Dos

1942 Words
—No, no es un chiste. Le puedo mostrar mis documentos, pero estoy cansada y me gustaría llegar a la dirección que le di—casi sonó a suplica. El hombre no dijo más nada, solo se dispuso a conducir en silencio, aunque de vez en cuando cruzábamos miradas por el espejo retrovisor. Cuando estacionó el auto frente a la casa, o tal vez era una cabaña, casa sonaba más acogedor. Era pequeña, de madera y de un color blanco por fuera que ya casi no se ve. Los marcos de las ventanas y puertas son de un verde agua claro y hermoso, parecía que la pintura aún estaba fresca. El patio delantero está vacío, las flores que parecían decorar debajo de las ventanas estaban muertas a excepción de unas pocas flores que ya estaban a punto de morir como todas las demás. —Gracias —le pagué y bajé del auto. Inhalé, saqué las llaves del pequeño bolsillo de mi mochila y la giré dentro de la cerradura, la puerta hizo un rechinido al abrirse, al igual que algunas tablas del piso color marrón oscuro mientras me adentraba. Dentro las paredes eran de un blanco que necesita otra mano de pintura, los muebles están tapados por telas blancas. Entré a la pequeña sala con unos sillones verde agua, que descubrí al quitar las telas que los cubrían, había una mesa de madera en el centro, algunos cuadros con unos hermosos paisajes y retratos de una mujer rodeada de flores, al parecer estaban firmados y pintados por la misma persona con iniciales M.G. debajo, muy interesante. Había algunos marcos sin fotos en la estantería blanca a un lado de la escalera, también habían dejado algunos libros viejos y desgastados, había varios de un mismo estilo, romance. Sobre una mesilla había un tocadiscos y debajo una caja con muchos discos que me dejó sorprendida, jamás había visto un tocadiscos. Saqué el primer disco que conocí por su fotografía y lo coloqué, de repente la música comenzó a sonar por toda esa casa silenciosa y un poco fría. Seguí recorriendo y en la esquina pude ver un piano de cola, empolvado y color marrón claro, era aún más sorprendente que el tocadiscos, me recordó a mi verdadera casa en Nevada, a las noches en las que no podía dormir y mi padre tocada algunas melodías para mí o cuando el mismo me enseñó a tocarlas. Seguí recorriendo, ahora por el comedor beige con una mesa rectangular de madera marrón con sus sillas del mismo color y un florero vacío en el centro. La cocina estaba vacía, solo había un estante con vasijas, platos vasos y lo que parecían ser libros de cocina escritos a mano. Volví a la sala donde estaba la escalera de madera, arriba había dos habitaciones y un baño en medio. Al entrar a la habitación que daba al patio trasero. La habitación estaba pintada de un celeste cielo, muy lindo, había una cama matrimonial en medio, una cómoda en la esquina y una puerta de vidrio que dejaba ver una pequeña terraza con un sofá pequeño en blanco y una silla de madera antigua y vintage, además de una hamaca como las que hay en las playas. Todo era muy hermoso, pero frio. Nada en este lugar era mío, no era mi casa. Apoyé la mochila sobre la cama y la abrí, dentro había un cuaderno, un sobre y un collar plateado con un dije en forma de una flor, lo dejé sobre la cama y abrí el sobre que contenía una carta. Mi querida Olivia Quiero que sepas que habría dado mi último suspiro por mantenerte a salvo de todo lo que te haga daño, incluyendo a toda nuestra familia, incluyéndome. Te voy a contar una pequeña historia con lo que necesitas saber, lo que nunca te dije y desearía no decírtelo, pero te lo debo. Bonware mató a tu madre a sangre fría frente a ti. No estuve para salvarla, no estuve para cubrirte los ojos, no estuve y dejé de estar en casa luego de eso, entrar en la habitación me recordaba a ese día, a que no llegué a tiempo. Verte a ti me recordaba que te fallé, te quitaron la posibilidad de conocer a tu madre, a una persona fuerte y maravillosa que jamás dejaré de amar, te fallé porque de haber llegado diez minutos antes o solo un minuto antes, no estaríamos ahora en esta situación. No sé qué están planeando contra nosotros, solo sé que estarás a salvo si sigues mis órdenes. Es todo lo que puedo decirte cielo, perdóname. Supongo que ya lo sabes, aunque no te lo haya dicho mucho, te amo. Papá. ¿Dejarían de salir lagrimas? Era culpa lo que sentía dentro de mí, por haber odiado a mi padre tantos años. Por no insistir más en que me contara sobre mi madre, lo único que sabía de ella era que murió días antes de navidad, por eso odiaba esa época. Yo me odiaba por no haber podido decirle que nada de lo que pasó fue su culpa, culpa que cargo con él, eso pesa más que cualquier otra cosa. —Te perdono y también te amo. Espero que tú me puedas perdonar a mí—realmente quería creer que estaba conmigo y me había escuchado.Me quedé acostada sobre la cama por un buen rato llorando hasta que mis ojos se cerraron. Desperté por la gran iluminación que había en la habitación, el sol iluminaba cada rincón. Vale mencionar que el canto de las aves también me ayudó a despertar. Sobre mi tenía una colcha gris, no recuerdo haberme tapado con ella, pero como me encontraba anoche de seguro lo hice dormida, aunque tampoco recordaba haber visto esa colcha en la casa. No le daría importancia ya que también