Chismes

2081 Words
- Hola don Alejandro, vi anoche desde mi casa que habían prendido las luces de la casa y aproveché para venirme porque tenía que atender a otra casa cercana, —me decía un hombre bonachón que se ocupaba del mantenimiento de las plantas y el parque y que vivía en la costa de enfrente—. - ¿Cómo está Matías, qué necesita?, —le pregunté sabiendo que no le debía dinero y que no tenía que venir a la casa hasta dentro de unos diez días—. - Estoy con doña Gloria, la viuda de don Carlos, sus vecinos de la casa grande que está como a unos trescientos metros, —me dijo señalándome a una señora que caminaba detrás de él, rubia, de más o menos un metro sesenta o algo más, unos cincuenta años, de jeans, zapatillas y un cuerpo nada despreciable con tetas que descollaban y que trataba de tapar con una camisa corta—. - ¿Qué dice señora, ¿cómo está?, ustedes dirán, —pregunté por preguntar porque no tenía ni puta idea de quien era—. - ¿Cómo estás Alejandro?, si te cruzo en la calle no te conozco, te vi un par de veces cuando venías con tu padre a la isla. Vine esta mañana a quedarme un par de días y lo pasé a buscar a Don Matías para que me ayudara con el yuyal, desde que falleció mi marido hace unos ocho meses, nadie viene por acá y la casa es un espanto. Disculpá que te moleste, —dijo mirando a Mariana que se había puesto la camisa—. - Es mi hermana Mariana, tuvo un accidente con el auto y se está recuperando de los golpes, ¿qué le pasa en la casa, crecieron demasiado los pastos? - Hola Mariana, encantada y lo siento mucho, ya veo que debe haber sido bravo, digo, por los moretones. No, ese no es el problema Matías abrió el camino con la desmalezadora grande, el problema es que no se puede estar allí adentro, hay comadrejas, murciélagos, pájaros muertos, hasta una víbora había en un rincón e insectos para tirar al techo, parece que se rompió el vidrio de una ventana trasera y bueno, ya te imaginarás. - Me imagino, ¿qué necesita de mí que no pueda solucionar Matías? - Matías no puede quedarse, tiene a la señora internada en el hospital inter—isleño y tampoco tiene una fumigadora. Me dice que ustedes tienen una en condiciones y yo no puedo irme, mañana en la tarde van a venir los compradores y tengo que tenerla más o menos lista, ¿me podrás ayudar? Nos miramos con Mariana, estaba claro que ayudarla era casi una prioridad, aunque supiéramos que, en lo inmediato, no tendríamos oportunidad para sacarnos las ganas. “Yo voy, pero no entro, le tengo terror a los bichos”, —dijo mi hermana—, ante esto la vecina acotó que ella tampoco tenía mucha valentía, pero que debía tratar de ayudar. El caso es que le pedí a Matías que me ayudara a buscar lo que necesitaría y que se quedara tranquilo que yo me ocuparía, de paso le dejé unos Pesos para que se moviera cómodo con el tema de la esposa y me lo agradeció efusivamente. De la pequeña habitación dónde se guardaban máquinas y herramientas que se utilizan para el mantenimiento saqué la fumigadora con mochila e hice el preparado del veneno con dosis aumentadas, un bidón con veinte litros de nafta ayudaría a la desmalezadora, también tomé una caja conteniendo ocho pastillas insecticidas de las utilizadas para ahumar, una caña de tacuara como de cuatro metros, botas de goma de caña alta y una especie de escafandra con un filtro especial para respirar sin problemas mientras fumigaba. Ya habíamos pasado por algo similar y estábamos bien provistos. Cuando salí de allí, Mariana hablaba con Gloria y le contaba de un vuelco con el auto y no opiné al respecto, mi hermana había captado la idea cuando le dije a la mujer que ella había sufrido un accidente. El camino hacia la casa de la viuda lo hicimos sin mayores inconvenientes, estaba perfectamente demarcado entre pastos altos y casuarinas, Matías me ayudaba con las cosas y, como las mujeres caminaban haciendo punta, poco escuché de lo que el hombre me contaba, estaba con la vista fija en los culos femeninos que iban delante. Mariana le llevaba una cabeza a la viuda, se había puesto un pareo que le tapaba las piernas y la firmeza de sus nalgas contrastaba con las de la mujer más baja, aunque los de la vecina eran más redondas y un poco más rellenas, no eran para despreciar, además, me las imaginé muy desatendidas. Las dos conversaban muy alegremente y ni idea tenía de lo que decían, pero me gustó verla a mi hermana más distendida, además, la caminata le venía más que bien para los músculos de sus piernas castigadas. No bien llegamos a la casa que resultó un poco más grande que la nuestra, lo despedimos a Matías que se subió a su lanchita y se dispuso a cruzar el ancho río. Las mandé a las dos mujeres a esperar en el muelle porque si salían las comadrejas o murciélagos de la casa se asustarían y no tuve necesidad de repetirlo, huyeron como despavoridas de la proximidad de la casa. La propiedad estaba, como la mayoría de las casas de las islas, erigida sobre pilotes de material a unos dos metros de altura y una losa grande que conformaba el piso de la casa en sí, escalera para acceder, una gran galería cubierta en el frente y uno de los costados de la casa, luego pared de ladrillos hasta los dinteles superiores de las ventanas y el resto era en madera y chapas en el techo. Tenía cuatro habitaciones, un estar, dos baños y lo que allí pasaba no era de extrañar, dejar la casa sola por más de tres meses implicaba que se llenara de insectos y alimañas, máxime cuando había madera de por medio. Tuve que preparar