Cartas en la oscuridad

1966 Words

El establo inferior olía a heno húmedo y a silencio castigado. Desde que me relegaron allí, mis días transcurrían entre baldes de agua, mantas ásperas y el sonido tranquilo de los animales que no sabían nada de profecías ni de celos. Fue en ese entorno, donde nadie debería buscarme, que ocurrió. Mientras cambiaba la paja del último cajón, escuché pasos suaves detrás de mí. No eran los de un guardia. Ni los de un soldado. Eran demasiado ligeros. Me incorporé, el corazón tensándose sin razón aparente. Una joven doncella estaba allí. No la conocía: rostro redondo, mejillas sonrojadas, las manos aferradas al delantal como si escondiera algo. —¿Necesitas algo? —pregunté. No respondió de inmediato. Miró hacia la puerta… dos veces. Luego dio un paso más dentro del establo. —Esto es

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