DOS: En la presencia del rey

1450 Words
Los guardas me llevaron a palacio forzadamente. Me había resistido constantemente pero fue en vano, moretones leves habían quedado plasmados en la piel expuesta de mis brazos. El camino a palacio también resultó ser una tortura. Mi padre me mantuvo siempre alejada de las zonas céntricas de Austin, crecí en las afueras del reino, en los sembradíos de flores. Así que no conocía más que a tres personas, mi padre, Froy y Alondra , una doncella que mi padre llevaba a casa de vez en cuando para que fuera mi “amiga”. Entonces, no era una amistad real en un principio, sino que creció hasta florecer como una amistad verdadera. Al llegar a palacio las cosas cambiaron. Desde que bajé del carruaje todo parecía girar en torno a mí. Fui tratada como la verdadera princesa, o al menos así lo percibí por todas las atenciones que recibí. Me llevaron a un salón rodeado de pinturas que tenían una línea histórica desde la fundación del reino hasta cómo lucía actualmente. Las paredes de palacio eran blancas, había salones inmensos con decoraciones florales y pinturas de praderas reverdecidas con atardeceres preciosos. Todavía observaba las pinturas cuando muchas mujeres me rodearon para tomar las medidas de mi cuerpo. Supuse que me vestirían como ellas quisiesen y que me harían ver como una princesa. Estaba asustada de ver tantas personas moviéndose de un lado a otro. Era algo a lo que no podría acostumbrarme, yo solo quería una vida sencilla con pequeños detalles pero genuinos. Una mujer rubia de ojos celestes entro al salón, y solo con su presencia hizo detener a cada una de las presentes. Era una mujer que inspiraba grandeza, su vestido rosa pálido la hacía ver como una diosa; con su cabello rubio rizado cayendo por sus hombros desnudos. ―¡Dios mío! Exclamó al verme. Las demás mujeres guardaban silencio expectantes de sus siguientes palabras. Por mi parte no me importaba nada. Estaba en ese lugar contra mi voluntad. No me preocupaba brindar buena impresión ni agradarles, por lo que no pensaba mostrarme sumisa ni amable. ―¡Pero qué hermosa es! Las demás mujeres suspiraron aliviadas. No me sentí halagada para nada. Al contrario, ella quizás era una de las causantes que me encontrara en tal situación. ―Te lo había dicho madre. Respondió una voz tras de nosotros. Era dulce y serena, un color de voz que conocía a la perfección, de alguna u otra forma, escucharla me generó tranquilidad porque tenía muchas preguntas por hacer. Era Alondra ¿Qué hacia ella ahí? Alondra era la única chica de mi edad que yo consideraba como una amiga verdadera. Hizo un camino tras las demás y se abalanzó sobre mí dándome un abrazó. Era el tipo de abrazo que necesitaba en ese momento. ―Esto es una locura. Tendremos a la princesa más hermosa representando a Austin. Chicas una reverencia ante la ahora princesa ganadora de la vendimia y la futura esposa del príncipe Vicent. La mujer del vestido rosa, parecía realmente emocionada. Por mi parte, quería abofetearle en ese momento. No se había puesto en mis zapatos. Quizá nunca había pasado por algo similar. Alondra que ya se había separado de mí, me dio una giño de ojo. ―Te presento a Lady Dorotea, prima de quien fuera la reina Olivia y también mi madre. Seremos las encargadas de asesorarte para conquistar al príncipe. Viajaremos contigo a Aspen. Sus palabras habían sonado con emoción al igual que Lady Dorothea. Tal vez debía desconfiar de ella, era hija de esa mujer, y hablaba de mí como si hubiese sido elección mía conquistar a un príncipe que ni siquiera conocía. Además, era parte de la realeza y nunca lo mencionó en nuestras conversaciones. Todo era un cúmulo de información que apenas estaba asimilando. Sin embargo, era la única persona en el palacio a quien conocía, no tenía más opción que mostrarme serena ante ella, y en su debido momento cuestionarle al respecto. ―Basta de charlas. Tengo el vestido ideal para que sorprenda en su llegada al reino central. Ya saben, la primera impresión es fundamental y tú querida Miranda vas a cortar cabezas. Esas princesas se quedarán cortas ante tu belleza. Sentí