Desperté con el sonido de los monitores y el olor a desinfectante pegado en el alma. No sabía si era de día o de noche; solo sentía la cabeza pesada, el cuerpo adolorido y una punzada en el pecho que no tenía nada que ver con el golpe del accidente. Era culpa… pura culpa. Cris. Su nombre me retumbaba en la mente como un eco que no se apaga. Recordaba su mirada cuando entró al hospital, el miedo en sus ojos, las lágrimas que nunca le había visto derramar. Y luego, la voz de papá —Ernesto Piamonte— tronando como un trueno detrás de la puerta, gritándole cosas que me rompieron el alma. “Si te queda un poco de decencia, aléjate de mi hija.” Papá lo dijo con tanta furia que yo sentí que el corazón se me partía en dos. Quise levantarme, salir corriendo y decirle que no lo culpara, que el ac

