La mañana llegó sin piedad. No había dormido, no después de lo que ocurrió bajo el muro. Pero aun así me presenté en la cocina antes del amanecer, como siempre. El fuego apenas despertaba, y el olor a pan recién amasado cubría las piedras como un consuelo inútil. Mi madre de crianza me miró y negó con la cabeza. —No tenías que venir hoy —susurró—. Después de anoche… —No podía quedarme en la cama —respondí. Quería trabajar. Quería cansar el cuerpo, porque la mente seguía ardiendo con la sombra de Niamh, con la cercanía de su respiración y con la amenaza que había quedado flotando en el aire. No pasaron ni cinco minutos antes de que un guardia entrara en la cocina. —Bais —dijo secamente—. El consejo te solicita. Mi madre apretó los labios. Yo no me permití temblar. Seguí al guar