una punzada en mi pecho cuando me llamó “Miranda”. Me recompuse rápidamente, porque debía acostumbrarme a ser llamada con ese nombre. ―Basta madre que solo lograrás aturdirla. ―Hija mía, tu madre sabe lo que hace, estoy preparando a una ganadora. Hizo una pausa y esta vez dirigió sus ojos cristalinos hacia mí. ―No querrás saber lo que les hacen a las perdedoras. El resto de las mujeres dirigieron su mirada al suelo. Yo solo tragué grueso. Nadie me había dicho esa parte de la historia. Y eso solo comprobaba mis sospechas, iría a Aspen a morir de todas formas… Cuando quedamos solas Alondra y yo en la habitación, esta susurró a mi oído. ―No has dicho palabra alguna desde que llegaste. ―No puedo decir nada cuando soy víctima de una tiranía. ―La vida es injusta. ―No para ti. Luces feliz. ―Estoy feliz porque estaré contigo en el viaje y soy la única que sabe quién eres realmente. No comprendí sus palabras en ese preciso momento. Ambas nos encontrábamos tensas. ―Lo entenderás pronto Amanda. Así ya no nos podrás odiar tanto. No me dio tiempo de responder. ―Ahí está el vestido. Póntelo. Salió del salón dejándome completamente sola. Era un vestido inmenso en color rojo intenso, con detalles de pétalos de rosa. Nunca me imaginé con uno así de lujoso y pomposo. Cuando ya lo tenía puesto, me planté ante uno de los espejos. Lucía delicada, mi cabello castaño en un moño alto, dejaba al descubierto las facciones de mi rostro. Mis ojos aún rojos lucían gastados. En otra situación me sentiría afortunada de cargar semejante prenda y lucirla para quien realmente estaba en mis pensamientos todo el tiempo. ―Amanda, querida Amanda. Nos has salvado de la ruina. Era el rey Felipe, llevaba puesta sobre su cabeza la corona de esmeraldas símbolo del poderío del reino de Austin. Y para mi sorpresa Él sí me había llamado por mi nombre. Lo vi a traves del espejo. Lo vi a los ojos sin el temor que un monarca pudiera imprimir. ―¿Sabes cuánto poder hay en tus manos? Preguntó rodeándome sigilosamente. No me intimidó de ninguna manera. Pasar de una vida apacible en campos de flores a esto, había hecho eco en mi mente y mis propios pensamientos, me sorprendieron. ―Yo nunca he pedido poder, su majestad. Respondí al fin, serena y con una fuerza interna que me movía a no mostrarme débil. Había lecciones de mi padre, que nunca olvidaría, y una de ellas había sido: Cuando seas la presa, no dejes que el cazador te vea débil aunque estés en sus manos, hazle dudar de sí mismo. ―Yo tampoco, la historia nos eligió a ambos para ser poderosos. Estudio mi expresiones y vi una sonrisa leve aparecer en sus labios. El cazador pensaba que me había atrapado. ―Entonces no tiene sentido vivir si ya está decidido por nosotros. Giré para verlo frente a frente. ―Hay un propósito Amanda. Estas salvando a la princesa Miranda de morir en un reino que no es el suyo. ―Pero yo sí moriré de todas maneras. Sabrán que no soy la princesa y me matarán, sino gano la vendimia también la muerte me espera. Le di las palabras que quería escuchar, le hice pensar que en realidad estaba acorralada. ―Es un sacrificio, Amanda. ―Es un intercambio, una vil traición, su majestad. El pueblo de Austin lo respeta porque es honorable. Pero no lo está siendo ahora. Le hice dudar de sí mismo. La presa se estaba defendiendo. ―¡Basta! Partirás ahora mismo a Aspen y nunca declararás que no eres la princesa. Si ganas me harás rey de Aspen. Había logrado desestabilizarlo. ―Si gano, lo destruiré alteza, a usted y a mi padre… es una promesa. Fue la estocada final. Me vio con sorpresa e ira, había logrado intimidar al rey. Sin embargo ¿Por qué había dicho que lo convertiría en rey de Aspen? ¿Cuáles eran sus verdaderas intenciones? Froy entró por mí y salimos de palacio juntos para subir al carruaje que nos llevaría a Aspen. El camino que recién iniciaba ahora era un juego para mí. Uno que debía ganar por supervivencia y no sería yo quien terminaría muerta. Sonreí de lado al dejar atrás a Austin. Ahora tenía un objetivo en la vida: regresar a Austin por repuestas y venganza…
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