El sonido del motor rugía en su pecho, pero lo que rugía más fuerte era su corazón. Ámbar salió disparada del lugar, con las lágrimas empañándole los ojos y la garganta cerrada. Apenas podía ver el camino, pero no le importaba. El orgullo, el dolor y la rabia se mezclaban como una tormenta que le nublaba la razón. —¡Idiota! —gritó golpeando el volante—. ¡Cómo puede creer que no lo amo! El viento le despeinaba el cabello, el convertible blanco avanzaba por la avenida a toda velocidad. Las luces de la ciudad parpadeaban entre lágrimas y neblina. Su respiración era un vaivén descontrolado, los recuerdos de Cris la golpeaban: su voz, sus besos, el calor de su cuerpo, la manera en que la miraba como si el mundo se detuviera. Pero también recordó sus palabras… “Fue un error, Cris. Nunca debió