soy despistada. Me levanté y guardé nuevamente en el sobre la carta de mi padre para seguir buscando cosas en la mochila, saqué el nuevo celular que ya estaba sincronizado con mis nuevos datos, pero solo me bastó con ver que eran las 6 p.m., había dormido como 20 horas, eso justificaba los ruidos que causaba mi estómago. Entre algunas otras cosas, finalmente de la mochila saqué un cuaderno que luego revisaría, no quería otra mala noticia por ahora, estaba deshidratada y no sabía si podría tolerar cualquier otra cosa. Guardé nuevamente todo en la mochila y la escondí bajo la cama, solo me quedé el celular. Entré al baño para confirmar el mal aspecto que tenía, no podía salir así a la calle. Intenté peinar mi cabello con mis dedos para no llamar tanto la atención. Por suerte no traía maquillaje o no sabría cómo quitarlo. Al abrir las puertas del lavatorio había una pequeña caja de una pintura para el cabello de color muy oscuro, no entendía quien la había dejado aquí, pero era nueva, no lo pensé dos veces antes de abrirla y comenzar con ello, si debía pasar desapercibida y que nadie me conociera, así seria. Comencé a teñir mi cabello rubio a todo lo contrario, un tono casi n***o, para luego enjuagarlo, no podía creer lo que había hecho, estaba irreconocible y mientras más me veía el espejo menos lo creía. Las ventanas me demostraban que afuera hacia demasiado calor y yo traía jeans, tenis y una remera manga larga, iba a morir al salir de esta casa. Un minuto antes de decidir al fin que saldría, tocaron a mi puerta, estaba parada frente a ella, me acerque disimuladamente a la ventana para ver quién era, era una señora un poco mayor, tendría entre unos 80 años, tenía una perfecta piel morena y un cabello n***o lleno de rizos. Abrí la puerta y sus ojos color avellanas y su sonrisa blanca resaltaban apenas me vio, además del olor a moras que invadió mis fosas nasales, en sus manos traía una tarta y un termo que podría contener café o té. Noté como al verme cada vez más su rostro y expresiones cambian a uno confuso. —Lo siento, ¿puedo ayudarla en algo? —pregunté nerviosa, me puse nerviosa ante su rara expresión —No, quiero decir sí, yo solo te traje esto. Creímos que tal vez no tendrías tiempo de salir, así que. Bienvenida—me entregó la tarta y el termo que recibí muy felizmente en mi interior. —Muchas gracias—intenté sonreírle, pero creo que no es lo que ella vio. Noté que no se iba así que tuve que ser educada a la fuerza. —¿Quiere pasar? —tal vez preguntarle fue darle demasiada confianza, personas peligrosas estaban buscándome para asesinarme y yo dejaba pasar a una extraña a esta casa. —Gracias. Me hice a un lado para que ella pasara y luego cerrar la puerta. Como si fuera su casa, la mujer sin nombre pasó directo al comedor como si conociera la casa de memoria. —Creo que no lo dije, pero me llamo Ursula—volvió a sonreír antes de abrir su bolso y sacar un mantel de cuadritos rojos y blancos, lo colocó sobre la mitad de la mesa y yo puse la comida sobre este. —Es un gusto, Ursula. Me llamo Magnolia—me lo pensé varios segundos, estaba pensando la respuesta. Era la segunda persona con la que me presentaba con otro nombre, me sentía una clase de mentirosa o farsante. Su cara confusa volvió al escucharme hablar, pero de igual forma ambas nos sentamos. —Usted ya había estado aquí, ¿cierto? —sentía curiosidad, aunque sabía que la respuesta era afirmativa. —Sí, hace muchos años conocí a alguien que vivía aquí—también trajo cubiertos, dos platos y dos tazas en su bolso. Sirvió el té del termo y luego la tarta que hacia babear a mi boca de solo verla. —Todo está bastante limpio y ordenado, eso me hace creer que no pasó mucho desde que alguien limpió, pero hay muchas cosas antiguas que me hacen creer lo contrario—saber quién vivió aquí despertaba mucha curiosidad en mí, al igual que la receta de esta tarta. —Yo no tengo idea. Solo sé que aquí vivía una familia con su única hija hace ya muchos años—se había puesto nerviosa y eso fue raro. Me dio a entender a la perfección que no quería hablar de eso, supuse que algo le había pasado a aquella familia así que no volvería a preguntar, no era propio de mi pero no debería ser tan entrometida, aún más con desconocidos. —Espero que te haya gustado niña. Ya debo irme. Mi esposo y yo vivimos a tres casas a la derecha, puedes pedirnos lo que sea que necesites, no lo olvides—dijo mientras caminábamos hasta la salida, ya que la acompañaba, yo también saldría. —Muchas gracias—le sonreí forzadamente, realmente se portó linda y un poco rara, pero me hubiera gustado sonreírle de verdad, si no estuviera tan triste. —No hay de que, linda—me volvió a sonreír cálidamente. Ella se fue a la derecha y yo a la izquierda, para llegar al pueblo a comprar todas las cosas que me faltaban, empezando por sabanas y siguiendo por comida. Cuando venía en el taxi pude ver tiendas en el centro del pueblo que por suerte estaban a pocos metros de casa. Mientras caminaba no dejaba de ver el mar azul y ruidoso que estaba frente a mis ojos, su color chocaba con el atardecer color naranja, podría quedarme horas viendo el horizonte mientras me perdía en mis pensamientos, podría acostumbrarme a ese pasatiempo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD