Capítulo VI

1165 Words
Tuve que viajar a Galicia a inventariar una sucursal del negocio que se aperturaría en los próximos días. Mi mamá estaba en Valladolid y Helena con su mamá. De verdad que me consumió todo el día, apenas si tuve chance de enviarle un mensaje de texto. «Cariño te extraño. Estoy a miles de Kilómetros atendiendo cosas de negocios y he estado full. Te llamaré en la noche. Te amo.» Helena solía responder casi de inmediato, pero al caer la noche no tenía ni un mensaje suyo. Imaginé que estaría ocupada también. Llegué muerta del cansancio. Me di una ducha tibia y me metí a la cama. Me quedé dormida al instante. ... Me despertó un mensaje a las cinco de la mañana, me emocioné. Resultó ser un recordatorio de que hoy a las ocho y treinta de la mañana se inaguraría la sucursal de Galicia. Me levanté, me di una ducha fría y fui a preparar café. Un par de huevos fritos y unas rebanadas de pan fueron mi desayuno de ese día. De Helena no sabía nada. Terminé de arreglarme y me fui a cumplir con mis compromisos. La puntualidad no era mi fuerte. Mientras tanto en Madrid... __ Señorita Cabral - dijo el Doctor Ortuño - Me temo que usted tiene lo que conocemos en la medicina como «Leucemia Ferropénica». Es un tipo de leucemia no invasiva, casi indetectable. Puede pasar inadvertida por años y ser diagnosticada erradamente como una anemia ferropénica. La ingesta de hierro es crucial, pero no la detiene. Sabemos muy poco sobre ella, no hemos descubierto qué gen la produce y cómo curarla - Puntualizó. Helena estaba estupefacta ante todas esas palabras. Dejó de oír cuando el Doctor dijo «Leucemia», para ella eso era sinónimo de cáncer. __ ¿De cuánto tiempo dispongo? - inquirió Helena, conteniendo las lágrimas que estaban asomándose en sus ojos verdes grisáceos. __ No lo sabemos. Como le dije, no sabemos mucho sobre ello. Sólo uno de cada treinta millones de habitantes en España la padece. La expectativa de vida varía de un individuo a otro. Me temo Señorita Cabral - dijo el Doctor sin inmutarse - no queda más por hacer. Siga consumiendo hierro - Terminó de hacer unas recetas y se las dio. «Las vitaminas» pensó Helena para sí mientras salía del Hospital El Doral. Ahora entendía por qué había tantos frascos en su piso y el enojo de su madre aquella vez tenía una explicación más lógica. Se dirigió a su casa y allí encontró a su madre cabizbaja, hecha un desastre. __ Hola mamá - corrió a abrazarla. - Te estuvimos llamando. ¿Has comido algo? __ No tengo apetito, cariño. Perdí mi celular en el cementerio. Helena moría de tristeza, pero no podía darse el lujo de derrumbarse. Su madre la necesitaba. Fue a la cocina a preparar algo de comer, aunque su estómago tenía un vuelco. Tomó uno de los tantos frascos que había por la casa e ingirió un par de pastillas, tal como era indicado. Tomó apenas un sorbo de agua de la llave para pasarlas. __ Vamos a comer algo, mamá - vino a la sala con una bandeja en la que reposaba dos platos de pan tostado con mermelada de fresa, una taza de té y un vaso de jugo de naranja. Terminaron de comer y Helena se encargó de arreglar el piso y preparar la bañera para su madre. «Dios, Juliana» se regañó y sacó su celular a ver si tenía algún mensaje. Estaba descargado. Lo puso a cargar mientras bañaba a su madre. Helena no tenía el valor de encararla por lo que se había enterado. No era el momento. Así que sólo se hizo cargo de ella en silencio. Aunque la Señora Indira era una mujer dura y aparentemente fría, adoraba a su hija. Helena comenzó a recordar ciertas cosas y así armar el rompecabezas de su vida. Su mamá la mantuvo alejada de muchas situaciones para protegerla. Su padre era más permisivo, quizás por eso ella se sentía más en sintonía con él. Tenían una relación de complicidad. Y como toda hija, odiaba a su madre. Indira lo advirtió, así que cuando ellos tuvieron que mudarse por trabajo y Helena se rehusó, acordaron darle un poco de libertad y confianza. Le compraron el piso donde vive en la actualidad. Y contrataron a Vlad para que la trasladara. No llevarla a clases de manejo fue una forma de asegurarse de que su pequeña no fuese a sufrir un accidente. ... Oficialmente ya teníamos la primera tienda en Galicia. Me gustó el pequeño pueblo, todo es más calmado que la ajetreada ciudad de Madrid y sus vaivenes. De pronto me imaginé una vida con Helena aquí: una modesta casa, con un jardín y un pequeño garaje. La tranquilidad de un pueblo que madruga y duerme temprano, cada quien ocupado en lo suyo. Veía el par de anillos que tenía en mi mano y sonreía. «Espero que le guste» me decía a mí misma. Estaba consiente de que no tenían caracter legal, incluso ser gay era algo inaceptable en cualquier rincón de España , pero me conformaba con saber que yo tenía su corazón y ella el mío. La aceptación de mi madre era suficiente para mí que un parlamento de estirados. Mi celular vibró, sacándome de mis pensamientos. Era Helena. __ Hola nena, te extrañé. ¿Cómo te sientes? - Le dije emocionada. __ Mejor amor. Disculpa por no responderte ayer, mi teléfono se descargó. Estuve ocupada arreglando el piso y atendiendo a mi madre. Hoy la mandé al súper para que se distrajera. Tengo que hablar contigo. ¿Cuándo regresas? __ Dame un par de días amor, tengo que esperar que manden a una encargada para regresarme. Yo también quiero hablar contigo. - Bien, me avisas entonces. Cuídate, amor - Y colgó. ... Helena escribió en su diario todo lo acontecido. Luego se metió a la ducha y lloró hasta que sacó de su pecho todo lo que tenía atorado. Sus sentimientos iban del enojo a la desesperanza. Por primera vez en la vida sentía miedo, estaba desarmada. Era una persona acostumbrada a pelear, no quería dejarse vencer. «Ya basta de autocompadecerse» se ordenó. «Mi dulce Juliana, cómo voy a decírselo» se decía a sí misma y las lágrimas volvían a emerger. Tocan la puerta. __ Cariño, ¿Quieres ver televisión? Van a pasar un maratón de Resident Evil, comienza en treinta minutos. Suspiró y se dispuso a animarse. __ Sí, mamá, ya voy. Ve haciendo las palomitas mientras me visto. Dejó todos esos pensamientos tristes en el cuarto y salió a la sala a ver el maratón. __ Aún te sigues espantando aunque la hayas visto ciento de veces - dijo la Señora Indira riendo - Recuerdo cuando me hacías revisar tu clóset para ver si no había zombis. Eso era siempre que veías una película de Resident Evil. Helena no pudo evitar reir. Vinieron a su mente recuerdos gratos.
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