El guardián de los reflejos

837 Words
El viento soplaba con una cadencia inquietante aquella madrugada. Fernanda observaba el espejo antiguo en la pared del desván, lugar que sintió que era más seguro para ver a su gran amor. El cristal estaba empañado, como si llorara desde adentro. El reflejo frente a ella mostraba a Leonidas a su lado, conteníendo la respiración. —¿Lo viste también? —susurró él, con la voz quebrada. Fernanda asintió, sin apartar los ojos del reflejo. Allí, por unos segundos, lo había sentido: el aroma del café que compartían en otro tiempo… y la figura de su amor perdido, sonriéndole desde una habitación que no era esa. No era una alucinación. Lo sabían. Pero esa noche, algo cambió. En lugar del rostro amado, un nuevo reflejo apareció. Un anciano de cabellos blancos, ojos penetrantes y una túnica que parecía desvanecerse en humo. Extendió la mano hacia el cristal, y aunque no cruzó, su voz se filtró como un eco en sus mentes. —No deben quedarse mucho tiempo mirando. Él los siente. Él ya los está buscando. Fernanda dio un paso atrás, temblando. Leónidas, por instinto, intento sostenerla, pero fue la pared lo que detuvo a Fernanda. —¿Quién… eres tú? —preguntó él al espejo. El reflejo del anciano parpadeó… y respondió: —Me llaman Éshar, el Guardián del Umbral. Vigilo los reflejos. Las puertas. Los hilos rotos entre mundos. Y ustedes... no están solos. El aire se volvió espeso. Fernanda sintió que algo invisible caminaba por su columna vertebral. Detrás del anciano, una sombra cruzó rápidamente el fondo del espejo. Oscura, alargada. Como si alguien más habitara ese espacio. —¿Qué quiere decir con que nos está buscando? —insistió Leónidas, apretando los puños. Éshar los miró con pesar. —No todos los reflejos son inofensivos. No todas las versiones de ustedes son benignas. Y hay uno… uno que fue desterrado. Un fragmento del amor que perdieron… pero corrompido por el dolor, el abandono y la desesperanza. Él aprendió a cruzar. Y si los siente, si los reconoce… vendrá por ustedes. Por su reflejo. Por su esencia. Fernanda retrocedió un paso. —¿Quieres decir que… mi otra versión… esa que aparece frente a mí a veces… puede ser él? —No —negó Éshar con firmeza—. Él no es tú. Es lo que quedó de él, de aquel que perdiste. Un eco de obsesión y sombra. Pero también hay otros… versiones puras… atrapadas… que buscan decirte algo. El amor verdadero también deja huellas en los espejos. Entonces, con un gesto suave, Éshar tocó su pecho y extrajo de él un colgante de cristal, suspendido en un hilo de plata. Desde el reflejo, lo dejó caer hacia su mano... y para asombro de ambos, este atravesó el espejo y cayó al suelo de su lado real. Fernanda lo recogió, temblando. —¿Qué es esto? —Un fragmento del Espejo Mayor. Te permitirá sentir la verdad detrás del reflejo. No te fíes de lo que ves. Escucha con el alma. Solo así sabrás quién te llama desde el otro lado. Leónidas lo miró con desconfianza. —¿Por qué ayudarnos? El guardián pareció entristecer. —Porque alguna vez... yo también miré a través de un espejo y perdí a quien más amaba. Juré que ningún otro cruzaría sin saber lo que arriesga. Y entonces… desapareció. El espejo volvió a reflejar su habitación. Nada más. Fernanda se quedó con el colgante en la mano, sintiendo un leve calor pulsante que respondía a sus emociones. —¿Y si no es solo un reflejo lo que vemos? —susurró—. ¿Y si hay partes de nosotros mismos que también se han perdido en ese otro mundo… esperando volver? Leónidas no respondió. Se acercó al espejo con cuidado, con una expresión que Fernanda nunca le había visto: vulnerabilidad. —Si hay una versión de ti que sigue viva al otro lado… yo quiero saberlo. Aunque duela. Fernanda miró hacia él. —¿Y tú? ¿Y si hay una versión tuya que me amó más allá de todo… y que aún me busca? ¿Qué harías? Él tragó saliva, incapaz de contestar. Porque lo que Fernanda no sabía… es que él ya lo había visto. No en el espejo, sino en sus sueños. Otra vida. Otra versión de ella. Una que lo miraba como si fuera su destino. Una que, al parecer, también estaba intentando cruzar. Desde esa noche, comenzaron a verlos más seguido. Sombras en el reflejo. Manos que se estiraban como si suplicaran. Sonrisas que no eran exactamente las suyas. E incluso frases escritas al vapor en los cristales: "No cierres la puerta." "Estamos cerca." "Recuerda el jardín..." Cada día, los reflejos se volvían más personales. Más íntimos. Más peligrosos. Y entre todas esas visiones… Fernanda empezó a distinguir algo más. Una presencia que los observaba desde los rincones, detrás del reflejo. Ojos rojos. Profundos. Silenciosos. Éshar tenía razón. Algo… alguien… también estaba cruzando. Y no todos los fragmentos eran amor.
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