Supuesta Serenidad

1372 Words
- Me gustaría una mamada y no me gustan los chiches y lamidas. - Entiendo, trataré, aunque ya casi me había olvidado de eso, jajaja, —se la notaba completamente distinta y me dijo eso acuclillándose para bajarme el cierre del pantalón—. ¡Hijo, por Dios, ¿qué tenés aquí?!, —expresó cuando, ayudada por mí, sacó mi v***a a la luz—. - Es lo que hay, todo tuyo, ¿te alcanza?, —le dije corriendo la silla para que se situara en el hueco entre la mesa y mis piernas—. - Y seguro que me va a sobrar, pero tengo el morbo acelerado y nunca me sentí tan excitada, —dijo antes de tomarla con sus dos manos y llevarse el glande a la boca—. Que le faltaba práctica fue evidente y aunque se esmeró tratando de hacerme gozar no pudo llegar a meterse ¾ parte del ariete y se aguantó un par de arcadas, pero, me deleitó con una serie de gemidos de distintos tonos, con su mirada cargada de deseos al torcer la cara con mi pija en su boca y con dos orgasmos que se procuró ella misma moviendo sus dedos. Comenzó a desesperarse cuando se dio cuenta que no podía hacerme terminar así y su mirada fue de súplica cuando se la sacó de la boca y me dijo: “Metémela hijo, hacémela sentir, aunque me duela, te necesito”. No habría “paja” pensando en mi madre y la tomé de las axilas para hacer que se sentara frente a mí, tardó poco para levantarse el vestido y para correrse la ropa interior, ella misma dirigió el glande a su orificio empapado y se sentó como en cámara lenta. Amasé sus tetas a través de la remera y su cara fue un muestrario de gestos, de placer, de dolor, de duda, de resolución y de infinito gocé con un largo suspiro de satisfacción cuando apoyó sus nalgas en mis muslos. “Esperá un poco Alejandro, me duele todo y me siento rellena de carne”, —acotó mezclando la sonrisa satisfecha con pequeños gestos de dolor—. La esperé, no me moví hasta que ella sola comenzó con movimientos tenues que iba acelerando merced al placer que crecía. “No me voy a poder aguantar hijo, te voy a manchar todo el pantalón”, —dijo moviéndose más y pronta a expresarse con su orgasmo—. No le contesté, yo también estaba superado por la cogida que me estaba dando mi mamá o por la cogida que ella misma se estaba dando con mi v***a, el caso en que llevé una mano a sus nalgas, la pasé por debajo del elástico de su bombachita y un dedo se perdió en su culito cerrado mientras con la otra mano le tiraba de los cabellos y acomodaba su cara para poder comerle la boca. Más justo imposible, mi boca en su boca manteniendo su cabeza apretada evitó el grito que alertaría a todo el edificio, mi madre se dejó llevar por un orgasmo que la hizo temblar y contraerse sin que se pudiera controlar, efectivamente, el squirting no fue sorpresivo, pero no me interesaba evitarlo, aun cuando mi entrepierna, con el pantalón incluido quedó empapado y mi v***a aprisionada entre las paredes estrechas del lugar de donde salí a la vida. Todavía temblaba cuando se puso a llorar y sequé sus lágrimas con besos y caricias de mis dedos… - Está bien mamá, ya pasó, nos dejamos llevar, —dije sintiéndome un poco culpable, después de todo, no era algo tan normal—. - No hijo, no lloro por lo que pasó, esto me encantó y quiero darte todo, son otras cosas que no vienen al caso… Todavía no terminaste y te enchastré todo, —dijo cuándo se dio cuenta que yo seguía moviéndome—. - Está bien, no importa, —contesté, aunque si me importaba—. - Dejame, dejame a mí, —expresó y volvió a acuclillarse—. Ya no le costó tanto y como yo estaba más que a punto, no tardé en llenarle la boca de leche. Mi acabada fue bastante copiosa y se tragó todo sin desperdiciar nada, luego siguió con la lengua para limpiar cualquier huella, parecía obnubilada con esto y tuve que detenerla pidiéndole que se levantara. Brillaba, estoy seguro que, cuando se incorporó, su cara brillaba por lo que había vivido y yo me sentía casi en el aire con una de mis fantasías cumplida, para más, sabiendo que podía perfeccionarla. Se arregló las ropas y parándose delante de mí preguntó dónde tenía otro pantalón para que me pudiera cambiar. - No te pongas en mamá, en estos momentos sos Graciela, ya me ocupo yo de cambiarme, me interesa que tengas claro lo que tenés que decirle a papá y que mantengas la boca cerrada. - Quedate tranquilo Alejandro, en lo que a mí respecta Mariana quería estar sola, te pidió que la acompañaras y seguramente estarán en Brasil o en la Costa unos días, ya me llamarán para avisar. - En esto no hay amigas ni confidentes má, tengo mucho que perder, ¿te queda claro? - Clarísimo, todos tenemos que perder y yo no tengo amigas, sólo son esposas o amantes de conocidos de tu padre, nunca tuve más contactos con ellas que lo meramente insustancial, —admito que me sorprendió con eso, pero no opiné—. - Bueno, me voy a dar una ducha y le preparo algo de comer a mi hermana, seguro que al despertarse querrá comerse las paredes. - Esperá un segundo, primero me lavo yo y luego me voy a preparar las cosas, mañana te alcanzo todo. Se despidió con un piquito un tanto prolongado después de acicalarse un poco y, decididamente, la que salió no era la misma mujer que había entrado hacía un par de horas. Yo me metí debajo del agua de la ducha y me quedé pensando en cómo se había precipitado todo, estaba clarísimo que, “uno propone y las circunstancias disponen”, mi vida estaba cambiando, los planes se trastocaban, pero, hasta el momento, todo “pintaba” bien y, salvo algunos contratiempos, aparentaban con mejorar. Me cambié poniéndome sólo un short y una remera, mirando que Mariana seguía en su limbo y fui a prepararle algo de comer, al rato le llevé una bandeja y la desperté suavemente tratando de no sobresaltarla. Abrió los ojos y me preguntó qué había pasado con mamá, le contesté que la había convencido y que ella prepararía todo lo que teníamos que llevar. - No sabés como estaba, me dio miedo verla así, parecía que hubiese sido ella la que había recibido los golpes, tartamudeaba, lloraba, temblaba y cuando me pasó la pomada por la espalda temí que se desmayara. - Debe ser porque nadie está preparado para ver a un hijo golpeado de la manera en que te vio a vos, (si supieras), —le respondí y ella no agregó más—. La quise acomodar para que se sentara y se quejó diciendo que le dolía mucho la espalda y las nalgas, pero que antes quería ir al baño. La ayudé a salir de la cama y me pidió de tratar de caminar sola, accedí a esto y le costó, pero, aun dando quejidos, se fue para el baño. Estaba pasando por los momentos en que los golpes duelen más que cuando son recibidos, los músculos contracturados por los propios golpes y por las tensiones sufridas tienden a normalizarse y eso es todavía más doloroso, constante y lleva su tiempo. La vi moverse hasta la puerta del baño del dormitorio y me quedé mirando sus muslos y nalgas “pintadas” de n***o, verde y tonalidades violáceas, me resultaron llamativas, excitantes y tentadoras. Me causó gracia a mí mismo porque pensé que en mi cabeza se había instalado un duende incestuoso y bregaría lo suyo para tratar de conseguir esas carnes. Ya veríamos que sucedía en esos días de, sol, río y supuesta serenidad.
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