Los Fantasmas

751 Words
Lo que comenzó con varios quejidos pronto se convirtió en un concierto de gemidos y mandé al diablo mi aguante, mi v***a se hinchó en todo su potencial y no había forma de disimular la erección, pero ella no podía verla y aunque me tenté, me contuve para no tocar sus agujeritos. “Si me vas a poner el otro gel dejame en esta posición porque estoy más cómoda, a lo sumo poneme una almohada debajo para que me quede la cola levantada”, —me dijo con la voz un tanto enronquecida, indudablemente excitada—. Tampoco aquí le contesté, tomé un almohadón de un sillón que había en el cuarto y lo acomodé debajo de su vientre. No, definitivamente, no se puede contar lo que era ese culo paradito y expuesto, tuve que desviar la vista para preparar la jeringa y luego, con la mano izquierda separé sus nalgas y coloqué la punta en el hueco de su v****a, empujar el émbolo fue fácil y el gel se instaló provocando un escalofrío en Mariana por el cambio de temperatura. De inmediato me puse a preparar el otro y me preguntó si no le iba a meter los dedos para desparramar el gel en las paredes. Le dije que no, que creía que no iba a ser necesario porque eso tendría que hacerlo ella misma moviéndose o usando sus músculos interiores. Estoy seguro que le faltó poco para hacer un puchero, pero no pude verle la cara por la posición. Lo que yo esperaba era la parte de la penetración del gel en su culito y aquí sí que se imponía desparramarlo en las paredes del recto. El menique con gel dilatador marcó el camino y, sentado cómodo en su costado, transversal a sus caderas, metí despacio unos cinco centímetros de jeringa y volqué todo el gel en su interior. El gemido fue más que notorio y fue la yema del dedo medio de mi mano hábil el que impidió que nada saliera al exterior, después, a mi juego me llamaron. Mariana se soltó y pasó rápido de un par de quejidos a gemidos largos de indudable placer que le costaba contener. Mi dedo, introducido hasta la primera falange hacía un movimiento rotatorio, primero para un lado y luego para el otro, luego ya fue la hasta la segunda falange y a los gemidos se les sumaron los movimientos de caderas, tenues, pero movimientos al fin. No esperé mucho para introducir todo mi dedo en su culito y la palma de mi mano hizo tope en su carne tapando toda la zanja, ahora no sólo lo giraba en sus paredes, sino que la mano acariciaba los montes de sus nalgas haciendo una presión como para meterme más adentro de lo que la mano permitía. Mariana pareció olvidarse de sus dolores y trataba de elevar más las nalgas duras hasta que gritó sin contenerse: “¡Agggg, no podés Alejandro, no puede ser este placer!”, a la vez, entre temblores y contracciones que sentía en el dedo, llevó el brazo izquierdo hacía el costado buscando tocar lo que deseaba. Ya me había desabrochado el short y la dejé llegar poniéndole el tronco en la palma de la mano, pero sin sacar el dedo que ocupaba su recto y que el esfínter apretaba con ganas. De improviso me asusté con su grito, el “no, no, no, noooo”, hizo vibrar los vidrios de las ventanas y se lanzó a llorar totalmente desencajada. Quedó hecha un ovillo entre las almohadas y el almohadón que yo había colocado debajo de su cuerpo y sufrió algo parecido a convulsiones. De inmediato me di cuenta que no tenía nada que ver con la filiación, eran sus “fantasmas” los que se habían presentado entre los dos, surgiendo cuando me había tocado la v***a inhiesta y, de alguna manera, yo los estaba esperando. Era al pedo abrazarla o tratar de que se calmara, explotaría peor y la dejé llorar para recoger todo lo usado e ir a arrojarlo al cesto de la basura, en la misma cocina lavé mis manos con gel jabonoso, me sequé y me serví un par de sorbos de whisky, sin hielo porque todavía la heladera no los había hecho y me puse a ver la lluvia, en ese momento, más tenue, tratando de ahondar en la oscuridad porque los relámpagos ya no existían y trataba de sobrellevar unos molestos pinchazos que partían de mi entrepierna.
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