tres veces el veneno y recargar el tanquecito de la fumigadora para cubrir pisos, paredes y techos con el rociador, al abrir las ventanas sólo faltaron salir chanchos salvajes de allí adentro y las víboras que encontré fueron dos, una de ellas bastante grande, pero para eso me vino bien la caña larga. El paso siguiente fue cerrar todo de nuevo, sellar la ventana con el vidrio roto y encender las potentes pastillas fumigadoras, utilicé para las pastillas platos de un juego de café y no le pedí permiso a la viuda para usarlos. Con todo listo en el interior cerré bien la puerta y salí sacándome la máscara para respirar un buen aire puro. - Estás todo transpirado… ¿Podemos prepararte algo para tomar Alejandro?, —me preguntó Gloria mirando con atención mi torso descubierto y empapado de transpiración—. - A menos que vayan a casa y regresen con las cosas del mate o algún refresco porque en esta casa no se podrá entrar hasta mañana, vas a tener que quedarte en casa o terminar como las cucarachas. - Está bien, pero me quedó la mochila con la poca ropa que traje en el interior, —me dijo cuándo encendí la desmalezadora y aunque la escuché claro, le contesté levantando la voz como si hubiera entendido otra cosa—. - Por mi está bien, podés andar en ropa interior o desnuda, creo que podré aguantar la vista de tu hermoso cuerpo sin enloquecer, —se ruborizó por lo que le dije y se sintió bien por el halago, pero enseguida trató de corregirme y apagué la máquina para escucharla—. - No, no, me entendiste mal, digo que me quedó la ropa en el interior de la casa. - Ahh, ahora entiendo, yo saqué la mochila y la dejé en uno de los asientos de la galería, pero, es una lástima, me hubiera gustado verte en ropa interior. - Jajaja, escuchá Mariana, tu hermano es un loquito, le hizo mal el veneno, parece que no se da cuenta que está hablando con una vieja. - Yo tampoco te veo vieja y se nota que los pilates te sientan bien, pero a mí no me metan en sus posibles planes, me duele todo el cuerpo hasta cuando respiro, jajaja, —expresó Mariana con jocosidad y dándome una especie de carta blanca—. - Si vas a pasar la desmalezadora, va a ser mejor que vayamos hasta tu casa a buscar algo para tomar porque esta conversación me da mucho calor, —acotó Gloria y Mariana se acopló a la idea, pero yo no entendía nada—. Se fueron las dos riendo, la “veterana” movía el culo en una actitud provocadora que disimulaba con risas y bromas y yo me puse a sacar todas las malezas para dejar más o menos arreglado el frente y los costados de la casa. Me quedaban más de tres horas de claridad. Regresaron como una hora después y Gloria se acercó mostrándome las cosas del mate y unas masas que traían en un paquete, “te trajimos todo lo del mate y algo para comer, enseguida te preparo todo”, —expresó sonriente y Mariana me guiñó un ojo mirándome desde detrás de la vecina que se puso a preparar el mate y le dije a Mariana que me ayudara con una lona cargada de plantas y pastos altos, pues debía acercarla a la orilla para tirar todo al río, la basura era toda degradable y el río mismo se ocupaba. Ella no podía hacer fuerza, pero lo hice para apartarla y preguntarle que estaba pensando. - ¿Se puede saber qué es lo que estás pensando? - Gloria está recaliente con vos, me volvió loca en el muelle hablando de tu “lomo” y que es una lástima estar tan “vieja” y que te haría esto o lo otro, aproveché cuando fuimos a casa para decirle que a vos te enloquecen las “veteranas”, le “hice la cabeza” con eso y ahora tiene ganas de tirarse encima. Yo estoy recaliente y con ganas de que me partas en cuatro, pero me sigue doliendo todo y no podría aguantar si tengo que moverme o dejar que te muevas. - ¿Acaso estás decidiendo por mí y entregándome a la viudita? - Más que nada por mí, me haré la dormida, pero pienso espiarte, además, es una forma de demostrarte que puedo ser tuya sin sentir celos por las otras, eso sí, no me pidas participar, no es porque no sepa o me disguste, es que de verdad estoy muy dolorida, me vas a tener que dar un par de días más de recuperación, creo que no habrá “fantasmas” que valgan, quiero que me “rompas” de todos lados y estar bien activa cuando suceda. - ¡Chicos, ya está todo listo, vengan a tomar el mate!, —nos gritó Gloria, dejamos la charla, tiramos el pasto al agua y me quedé pensando que lo de Mariana no estaba mal pensado, mis huevos reventarían si seguía esperando por ella y la viudita venía de perlas—. Gloria se mostraba de lo más querendona y agradecida por todo lo que había hecho por ella, me atendía con los mates y no desaprovechaba ninguna oportunidad de apoyarme las tetas en los brazos y hacerme alguna que otra carita cariñosa, claro está, le seguí el tren, alabando incluso su físico y haciendo bromas de doble intención sobre los supuestos pretendientes que estarían corriendo detrás de ella. Finalmente, luego de dejar bastante despejado el lugar y un tanto más agradable a la vista de los posibles compradores, volvimos para casa. Hicimos los últimos metros antes de llegar a nuestra casa con la noche cayéndonos encima, pero se podía ver bien porque veíamos las luces del parque, de la galería y del muelle, la célula fotoeléctrica funcionaba a la perfección y mientras las mujeres se acomodaban en el interior, yo me fui a guardar lo que había utilizado. Al regresar al living escuché las risas de las dos mujeres y decidí prestar atención a su conversación:
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