Capítulo 6: «Me lo merezco…»

1060 Words
Luke puede ser un idiota petulante y engreído la mayoría de las veces, pero si hay algo que detesta es a los hombres como ese que tiene frente a él. Pero antes de que sea él quien la defienda esta vez, ella solo se gira rápidamente y camina hacia su esposo evidentemente nerviosa. —O-Oliver… yo estaba ayudando al señor Evans, sufrió una caída y… —Vámonos —sisea él y la toma del brazo con brusquedad—. No quiero mirones mientras reprendo a mi mujer por andar tocando a otro. —¡Oiga, espere! —dice Luke molesto, los dos se giran, Oliver con cara de pocos amigos y Margaret con cara de que lo deje así, por lo que Luke solo aprieta los dientes y le dice—. No me dijo dónde está la enfermería. —Señor Morgan, lleve al señor Evans a que le curen las manos y le revisen bien por si tiene otro golpe por la caída. —Sí, sí, señora… vamos, muchacho. Luke ve cómo aquel hombre se lleva a la mujer y le va susurrando cosas, mientras ella solo baja la mirada. Nadie mira, nadie presta atención, en aquel lugar absolutamente nadie tiene ojos para lo que está pasando entre la pareja, como si en realidad no les importara. Luke llega a la enfermería acompañado del señor Morgan, explican lo ocurrido y se deja evaluar por el enfermero, quien le dice que todo está bien antes de vendarle las manos y le dice que, si le duele lo que sea más tarde, no dude en pasarse por ahí. La hora del almuerzo empieza y él se queda en el cambiador, tal como el día anterior, no quiere ser amistoso con nadie, especialmente con lo que vio hace un rato atrás. Se come su almuerzo, se echa a dormir otra siesta y luego se va a cumplir con sus órdenes para cumplir con su día. Por una extraña razón se queda esperando a que Margaret aparezca para preguntarle cómo está, pero termina sus tareas antes de tiempo como el día anterior sin que ella se vea por ninguna parte. Morgan lo felicita y él solo asiente con la cabeza antes de marcharse a casa, con cierta pesadez hasta que se sube al autobús y se dice así mismo que después de todo esa vieja amargada no es nada suyo como para que a él le preocupe. Después de salir del área de carga, Oliver se llevó a Margaret hasta la azotea, a donde siempre la lleva cuando quiere regañarla por algo, pero esta vez ella sabe que será peor. Cuando abre la puerta de salida a la azotea, la lanza lejos de él y ella trastabilla un poco, pero se mantiene en pie, ve a su esposo furioso acercándose peligrosamente y se abraza el cuerpo bajando la mirada. —¡¿Qué demonios tienes en la cabeza?! ¡¡¿Quieres dejarme como un cornudo delante de toda la chusma de la empresa?!! —N-no les digas así, son personas como nosotros… —¡No me repliques! —le dice acercándose a ella, Margaret retrocede, pero termina pegada a la protección del aire acondicionado que alimenta al edificio—. Esa chusma es lo que es, la escoria del país que termina trabajando para gente como yo… ¡Tú eres uno de ellos y yo te di la oportunidad de ser una mujer de mundo! Pero es difícil que tengas mi categoría si te la pasas mezclada con esa gentuza. —E-es mi trabajo, Oliver… el chico se cayó, solo quise ayudarlo para… —¡¿Para qué?! ¡¿Crees que no me di cuenta de la manera en que le sostenías la mano?! ¡¿Qué no me fijé en lo joven y guapo que es?! —le toma el rostro con una mano para obligarla a que lo vea y le dice con molestia—. Es eso, ¿verdad? El mocoso te gustó y quieres dejarme por él, pero te recuerdo nuestro acuerdo prematrimonial, querida esposa… no me puedes dejar hasta que no me pagues lo que me debes. —L-lo sé, yo… yo no te dejaría, Oliver… te amo, yo… —pero eso en lugar de apaciguar el enojo del hombre, solo consigue que la tome por el cabello y hale hasta dejar expuesto su cuello, en donde él deja un beso que la estremece, pero de miedo. —Más te vale, querida esposa, porque hay cientos de mujeres mejores que tú, hermosas y más jóvenes, que se mueren por estar conmigo, por satisfacerme como tú no lo has hecho en estos dos años —la suelta con brusquedad y se arregla el traje—. Ahora, vete al baño de servicio, que nadie te vea así… y por todos los demonios, arréglate un poco, que pareces cualquier cosa menos la esposa de un hombre importante como yo. La deja sola sin mirar atrás ni una sola vez, Margaret en lugar de seguirlo, corre a la baranda del edificio en donde se apoya y busca aire desesperada. Siente que todo su mundo podría terminarse si tan solo… Coloca un pie en el borde de concreto, sin dejar de aferrarse de la baranda metálica que termina de servir de barrera para que nadie caiga. Mira hacia abajo, contempla la ciudad unos segundos y luego cierra los ojos, pensando en que si tuviera el valor de acabar con todo en ese instante tal vez sería feliz, pero eso no detendría a Oliver. En el instante en que ella se vaya de cualquier manera de su vida, él le cobrará la deuda a su familia y eso es algo que no puede permitir. Se baja, respira profundo varias veces y se suelta el cabello para que nadie note lo desordenado que Oliver se lo ha dejado. Se mira en la cámara de su teléfono antes de caminar hacia su oficina y se encierra ahí para que nadie vea en su rostro el miedo y la humillación. Y, mientras sus manos se mueven con destreza, en su mente no deja de decirse que fue su culpa aquella reacción. «Me lo merezco… no debería acercarme a otro hombre de esa manera, soy una mujer casada». Pero nosotros sabemos que no es así, ella no tiene la culpa ni tampoco se lo merece.
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