinar” cuando se pretendía algo o a alguien y las cosas no cuajaban, la vida seguiría igual. Prendí el fuego y mientras se hacían las brasas, en lugar de ir a pasarle la crema me dediqué a armar tres cañas, encarné los anzuelos con unas tiras de carne y unos salamines que tenía, tiré las líneas al agua y volví a la parrilla a poner la carne ya salada que me había alcanzado Mariana.
“Me voy a lavar las manos y te pongo la crema, sólo en la parte de la espalda y no es necesario que te saques la ropa”, —le dije haciendo mención al slip del traje de baño. No me contestó nada, pero tampoco fue que le agradó demasiado. Estaba obligado a mantener mi posición demostrando cierta rudeza, seriedad y marcado desinterés, incluso haciéndole sentir que, para mí, era una “cagadita” de la que podía prescindir. Ella estaba acostumbrada a obtener lo que quería de la sarta de idiotas que la rodeaban y, por lo que pude saber alguna vez, los conformaba de vez en cuando con algún “polvito” a las perdidas. Indudablemente que estaba muy “marcada” por lo que le había pasado y arrastraba una deuda moral que se le hacía difícil pagarme, pero… Aunque ganas no le faltaban, yo pretendía una dependencia total y eso se contraponía con su forma de ser, además, también estaban los “fantasmas” y esos dependían solamente de ella y de sus ganas de vencerlos.
Reconocía que no era nada fácil estar a su lado, su cuerpo era una delicia, cada una de sus curvas tenía la medida exacta que me hacían calentar a extremos y aun sin quererlo derrochaba sensualidad y sexualidad en todos sus movimientos, para peor, con algo de ropa encima parecía estar mejor y me costaba mantener las manos quietas buscando de desnudarla. Me preguntó si íbamos a la habitación y le contesté que no hacía falta, llevé una reposera hasta el muelle que, por lo ancho y largo permitía esa comodidad y le dije que con la luz del día vería mucho mejor, eso no le molestó, no dejaba de ser una forma de exhibirse con más claridad y se colocó acomodándose con el culito parado mientras yo iba en busca de las cremas.
Se las di y le dije que comenzara con su cara y la parte delantera de su cuerpo y se puso a ello sacándose la camisa. Observé que su cara ya no tenía las hinchazones primeras y, aunque los moretones habían perdido lo más oscuro o habían, en parte, desaparecido, igual algunos se notaban. Con las tetas pasaba algo similar, tenía algunas franjas algo verdes—moradas, pero ya primaba más el color natural de su piel. Los pezones, que no eran más grandes que la yema del dedo meñique, estaban endurecidos y resaltaban con el brillo de la crema que ella se pasaba como acariciándose.
Lo que si se notaba más y le dolía al pretender colocarse la crema era en la zona de las costillas y en eso la ayudé pasándole crema con las palmas de las manos abiertas y escuchando como se quejaba intercalando estos sonidos con gemidos, y sí, lo acepto, hice que, más que masajes fueran caricias y lo entendió así. Luego de esto le pedí que se girara, lo hizo sola, pero casi en cámara lenta, se notaba que le dolían los movimientos bruscos. Tal como había visto en sus muslos anteriores, al girarse vi que en la parte posterior ya no tenía marcas, pero eso no impidió que masajeara sus dos piernas desde los tobillos y las quejas fueron por las contracturas que, poco a poco, se normalizaban. Con los colmillos prácticamente afuera pasé de largo por sus nalgas tapadas con la minúscula prenda inferior de su traje de baño y con los masajes en su espalda no pudo evitar un ronroneo de satisfacción, “seguí, seguí un poco más”, —pidió cuando pasé la crema por sus hombros y cuello—. Le di gusto por un rato más y terminó dormitando en la reposera con un relajo corporal total. La dejé allí, recogí las cosas, me lavé las manos y me dediqué a atender las cañas.
Un bagre amarillo panzón y un patí bastante respetable habían quedado enganchados y luego de sacarles el anzuelo los devolví al agua, eran grandes para que sirvieran de carnada en trampas y yo no comía esos pescados. Entre masaje y masaje o desparramando crema me hacía una escapada hasta la parrilla para mantener las brasas o para dar vuelta la carne, el caso es que, terminada la aplicación de la crema y con las cañas nuevamente encarnadas y tiradas al agua, acerqué la carne a la mesa que había allí y comimos utilizando tablillas redondas como platos. La mesa, los bancos largos, cuchillo con buen filo, tenedor, pan, vino, ensalada para pinchar desde la fuente, carne y achuras en una tabla de madera al costado, sombra, sonidos de voces de pájaros, el ancho río Paraná con su correntada imparable y su quietud frente a los ojos, mucho no lo entienden, pero son momentos impagables. Mariana se movía con más soltura y ya recuperada de su modorra, colaboró con la puesta de la mesa y comió con ganas.
- Ya me había olvidado de lo lindo que era esto, hacía como diez años que no venía por acá, vi que tiene algunas mejoras y hay cosas más nuevas, ¿papá viene seguido?, —expresó y preguntó mirando el río que en su superficie parecía tranquilo—.
- No, hace rato que se desentendió de la isla y de venir a pescar, ni siquiera renovó el registro para la lancha, soy yo el que se mueve con todo esto, vengo unas quince veces al año y varias veces lo hice con compañeros de estudio.
- Y… compañeras o me vas a decir que no.
- Mujeres Mariana, mujeres, la edad no cuenta y hasta ahí llego con lo que puedo decir.
No preguntó más y se enfrascó en sus propios pensamientos, yo me dediqué a las cañas, levantar las líneas, encarnar nuevamente los anzuelos y volver a tirar esperando por algún pique que desatara cierta adrenalina, además, eran mis momentos para tomar sol pues no comulgaba con la postura de lagarto para lograr que la piel tomara determinado color, cosa que, al rato, si hizo Mariana aprovechando la reposera, después de un tiempo así, se lanzó a hablar...
- Alejandro, ¿te puedo hacer una pregunta para que me contestes con la verdad?
- Sí y creo que te di muestras de ser un tipo que va de frente, que omita algunas cosas no implica que lo que digo no sea verdad.
- ¿Vos crees que yo puedo ser una buena pareja para alguien después de lo que pasó?
- No veo porque no, eso sí, vas a tener que dejar los miedos de lado, no se puede llevar adelante ninguna relación con tapujos, miedos y tonterías de pendeja, quizás tendrías que comprender la importancia de la maduración, por otro lado, habría que entender que es lo que vos pretendés como pareja y que es lo que estás dispuesta a dar porque la otra parte también cuenta.
- ¿Tuviste alguna relación de pareja más o menos estable?
- No, parece que no entendés o no quisiste escuchar cuando te hablé de esto. Yo sé que, en algún momento, puedo llegar a tener una pareja, digámosle “número 1”, pero tendrá que comprender que habrá otras, eso no es negociable.
- Sería como una relación liberal.
- Absolutamente liberal, pero, para un sólo lado, con un único beneficiario, yo, por supuesto, de compartir con otro, ni pensarlo, con otras sí, pero siempre y cuando yo participe.
- Jajaja, ¡qué vivo!, bien de macho Alfa.
- Es verdad, apuesto a la madurez de la persona que esté conmigo, si lo acepta estará todo bien, si no lo acepta, “vía, su ruta”, no es tan difícil de entender, debe ser por eso que sigo solo, las mujeres tienen demasiados estereotipos en la cabeza y muchas se hacen la evolucionadas hasta que “les salta la liebre”.
- ¿Cómo es eso?
- Primero te dicen aceptar todo, luego comienzan con las preguntas insidiosas, con las exigencias, con los celos, con querer ser la única, con los remilgos, cuando no que te ponen “peros” para tener relaciones o, simplemente, te quieren acaparar, que sé yo, hay toda una lista de negatividades que no me agradan en quien quiero tener a mi lado.
- Lo acepto, somos así, muy jodidas en todo, pero vos te salís de lo normal.
- A ver, los convenios, tratos o promesas no se rompen, yo no pretendo cambiar a las mujeres, pero si se aceptó lo planteado no puede haber “agachadas” y muchos menos, infidelidades. Tampoco es el caso de que yo voy a andar buscando a otras como desesperado, el tema es aceptarlo o compartirlo si se da, caso contrario, me desenamoro enseguida y no se me mueve un pelo. ¿Por qué querés saber todo esto?
- Porque a tu lado siento esa seguridad que nunca nadie me brindo, porque supiste respetarme, porque me gustás mucho como hombre, porque siento que puedo ser sólo tuya y porque quiero llegar a ser tu pareja aceptando todo lo que me planteas.
- La idea no me disgusta para nada, pero, ¿estás segura de lo que decís?, en cierto modo, dejarías de ser mi hermana y si la cosa no funciona pasaré a ignorarte olímpicamente.
- Estoy segura de poder hacer que funcione, sólo quiero pedirte una cosa, llegado el caso, haceme el amor, quiero dejar de lado todo lo malo.
Se dio así, mucho mejor de lo que yo pensaba y no pude evitar que mi v***a reaccionara con las “películas” que me hice, pensaba cogerla hasta que sus agujeritos echaran humo. Mariana fijó la vista en mi bulto y se mordió el labio inferior. Las palabras sobraban, nos faltaban un par de pasos para comernos las bocas al unísono y la voz de un hombre saludándonos actuó como un cachetazo en la oreja y nos quedamos duros, se me bajó la v***a por encanto y mi hermana se acostó boca abajo en la reposera.