No me avisaron con gritos. Ni con campanas. Ni siquiera con sangre. Me avisaron con el silencio. El ala occidental amaneció cerrada. Guardias que no respondían, puertas selladas con excusas torpes, miradas que se deslizaban lejos de la mía. El castillo había aprendido un idioma nuevo: el de la mentira organizada. Fui directo a sus estancias. La puerta estaba abierta. Demasiado. El lecho intacto. El velo plegado con cuidado excesivo. Ninguna señal de lucha. Solo una ausencia limpia, quirúrgica, pensada para que doliera más. —No —dije, y mi voz sonó ajena incluso para mí. El halcón de madera ardió como si lo hubieran acercado al fuego. El Viejo apareció en el umbral, pálido. —Se la han llevado al amanecer —dijo—. Sin ruido. Con órdenes selladas. Cerré los ojos un instante. No par

