Los pasillos amanecían impacientes, como si en cada sombra se ocultara un secreto. Maeba paseaba junto a una fuente interior, el silencio parecía su cómplice, estaba hecho daga. En la mano sostenía una taza caliente que no la calentaba. El eco de aquella escena nocturna aún la perseguía: La forma en la que Nathan miraba a Eysi, el titubeo en el tono de su voz, cuando siempre ha sido un hombre de carácter. Era evidente que estaba exponiendo sus emociones. Odiaba a Eysi y odiaba a Nathan porque sin querer se estaba dejando arrastrar. Por ella, por Eysi. Se detuvo frente a Luca, que abría las ventanas del ala este. —Luca —dijo con voz firme—. Menos mal que llegaste temprano. Necesito un favor. Él se giró con las cejas arqueadas por la curiosidad. —¿De qué se trata? —Quiero que investigue

