Un día él la amaría a ella.

1234 Words
Nicolás se despidió de los últimos invitados con una sonrisa marcada, pero sus dedos ya apretaban con firmeza la cintura de su flamante esposa. La música seguía, las luces parpadeaban como un cielo festivo, pero él ya no quería celebrar con nadie más. Solo con ella. —Es hora de irnos —susurró en su oído, su aliento cálido le erizó la nuca. Noelia asintió sin decir palabra. Sentía las piernas de gelatina, el corazón desbocado. Él la tomó de la mano, entrelazando sus dedos con los de ella, y caminó con paso firme hacia la limusina que los aguardaba. Mientras subían, sintió su pulgar acariciarle la palma con lentitud, como si le hablara en otro idioma. Uno que ella no entendía, pero que la hacía temblar igual. En cuanto la puerta se cerró, Nicolás la rodeó con el brazo y la atrajo hacia él. —Por fin —murmuró, sus labios apenas rozando su mejilla—. Pensé que no acabaría nunca esta farsa. Noelia tragó saliva, sin atreverse a mirarlo. —¿Farsa? Él sonrió, seguro, peligroso. —La parte en la que fingimos delante del mundo que no estamos ansiosos por largarnos de la fiesta. La miró a los ojos. —Porque ahora, Naomi… ya no hay que fingir nada. Y entonces, le acarició el rostro con la yema de los dedos. Su voz bajó un tono más. —Esta noche, serás mía. Y Noelia supo que el infierno y el cielo podían arder al mismo tiempo. La suite nupcial era de ensueño. Rosa empolvado, sábanas de satén blanco, pétalos esparcidos, champagne frío esperando junto a una bandeja de fresas. Noelia no veía nada de eso. Solo sentía cómo su corazón latía con fuerza cuando Nicolás cerró la puerta detrás de ellos. —Finalmente solos —murmuró él, deshaciéndose del saco y aflojándose la corbata con una lentitud que parecía ensayada. Ella se mantuvo cerca del espejo, como si su reflejo pudiera protegerla. Lo vio avanzar hacia ella con paso seguro, como un depredador que no necesitaba correr porque sabía que su presa no escaparía. —Te ves hermosa —dijo, deteniéndose frente a ella—. Pero te prefiero sin ese vestido. Noelia tragó saliva. Él la tomó de la cintura y la giró con firmeza, pegándola a su cuerpo. —Nicolás… —Shhh —susurró, bajando los labios a su cuello—. No digas nada. Deja que tu cuerpo hable. Sus manos exploraban su espalda, deslizándose con seguridad. Él la besó. Fuerte. Decidido. Como si le perteneciera. Y en teoría, le pertenecía. Noelia sintió que el estómago se le anudaba. Por un segundo, se dejó llevar. Había soñado con esos labios durante años. Pero no así. No fingiendo ser otra. No siendo una sombra de Naomi. Cuando las manos de él comenzaron a desabotonar su vestido, Noelia lo detuvo. —Espera, no puedo. —¿Qué dijiste? —La voz de Nicolás bajó, afilada. —No así. No esta noche. Él se apartó medio paso, los ojos entornados, oscuros. —¿Estás jugando conmigo? —No es que estoy confundida. Estoy cansada. Solo necesito un poco de tiempo… —¿Tiempo? —rio, sin humor—. ¿Ahora te haces la difícil? ¿Después de haber llegado hasta aquí? —No es eso. —¿Entonces qué es? ¿Un nuevo juego, Naomi? Porque si es así, déjame advertirte que no me interesa jugar. —No quiero que esto pase solo por obligación —susurró ella, con los ojos vidriosos. Nicolás retrocedió dos pasos. Su mandíbula se tensó. —Obligación… ¿Estás demente? —Solo quiero que no solo me desees, has hablado solo de deseo, pero nunca de amor, no me has dicho que me amas Nicolas. Él la miró como si no la reconociera, su nombre tan firme en los labios de ella, lo estremeció, por primera vez. —¿Qué demonios estás diciendo? Noelia apretó la boca. Sabía que no podía revelar más. Lo había arruinado. Todo. —Quiero tu amor Nicolás Callavari, eso es lo que más deseo. Nicolás bufó, se giró hacia la puerta, tomó su saco. —¿Amor? Jamás hablaste de eso, pero lo comprendo. Perfecto. Si no quieres cumplir como esposa, lo haré yo con otra. Ella abrió los ojos con horror. —¿Qué? Él se volvió a mirarla, con frialdad en cada palabra. —A Nicolás Callavari no lo rechaza nadie. Y mucho menos su propia esposa. Así que si no regreso esta noche, ya sabes dónde estoy: buscando en otros brazos lo que tú no me das. Y salió. La puerta se cerró de un golpe seco. Noelia se quedó ahí, sola, vestida aún de blanco, con la respiración agitada y los ojos llenos de lágrimas. Caminó hacia la cama, como en trance, y se dejó caer sobre las sábanas aún intactas. Lloró en silencio. Por ella. Por él. Por todo lo que acababa de romperse antes siquiera de comenzar. Y por lo imposible que era amar a un hombre que no amaba a nadie, solo así mismo. **** Noelia no supo a qué hora se quedó dormida. Solo recordaba el dolor de garganta de tanto llorar, el cuerpo enredado en las sábanas aún intactas, y el hueco frío del colchón a su lado. Nicolás no volvió. O eso creyó, hasta que sintió la vibración firme de una voz ronca. —Levántate. Abrió los ojos de golpe. El sol ya iluminaba la habitación y Nicolás estaba ahí, frente a la ventana, vestido con una camisa blanca impecable, reloj de diseñador en la muñeca y el gesto de siempre: impasible, dominante. —¿Qué hora es? —preguntó ella, incorporándose con torpeza. —Hora de irnos. El jet nos espera. Noelia parpadeó. La cabeza le dolía, los ojos ardían. Pero no preguntó nada. Se sentó en la cama y buscó las pantuflas. Nicolás la observó sin expresión. Ni una palabra sobre la noche anterior. Ni una disculpa. Ni un reproche. Como si el desplante, el portazo, las lágrimas nunca hubieran ocurrido. —Empaca solo lo necesario. El resto lo llevan en otra maleta. Ella asintió, bajando la cabeza. Sintió su corazón latiendo en un ritmo sordo. No se atrevía a mirarlo. Ni a preguntar dónde había dormido. Ni con quién. Se limitó a ir al vestidor, tomó lo que ya estaba organizado, y volvió al dormitorio en silencio. —Estás muy callada —dijo él, al verla aparecer con la maleta pequeña en mano. Ella alzó la vista por un segundo. —Estoy cansada. Nicolás la analizó con sus ojos oscuros, fríos. —Espero que el viaje te anime. Lo vas a necesitar. Ella no supo si eso fue una amenaza o una promesa. Solo asintió de nuevo. Él salió de la habitación sin ofrecerle la mano. Ella lo siguió. No como esposa. Sino como prisionera de un pacto que ni siquiera era suyo. Y mientras descendían por el ascensor privado, Noelia pensó que su corazón se había quedado dormido junto a su dignidad, en la noche que Nicolás Callavari eligió buscar calor en otros brazos. Pero en algún punto del trayecto, con el océano azul brillando desde el ventanal del jet privado, ella decidió algo. No se rendiría tan fácil. Si debía conquistarlo, lo haría siendo Noelia. No una copia. Y aunque le costara cada lágrima y cada humillación. Un día él la amaría a ella.
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