Le fui leyendo todas las cosas que Mariana quería y ya tenía todo preparado, me dijo que sólo le quedaba agregar un par de cosas y que estaba todo listo. Ante esto miré la hora y aún me quedaba un poco de tiempo para llegar a retirar la lancha de la guardería. Le pregunté a mi madre se podía traernos las cosas debido a que, si conseguía comunicarme con la gente de la guardería de lanchas, nos íbamos esa misma noche. No podría llegar antes de que cerraran la guardería, pero arreglé con ellos para que me bajaran la lancha y me la dejaran lista para pasar a buscarla, sólo tenía que hablar con la gente de Seguridad del predio y le di mis datos para ello, sólo tenía que llegarme hasta ahí y pasar para el lado del muelle chico que tenían, lugar dónde estaría la lancha.
Mi madre no podía venir con su auto porque mi padre tenía el de él en el taller y se había llevado el de mi madre, algo que resultaba ser un proceder normal de “dueño”. Ante esto, se me ocurrió pasar por allí a retirar todo y, ya que estaba, darle un par de apretones a esas nalgas que tenía entre ceja y ceja mientras mi hermana esperaba en el auto, estaba seguro de que mi madre también quería eso. Fue todo un martirio ponerle a Mariana sus jeans, a la pobre le costó lo suyo subirse los pantalones elastizados mientras sus muslos y sus nalgas recibían los apretones de la tela. El cuadro se completó con un buzo con capucha que a mí me quedaba chico y, verdaderamente, cuando la vi vestida, no pudo aguantar la risa, efectivamente, parecía el E.T. de la película, su cara hinchada y magullada asomaba por debajo de la capucha y terminó riendo ella también ante la imagen. Fue descalza hasta el auto y tampoco fue sencillo.
Le había dicho a mi madre que pasaría a buscar el bolso con las cosas de Mariana y me contestó: “Te espero”. No entré el auto a la casa, lo estacioné junto al cordón de la entrada y, sabiendo que mi hermana no se bajaría del vehículo, descendí apurado abriendo el portón con mi llave, lo mismo hice luego con la puerta principal y ya estaba esperándome con el bolso a sus pies. Estaba muy bien peinada y producida como siempre, pero mucha atención no le presté, el camisón cortito y transparente era toda su vestimenta y su cuerpo acaparó mi mirada. Era la reina de Themyscira, la isla de las Amazonas de la película, no tenía armadura y su cara de deseo no dejaba lugar a dudas, cerré la puerta detrás de mí y le comí la boca sin decir más nada, las palabras sobraban. Respondió a mi beso incestuoso con pasión y gimió entregada, desde allí a hacerla girar, apoyarle sus manos contra la puerta y bajarme los pantalones y el bóxer para que quedaran en mis tobillos fue una décima de segundo.
Apoyar el glande en su cavidad empapada y comenzar a entrar en su intimidad mientras ella ponía su cuerpo casi a 90°, me llevó un par de décimas más. Mi v***a estaba a reventar y, aferrado a sus caderas con mis dos manos, no hice ninguna escala. Me calentaba muchísimo su estrechez y los dolores placenteros que dejaba salir en forma ahogada de su boca apretada contra el brazo. Su orgasmo comenzó en el momento en que inicié la penetración y continuó cuando yo bombeaba entrando y saliendo de su putísima concha, no daba para esperar y después de erguirla, estamparla contra la puerta y de proteger sus tetas con mis manos aceleré y la llené de leche.
Hizo un ruido raro porque su boca estaba apoyada como sopapa sobre la puerta, pero no paraba de temblar, había sido un “rapidito” más que rápido, aunque la satisfacción había sido fantástica y salí de ella con ganas de mucho más. Mientras se recomponía, caminando como si estuviera encadenado de las piernas, me metí en el baño más cercano y me lavé con cierto apuro. Al salir del baño estaba nuevamente parada con el bolso, pero ahora tenía puesta una bata larga atada a su cintura, me besó jugando con su lengua y me avisó que en unos días iría a la isla y desde la puerta, haciéndose ver, saludó a mi hermana con la mano, la cual le respondió del mismo modo.
- Hiciste bastante rápido, ¿ya tenía todo listo? —acotó cuando entré en el auto—.
- Tardé un poco más porque, de última, me dijo que faltaba algo y la esperé hasta que fue a buscarlo, ni sé que era.
- Mientras no haya sido uno de sus consoladores, jajaja.
- Andá, no jodas, ¿cómo sabés eso?
- Te lo digo en serio, tiene dos, se los encontré en el placard, pero no son grandes, parece que el viejo no le da mucha bola y ella se mantiene fiel, allá ella con sus formas de actuar.
- Claro, imagino que, si fuera vos, ya habrías salido a revolear las tetas con el que se cuadre, aunque aparezcan algunos, “peligros”, ¿no?
- No seas malo, ya te dije lo que pienso desde que pasó lo que pasó.
- Para serte sincero, hasta ahora no mostrás mucho “paño” para confiar en tu sinceridad y fidelidad, pero, está todo bien, “cada cual de su culo un p**o”.
No me dijo más nada, sólo me miraba en silencio de vez en cuando, yo manejaba “haciéndome la cabeza” y pensando en lo que resultaría de esa intimidad obligada y en soledad con mi hermanita que parecía estar arrepentida de sus anteriores puteríos y, posiblemente, desenfrenos de los cuales muchos no sabía, pero que no importaban porque ya daba muestras de una posible entrega voluntaria de la que sería beneficiario. Al embarcadero llegamos relativamente pronto y estacioné el auto dejando a mi hermana que esperara mientras yo llevaba los bártulos y me dirigía a buscar la lancha. Me presenté con Don Juan, el hombre que hacía la vigilancia en el lugar y con el cual tenía cierta confianza, enseguida me dejó pasar acompañándome hasta el muelle dónde estaba la hermosa lancha propiedad de mi padre que yo usaba normalmente pues era el único que tenía el registro habilitante para navegar.
- No sé si esta noche va a poder pescar algo, el cielo está muy oscuro para el lado de su isla y me parece que se viene una brava, —me comentó y, efectivamente, el cielo estaba muy cargado—.
- Espero que me deje llegar hasta la casa, después se verá, pienso pasar varios días allí, —expresé cruzando los dedos porque esas tormentas repentinas de verano con viento y lluvias en ráfagas no hacían fácil la navegación—.
- Es preferible que cruce el río en diagonal y navegue cerca de la otra orilla, —me indicó y le haría caso porque era conocedor de la zona—.
- Es lo que voy a hacer y voy a andar tranquilo porque no hay luna y no se ve muy bien, —habiendo puesto los bolsos en la lancha, lo saludé e hice bramar el potente motor, pero salí despacio del lugar—.
Mariana ya me estaba esperando en el muelle, como no vio gente en los alrededores se había acercado hasta el muelle techado que era paradero de las lanchas colectivas y estuvo lista enseguida para subir. Había comenzado a lloviznar y no bien se acomodó me lancé a cruzar los casi mil metros que me separaban de la costa de enfrente. Se me complicó bastante la “aventura”, la llovizna se hizo más tupida y el viento comenzó a soplar con más intensidad, pero, aunque tuve el viento de costado por un largo rato no hubo mayores inconvenientes.
No hacía frio, el aire estaba caluroso pesado y húmedo, pero la lluvia y el viento que pronto tuve de frente hacían que se formaran pequeñas olas y que la luz de la lancha no alumbrara a un punto fijo. Mi hermana estaba sentada en el asiento del acompañante y se había hecho un ovillo quejándose de vez en cuando por los saltos que daba la lancha y que repercutían en su cuerpo maltratado, había momentos en que sus gritos se elevaban, pero no le di importancia, por un lado, no podía distraerme y por el otro tampoco podía evitar los movimientos de la lancha.
Al final, lo que me hubiese llevado una media hora de navegación, insumió un poco más de una hora, pero pronto estuvimos en la casa y pude poner la lancha a resguardo y bajo el techo de nuestro propio atracadero. Mariana estaba endurecida y decía que le dolían hasta las muelas, los gestos de su cara lo atestiguaban, los ojos le brillaban llenos de lágrimas y le pedí que aguantara un poco más, que yo abriría la casa y la vendría a buscar. En el lugar había luz eléctrica y encendería la estufa eléctrica y las luces necesarias para no andar llevándola a oscuras.
Cargué primero los bolsos, los dejé a un costado de la entrada, iluminé todo, encendí dos estufas, prendí el calefón y me fui a buscarla. El lugar tenía muchas comodidades y prácticamente no había que pisar pasto o barro para llegar a la casa, el camino de lajas con pintura antideslizante lo hacía bastante seguro y no me costó cargarla en brazos y llevarla al interior, dolorida y todo, al abrazarse a mi cuello hacía que no fuera un peso muerto. Ya dentro de la casa la dejé sentada en el sofá. El aire pesado del interior deshabitado cambió enseguida y apagué las estufas, ya se había templado el ambiente y de haberlas dejado encendidas un poco más tiempo, el clima allí adentro se hubiera transformado en agobiante. La miré a Mariana que parecía un trapito mojado y me reí sin tapujos por las trazas que mostraba.