Diez

1292 Words
Desperté porque alguien estaba golpeando insistentemente mi puerta a las 7 de la mañana. Bajé un poco malhumorada y abrí para ver quién no podía esperar para visitarme a una hora más acorde. —¿Se puede saber por qué no estás cambiada? — la señora Louisa me hizo a un lado y pasó para dejar unas galletas y té sobre la mesa. —¿Perdón? —pregunté desconcertada, no tengo tan buena memoria, ¿había olvidado algo? —La escuela niña, te queda una hora. Cámbiate ya—me ordenó. —Lo siento, pero ya le dije a Rosie que no puedo… —¿Por qué crees que estoy aquí? —me interrumpió. —Seré tu tutor o contacto de emergencia en la escuela, así podrás asistir. No puedes perder un año escolar, es muy importante. Así que obedéceme o no te daré ni una galleta y hoy están especialmente deliciosas—le sonreí y subí a mi cuarto a cambiarme. No tenía tiempo de ducharme, así que solo me cepillé los dientes y mojé mi cara con agua fría para despertar completamente. Comenzaba una escuela nueva, nueva gente y profesores, jamás había sido la nueva. Además ¿qué demonios me pongo? Siempre tuve que usar uniforme. Me decidí por un conjunto de remera de tirantes celeste y un short de líneas verticales del mismo color, pero combinado con blanco, y en los pies solo zapatillas blancas. Aunque la moda a cada año era más descombinada, yo siempre odié descombinar la ropa, y no me disculparía por eso. Bajé nuevamente al comedor y me senté al lado de Louisa para desayunar. —¿Podrías hacerme un favor? —preguntó un poco dudosa. —Claro, lo que sea. —Cuida de Rosie, es una persona muy sensible y le han hecho daño antes. No quiero que vuelva a pasar por eso—dijo sin mirarme y restándole importancia a sus palabras. Claro, pude notar que Louisa era una persona que no les mostraba sus sentimientos a otros, pero haría lo que fuera por los suyos. —Lo haré, lo prometo—le sonreí. —Bien, se está haciendo tarde, debemos irnos ya—se levantó y la seguí hasta la salida. Afuera ya estaban Thomas y Ro. —Buenos días—saludó emocionada la pelirroja. —Buenos días—saludamos Louisa y yo. —Saben, se hizo demasiado tarde. Debemos correr—dijo el castaño viendo su teléfono. —O puedo llevarlos—señalé el jeep. —Gracias, yo no puedo correr—la abuela no lo pensó dos veces y abrió la puerta de copiloto para subirse. Los mellizos subieron atrás y yo comencé a conducir con sus indicaciones, no era tan lejos, pero si el recorrido más largo que hice en este lugar. Estacioné frente a la escuela y los cuatro bajamos. —Nos vemos—Thomas nos saludó y solo se fue con sus amigos o tal vez su novia. Nosotras caminamos hasta la oficina del director, donde entramos Louisa y yo, mientras Rosie esperaba afuera. —Buenos días—saludó una mujer como de la edad de Anne, era la directora. —Buenos días Señorita Edwards. Yo me quedé en silencio completando una planilla con mis datos mientras ellas hablaban alegremente sobre las flores del jardín de la directora Edwards. —Listo—le entregué el papel. —Muy bien, solo necesito tu firma aquí Louisa—señaló la directora. — Y eso es todo. Estos son tus horarios y este el número de tu casillero. —Gracias Gina—dijo mi ahora tutora legal según la escuela. Ambas salimos y nos encontramos con Rosie sentada en un banco, al vernos inmediatamente se paró para comparar nuestros horarios. —Nada mal, solo son cuatro clases que no compartimos—suspiró aliviada y yo le sonreí. —Está bien, espero que tengan un buen comienzo. Adiós niñas. —Gracias—le agradecí a su abuela y ella me sonrió antes de salir. —En la primera clase estamos juntas, es fantástico. Estoy muy nerviosa—confeso al final. —Si yo no lo estoy, tu tampoco debes—le apreté una mano como apoyo, pero la realidad era que estaba muy nerviosa, demasiado. —Bien. Salgamos de aquí—suspiró como quitando todos sus nervios de adentro y salimos de esa clase de sala de espera fuera de la dirección. El pasillo lleno de estudiantes de aquí para allá, porristas, deportistas, gente que ya estaba estudiando (muy admirable), gente solitaria, parejas, todas las escuelas eran iguales, con las mismas clases de personas. En el pasado fui como tres clases de chicas, primero la porrista, luego la solitaria y por ultimo terminé siendo el saco de boxeo de muchos. El sonido del timbre me despertó del trance dentro de mi cabeza. —Química, aquí vamos—dijo Ro guiándome hasta el salón. Por suerte las primeras horas pasaron rápido, ya era hora del receso, una suerte para mi estómago. —Hablaré con el señor Hudson, estará tan feliz, al fin tendremos a alguien que toque el piano en el teatro—estábamos una al lado de la otra con nuestras bandejas tomando lo que comeríamos. —Yo no sé si pueda hacerlo, pienso pasar lo más desapercibida posible Rosie. Lo siento—levanté los hombros como disculpa. —No me mientas, ¿Vas a desperdiciar tu talento por miedo? —pregunto sorprendida. —Es la primera vez que veo a Magnolia Harris ser una gallina—rio mientras caminábamos a una mesa vacía al fondo. —No es eso… No pude terminar de defender mi honor, cuando un líquido rojo y congelado cayó sobre mí al mismo tiempo que una mano hizo que mi propia bandeja con comida también me manchara, en el centro de la cafetería. La mano le pertenecía a un amigo de Nick y Thomas, lo reconocí de la tienda, y el líquido era de una tonta con uniforme de porrista. Como si me estuviera pasando otra vez, recuerdos llegan a mi mente en forma de una lagrima. —Bienvenida—rio la morena tirando el vaso que antes tenía el jugo rojo, a mis pies para luego irse. Todos estaban viéndome, esperando una reacción de mi parte, pero, aunque toda la impotencia y enojo me consumía, no hice nada más que salir de allí caminando con un nudo en el estómago e intentando respirar lo más tranquila que podía. Podía cambiar de nombre y de vida, pero los recuerdos no los podía solo cambiar o borrar. —Maggie, espera—Rosie corría detrás de mí. —Rosie, no quiero tratarte mal a ti. Solo necesito estar sola un momento—le dije y volví a caminar hasta la primera puerta que vi y donde no había nadie, claro, el teatro para el espectáculo. Mis manos estaban temblando desde que entré a esa escuela. Me estaba sucediendo de nuevo, no me había pasado en mucho tiempo, estaba teniendo uno de esos ataques. Me escondí detrás del telón, me senté en el banco frente al piano y por más que intenté controlarme, solo comencé a llorar sin poder respirar y con el corazón acelerado. Era más fuerte que yo. Sobre todo, no tenía a Gretha para ayudarme. —Maggie, mírame—Thomas estaba arrodillado frente a mí. —Mírame a los ojos—acercó su cara a la mía sin tocarme y aun viéndome a los ojos. —Escúchame—comenzó a respirar lentamente e intenté imitarlo. —Muy bien—me dijo cuando comenzaba a dejar de llorar y regularizar mi respiración. Entonces se hizo un pequeño lugar a mi lado en el taburete, tomó mi mano despacio y se quedó a allí esperando que me calmara.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD