Volví a la realidad cuando vi las tiendas, una tras otra. Entré a lo que parecía una pequeña tienda como un bazar, dentro solo estaba el cajero demasiado distraído con su teléfono como para notar mi presencia. Parecía tener mi edad, era alto y tenía el cabello muy rubio, a juzgar a simple vista puedo decir que está esperando a iniciar el año escolar para ser el capitán de algún deporte.
—Lo siento, ¿puedo ayudarte en algo? —preguntó notándome.
—Sí, de hecho, estoy buscando sabanas o lo que sea, cosas básicas que tienes en una casa—dije y al instante me avergoncé de decir todo eso, que tonta, el chico sonrió guardando su celular en el bolsillo delantero de su pantalón y comenzaba a acercarse a mí. Su nombre estaba bordado en su uniforme, Nick, hasta su nombre pega con la pequeña descripción que hice de él.
—Claro, sígueme—me esquivó y yo lo seguí por un pasillo. —Así que tú eres Magnolia, ¿no? —preguntó mientras bajaba algunas cajas de unos estantes. En otro momento me hubiese sorprendido que un desconocido conociera mi nombre, pero algo me dice que comenzaría por acostumbrarme a lo rápido que corrían las novedades aquí.
—¿Lo notaste por la primera frase tonta que dije cuando llegué o mi cara desconocida?
Él se rio. —Además de eso, también me lo dijo tu piel pálida, nadie se ve así aquí y menos en pleno verano.
—Lo supuse, pero de dónde vengo no había tenido la suerte de ver el sol dos días seguidos.
—Me haces creer que vivías en el Himalaya —no pude evitar reír y sentir lago de nostalgia, Monsters, Inc. era la película favorita de Ellie. —Bueno esto es todo lo que tenemos, no voy a entretenerte, parece que tienes mucho que hacer —me sonrió y caminó de regreso a la caja registradora cuando escuchamos la puerta abrirse.
Tomé el juego de sabanas y colchas blancas y realicé el mismo camino hasta el frente del negocio donde Nick ya no estaba solo, estaba con otros cuatro chicos frente a él en el mostrador riendo, todos eran igual de corpulentos y atléticos, alguno más que otros, pero en sí, todos parecían jugar softball, coquetear y salir con todas las chicas del instituto, si me hubieran dado más tiempo hasta podría descifrar sus nombres, pero sucedió, como en una película ellos giraron hacia mí, fue lo más incómodo que me pasó en la vida.
—Nick, realmente no estabas exagerando —intentó susurrarle uno de los cuatro patanes que tenía detrás de mí, a Nick, que frunció la boca con las mejillas ruborizadas. No sabía ni qué hacer ni que decir así que solo rodé los ojos y dejé mi compra sobre el mostrador donde Nick me cobró y yo le extendí mi tarjeta de crédito. Podía sentir sus miradas en mí, me ponían muy incómoda.
—Ahora mismo debo advertirles que sus cuatro pares de ojos corren riesgo a que mi delicada mano tome los lápices sobre la mesa y comience a demostrar la puntería que puedo tener al estar enojada—aclaré mientras tomaba la bolsa con lo que ya había pagado y me disponía a salir del estúpido lugar. Sin embargo, al salir y darles una última mirada pude verlos mejor, a uno en especial, el castaño tenía una cara familiar, pero no le di importancia, estaba al otro lado del mundo y era imposible que lo conociera.
Entré al supermercado que estaba pegado al bazar, la cajera ahora era una chica pelirroja, con unos enormes ojos verdes y una sonrisa muy contagiosa.
—Buenos días—me saludó sin perder entusiasmo aun al ver mi cara de fastidio por la escena anterior.
—Buen día—intenté que la mueca se convirtiera en sonrisa, pero no fue tan fácil.
Entré y tomé un carrito, dejé la bolsa que cargaba dentro de este y caminé hasta el pasillo de higiene. Tome mis productos favoritos mientras seguía recorriendo los demás pasillos, me faltaban muchas cosas en la casa.
Luego de meter muchas otras cosas que necesitaba en el carrito me acerqué a la caja para pagar. La chica aún sonreía mientras yo le pasaba las cosas para que me cobrara.
—¿Cómo fue el día? —preguntó amablemente.
—Un poco raro—respondí haciendo una mueca.
—Vas a ver como todo mejora con el tiempo—cuando pude ver su sonrisa sincera y real más de cerca, se la devolví y fue la primera vez que sentí comodidad, que podía ser parte de algo en este lugar, eso fue lo que me transmitió una simple sonrisa. Le extendí mi tarjeta cuando me dijo el precio y tomé todas las bolsas, no quería admitirlo, pero no podía hacerlo sola. —Mi turno ya terminó por hoy así que puedo ayudarte a llevar todo esto hasta tu casa —me dijo la chica pelirroja que se quitaba el delantal.
—Está bien, no quiero molestarte o desviarte de tu camino a casa—le dije amablemente.
—De hecho, si no me dejas ayudarte me sentiría incomoda al caminar detrás de ti. Soy Rosie Lee y soy tu vecina—me sorprendí, pero no me negué cuando tomó dos de las cuatro bolsas que estaban en el piso.
—Gracias y me llamo Magnolia—le sonreí mientras abría la puerta de la tienda y ambas salimos.
—Antes de que creas que soy acosadora o algo así, te vi llegar a la casa ayer ¿solo tú te quedaras allí?
—Sí, solo soy yo—contesté un poco seca, esperaba que no preguntara más sobre mi porque no sabría qué decir.
Habíamos caminado unos pocos metros cuando ella paró frente a un chico castaño sentado en un banco como esperándola de espaldas, pero no era cualquiera, él estaba en el bazar, era uno de los tontos amigos de Nick.
—Maggie, él es Thomas, mi hermano—lo primero que me sorprendió fue el nuevo apodo que me puso, sin duda era agradable, pero parecía más como el apodo a otro nombre, me gustaba mucho el nombre Magnolia como para opacarlo con ese diminutivo.
—Ya lo conocí—solté un pequeño suspiro casi inaudible mientras levantaba una ceja al verlo a los ojos, estaba sonriéndome cínicamente.
—No fue la mejor forma de conocer a la nueva vecina, aunque yo no hice nada, me disculpo por mis amigos, son agradables cuando los conoces de toda la vida —realmente quise creerle la disculpa, pero fue su forma tan descarada de decirlo que no me dejó. —Déjenme ayudar con esas bolsas—nos arrebató las bolsas que teníamos y sin quejarnos los 3 comenzamos a caminar.
—¿Dónde vivías antes Maggie? —preguntó Rosie.
—Vivía en Canadá—el primer lugar que se me vino a la cabeza, debería anotar las mentiras que digo sobre mí, sería muy sospechoso si lo olvido y digo otra cosa.
—Oí que es muy frio, ¿te gusta la nieve?
—Lo es. No, en realidad no me gustaba para nada. Era casi insoportable que todo esté teñido de blanco la mayor parte del año, siento que nunca había visto el sol una semana entera. Debió ser más agradable crecer en este lugar, es muy distinto.
—Sin duda fue bonito, pero al igual que tú o más bien a diferencia, estoy cansada del sol, la arena y el mar—confesó Rosie un poco distraída viendo sus pies.
—¿Por qué tardaron tanto? Los estamos esperando —preguntó una mujer parándose del escalón del porche donde estaba sentada y acercándose a nosotros. Era pelirroja y no me hacía falta verla dos veces para saber que al menos era la madre de Rosie.
—Lo siento, mamá. Maggie, ella es nuestra madre, Mary Anne —me presentó la pelirroja a mi lado.
—Es un gusto conocerla, soy Magnolia—dije un poco avergonzada.
—Solo dime Mary, bienvenida querida—se acercó a mí con una sonrisa muy maternal, o eso parecía ya que jamás conocí una sonrisa así y de repente me abrazo cálidamente. —Hablaremos adentro, ya debemos entrar a cenar antes de que la abuela se enoje.
—Claro, lo siento mucho, no los entretengo más. Gracias por ayudarme —les sonreí e intenté tomar las bolsas que aun cargaba Thomas, pero él no tenía planeado soltarlas, es más solo me miró directo a los ojos, lo que fue incomodo, pero no había sentido algo así, no sabía cómo describirlo.
—¿A dónde crees que vas? Es tu bienvenida—dijo Mary tomando mi mano y arrastrándome hasta el interior de la casa.