Capítulo VIII

1550 Words
—Recuérdame ¿Por qué te estoy ayudando? —preguntó el hombre de orbes color mercurio al hechicero frente a él. Realmente le irritaba ese tipo como nadie en el mundo y precisamente no era su persona favorita en estos momentos dado lo que uno de sus inservibles amigos le habían hecho a esa niña de la celda. Aún no había vengado su cicatriz pero no faltaba mucho tiempo para poder hacerlo. Saboreó con indiferencia la bebida que reposaba en la copa sobre su mano sin apartar por un segundo su mirada inquietante del imbécil al que supuestamente estaba ayudando. —Tengo algo muy importante para ti ¿Recuerdas? —preguntó este con sorna irritado aún más a su interlocutor—. La compañera de un demonio es lo más importante que este posee… Su perdición. »Todo por lo que un demonio daría la vida. Puedes poseer mucho poder, pero tu compañera es una debilidad. Al hombre se le oscurecieron los ojos visiblemente a la vez que un músculo palpitó en su mandíbula pues estaba furioso y Samael no tuvo miedo, le resultaba divertida la forma en la que los demonios se aferraban a huecas mujeres solo por un lazo inservible. —Tan vulnerable como un bebé —soltó con imprudencia Samael y esta vez el demonio saltó en su dirección apretando con su mano su garganta dejándolo sin respiración. Sus orbes lo fulminaban con fiereza y a Samael se le agrandaron los ojos ante el temor de ser asesinado por su socio. Ese demonio era un complemento peligro. Una amenaza para los de su clase era por ello que lo necesitaba para librar esa batalla. Ningún aquelarre podría con él si tenía a ese demonio de su lado que era temido incluso por los de su clase al ser hijo de uno de los demonios más poderosos de la historia y su madre no se quedaba atrás. Su socio había heredado los poderes de sus padres e incluso había nacido con los suyos propios cosa muy extraña para los demonios ya que la sucesión de sangre normalmente era que los demonios heredarán los poderes del padre tal y como los hechiceros hacían, pero estos obtenían sus poderes de su madre. Samael se llevó las manos a su cuello tratando de liberarse del agarre de su socio pero este era mucho más fuerte. —Vuelve a jugar conmigo, vuelve a irritarme y no dudaré en matarte. ¿Entendiste? —gruñó él antes de soltarlo ocasionando que este cayera al suelo con estrépito dándose un fortísimo golpe y maldijo por lo bajo al ver cómo salía de la habitación. Samael se levantó del suelo fulminando a la puerta donde había salido el demonio. Después de todo él no podía hacerle daño ¿No? Él lo tenía en las manos, sabía dónde estaba su compañera y sin él no llegaría a donde estaba ella. Nunca la encontraría de no ser por él. Samael sonrió con malicia porque después de todo ese demonio no podía hacerle absolutamente nada. * Félicité apretó la mandíbula de dolor por la cicatriz que cruzaba su cara. Ese poco hombre sería el primero que pagaría, se vengaría de él. Lo despedasaría. Su vida ya nunca sería igual después de estar en ese lugar, la marca en su cara y en su corazón lo evidenciaba. Quería destruir a todos por haberle hecho eso. Lloró amargamente sin dejar salir ningún sonido de su boca. Le dolía el corazón. De repente la puerta que la mantenía presa se abrió mostrando de primero al hombre que había intentado violarla y que al no conseguirlo le había hecho la cicatriz en su rostro. Lo miró con verdadero resentimiento sin importarle o desviar su atención a la otra persona que venía detrás de él, ella estaba planeando un montón de maneras de matarlo y recordó que si su hermana era capaz de ver sus pensamientos probablemente querría enviarla a un psicólogo. Aunque sí Ekaterina sabía las razones de sus psicóticos planes Félicité estaba absolutamente segura que su hermana la ayudaría, de hecho ella misma lo mataría. Si algo era Ekaterina era sobreprotectora. —Te traje un regalo —dijo alguien llamando la atención de ella y desviando sus pensamientos de lo que quería hacerle a Beck por hacerle lo que le había hecho. Sus ojos ámbar se fijaron en quien había hablado dándose cuenta de que se trataba del hombre que anteriormente había hechado a Beck y le había curado a ella la herida. Félicité no entendió a qué se refería por lo que consiguió que frunciera el ceño y él pareció saber que ella no lo había entendido pues le sonrió de una manera letal antes de volver a hablar una vez más. —Es mi buena acción del día —dijo encogiéndose en hombros restándole importancia a sus palabras—. Es todo tuyo para que le hagas lo que quieras —señaló el desconocido a Beck y el corazón de Félicité se detuvo en una fracción de segundos. ¿Realmente le estaba diciendo lo que ella creía? ¿Le daba permiso a acabar con él? Era demasiado bueno para ser real. Seguramente ambos estaban buscando burlarse de ella por más que el más alto de los dos nunca le hubiera hecho daño. Algo dentro de ella se estrujó haciéndola sentir verdaderamente mal. Y Félicité no supo el porqué de sus sentimientos y cuando giró a ver al poco hombre de Beck se dio cuenta de repente que este estaba amarrado, atado igual que ella salvo que su boca también estaba cubierta de tela y sus ojos parecían mostrar miedo genuino. Ella inevitablemente volvió sus ojos una vez más al extraño y captó que él no había apartado la mirada de ella, de su cuerpo durante ningún minuto. — ¿Qué vas a hacer pequeña bruja? ¿Lo tomas o lo dejas? — ¿Estás burlándote de mí? —le gruñó ella antes de que pudiera frenar su lengua y se perdió en ese par de orbes mercurio que la detallaban haciéndola temblar. Él establecía un extraño pero peligroso poder sobre ella que la desestabilizando y la ponía nerviosa en partes iguales. — ¿Me ves cara de que estoy burlándome? —le esperó él acercándose lentamente en su dirección haciendo su respiración más trabajosa. Su cercanía hacía extrañas cosas a su cuerpo que jamás había experimentado y Félicité de pronto sintió como le ardía la cara en lo que era un sonrojo repentino. Su corazón se agitó hasta el punto de que casi no podía respirar debido a lo pecaminosamente cerca que había llegado ese hombre a ella. ¿Por qué se acercaba de esa forma? Y lo peor de todo. ¿Por qué su cuerpo actuaba de esa forma con él? Era sumamente extraño y vergonzoso. —Voy a soltarte —murmuró cerca de su cara haciendo que sus alientos se mezclaran. Ella pudo sentir sus manos en su muñeca aunque se encontraba atontada pero no le fue posible apartar la mirada en ningún momento se él. La tensión entre ambos era palpable. De alguna forma ilógico. ¿Cómo podía sentirse extrañamente atraída a ese desconocido que hacía parte de los que la mantenían ahí? Además quién le aseguraba que estaba diciéndole la verdad y no mentía. Solo hasta que las cadenas cayeron al suelo fue que Félicité se percató que eso no podía ser un engaño. Ambos se miraron fijamente a los ojos sin apartar la mirada por un largo tiempo hasta que él dio un paso atrás y le lanzó un cuchillo al suelo el cual brilló en este como su salvación. Beck detrás de ellos miró la escena con verdadero terror y trató de huir de la habitación pero el desconocido fue más rápido y lo empujó al suelo antes de volver a formular dos palabras que la dejaron parizada. —Todo tuyo —soltó con malicia. Y por fin se dio la vuelta y salió dejándolos a los dos solos mientras Beck lloraba sobre la tela intentando decir algo. Temblorosa Félicité tomó el cuchillo entre sus dedos temblando mientras su corazón latía desbocado y desvió su mirada al llorón que le había hecho daño. —Como cambian las circunstancias —susurró ella audiblemente y Beck soltó gritos ahogados sobre la tela pero era inútil. Nadie vendría a salvarlo. Ante esto Félicité sonrió con malicia nueva surgiendo por los poros de su piel. * — ¿Se puede saber por qué nos reuniste aquí? —gruñó la líder del aquelarre Pythia. — ¿Por qué deberíamos ayudarte? Después de todo tú eres un híbrido, no queremos nada con ustedes —preguntó seguidamente una de las brujas más fuertes del aquelarre Circle of sisterhood of blood. Damon tuvo que contenerse para no gruñir por las fastidiosas brujas rodearlo pero las necesitaba para lo que tenía en mente. —Tampoco me gusta que estén aquí pero supongo que muchas de ustedes se han visto afectadas por las extrañas desapariciones de sus hermanas. Esto captó la atención de ellas en un segundo. — ¿Quién te dijo eso híbrido? —gruñó otra bruja. —Eso no importa. Sé que buscan venganza y yo tengo lo que ustedes necesitan para encontrarla —afirmó Damon y todas ellas escucharon con verdadero interés.
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