La noche cayó pesada, como si el cielo mismo cargara duelo por el sacrificio de Mael. El castillo estaba en silencio, pero no era el silencio normal de los pasillos vacíos… era uno denso, expectante. El tipo de silencio que precede a una desgracia. Yo no podía dormir. No desde que vi el fuego devorar lo poco que quedaba de mi amigo. No desde que escuché el grito ahogado de Niamh, que aún me persigue más que cualquier profecía. Caminé por el patio interior, sin capa, sin permiso, sin intención de obedecer a nadie. El aire olía raro. No a humo… a algo más. Algo a punto de romperse. Y entonces, lo escuché. Primero un zumbido, débil. Después, el temblor de la tierra. Luego, el cielo abriéndose en un resplandor rojo, como si una g****a hubiera partido la noche en dos. —No… —susurré

