La noche era tan silenciosa que incluso el crujir de la madera bajo los pies de Fernanda parecía un grito. El diario yacía cerrado junto al espejo, pero sus palabras aún flotaban en el aire, latiendo como un corazón recién herido. Leónidas no había aparecido aún. Era extraño. Siempre estaba allí antes que ella.
Se sentó en la alfombra, abrazándose las piernas. El cansancio la venció. Cerró los ojos con la mirada puesta en el espejo… y se quedó dormida.
En algún rincón de ese sueño compartido, ambos despertaron a la vez, aunque no sabían cómo habían llegado allí. Estaban de pie frente a una cabaña antigua, oculta en una niebla espesa y plateada. Leónidas tomó su mano, y ambos supieron que no era un sueño cualquiera. Aquello era una advertencia.
Las ventanas de la cabaña estaban cubiertas por telas rotas y negras. De su interior emanaba un murmullo, un canto apenas audible, como si alguien —o algo— rezara en un idioma que ninguno reconocía, pero que, sin saber por qué, les erizaba la piel.
—¿Dónde estamos? —preguntó Fernanda.
—Donde alguien no quiere que estemos —respondió Leónidas, tenso.
La puerta crujió por sí sola y se abrió con lentitud. Adentro, no había nada… salvo el espejo. El mismo espejo que ellos usaban, pero agrietado. Su superficie estaba manchada con algo oscuro, como si la memoria de todos los que lo habían mirado se hubiese fundido allí, atrapada para siempre.
—No deberíamos entrar —susurró Fernanda, retrocediendo.
—Pero tampoco podemos huir —dijo él.
Ambos cruzaron el umbral, y al hacerlo, el aire cambió. Estaba frío. Denso. Inquietante. El espejo empezó a emitir un zumbido bajo, como si latiera. Y entonces, una sombra emergió desde su interior. No tenía forma definida, pero sí ojos… ojos idénticos a los de Leónidas, aunque vacíos. Como si el amor de su reflejo hubiese sido arrancado.
—¿Quién eres? —preguntó Fernanda, con voz temblorosa.
La criatura no respondió. Solo avanzó hacia ellos, flotando. Y entonces habló con una voz que parecía la suma de mil ecos rotos:
—Ustedes no son los primeros… ni serán los últimos. El espejo no los une. Los encierra. Lo que sienten… solo alimenta la grieta. Y cuando se rompa del todo, yo saldré. Yo tomaré su lugar.
La sombra se lanzó hacia ellos. Gritaron. Intentaron correr. Pero al hacerlo, fueron tragados por el reflejo agrietado. Y el mundo se deshizo en un estallido de cristales y viento.
Fernanda se despertó en el ático, jadeando, el corazón a punto de estallar. El espejo estaba ahí… intacto. Pero la niebla de su respiración se marcaba en la superficie, como si estuviera helado por dentro.
Y al otro lado, Leónidas la miraba. También estaba pálido, con los labios entreabiertos.
—¿Tú también… lo soñaste? —preguntó ella, sabiendo la respuesta.
Él asintió lentamente, y por primera vez, su mirada reflejaba miedo.
—Ya no estamos solos, Fer. Alguien… o algo… está del otro lado con nosotros.
En ese instante, la superficie del espejo vibró levemente. Y en el borde inferior, escrito con la misma tinta casi invisible del diario, apareció una frase que no estaba antes:
“Cuando el amor se vuelve portal, la oscuridad siempre quiere cruzar primero.”
Fernanda retrocedió. Leónidas también. Ambos sabían que su vínculo se había vuelto más fuerte… pero también más peligroso.
Y en la soledad del ático, el espejo volvió a reflejar solo la habitación.
Pero algo… respiraba dentro de él