Crujir de un corazón

1193 Words
Sus ojos claros se volvieron tormenta al ver aquellas palabras sin escrúpulos de parte de quien sería su prometido. La que sería una futura novia vestida de blanco puro y reluciente paso un trago de saliva y sus sentimientos en él, la pequeña habitación de paredes amarillas acompañadas de una sombra oscura y tétrica se hacía presente para la ocasión. Los labios de Dioselina al fin se abrieron y sin poder acabar la frase. Retiro el anillo brillante de su dedo, la piedra turquesa que brillaba esplendorosa, observo por última vez la frase tallada en él: «te amare por siempre» lo dejo bailar en el frio escritorio donde yacía sentada con plenitud y dijo: —Mi padre también tenía razón sobre ti —esbozo una sonrisa de triunfo y continuo —él sabía que eras un aprovechado, mujeriego, traicionero, poco trabajador, mentiroso, egoísta y un sinfín de cosas más que no te diré por respeto y que no quedes en total vergüenza. —Tu padre nunca me quiso y por eso te dijo todas esas barbaridades. —Mi padre te llego a querer porque yo te quise, pero también sabía todas tus travesuras, como todo hombre —levanto la comisura de su labio —por supuesto. —¡Ah!, ya veo como es todo. —Y así es como será —junto sus manos y le regalo una amplia sonrisa de satisfacción —por ahora, te devuelvo tu anillo, así que cásate con otra que no sea una idiota y acepte este tipo de cosas. —No creo que seas tan estúpida Dioselina. Todas abrieron los ojos hasta que no pudimos más. Por mi parte, no me inmute ante aquellas palabras patéticas y es que lo había escuchado tantas veces que no me daba ni frio, ni calor, los patanes son así. Se disfrazan de niños bonitos, niños buenos y amables, pero si no haces algo que quiera… simplemente todo resulta catastrófico para ti. Comienzan a ser malos contigo, a tratarte mal, a ser unos patanes y es realmente un dolor de trasero tratar con todo este problema. Te la ponen difícil si no cumples sus caprichos de macho y Ricardo es de ese tipo de hombre. Entre los ojos abiertos como platos resaltaron los míos. Que, aunque no se encontraban en expresión de asombro, estaban esperando una palabra que fuera dirigida a mi corazón por parte de él y que este avivara las llamas de mi ira. Odio a los patanes. Odio los casanova. Odio ver que hieran a otra chica. —¡Tu! —dijo el apuntando hacia mí. No respondí nada. Me quede muda, esperando sus palabras hirientes que nunca me llegarían a herir. Era inmune a las balas tras cuatrocientas y tantas de relaciones fallidas, me enseño mucho el cometer tantos errores. —De verdad que te odio, te hare la vida miserable y olvida de pasar mi materia —amenazo. Trace una sonrisa en mi rostro, disfrute de su mueca de frustración y agonía por no poder golpearme como había hecho —quizás— con otras tantas estudiantes. —¿Algo más? Maestro —cruce mis brazos mientras continuaba sonriendo —de casualidad, ¿usted da el reparativo de la materia? —pregunte curiosa. —No tengo más nada para ti y si lo tuviera no pienso comunicártelo, solo lo hare y para tu mala suerte, no vas a pasar mi materia. Ni en el reparativo, ni en el curso actual. Mis facciones se mantuvieron tranquilas, podía observar con detenimiento su mandíbula tensa, las venas de su rostro brotar del enojo que no podía sacar, su mirada sombría como si quisiera matarme en este instante, ambos puños apretados y no olvidemos su pupila pequeña que demostraba claramente sus sentimientos. Los ojos son las ventanas del alma y la suya estaba en el mismo infierno. —No se preocupe, maestro —solté una risa descarada —tendrá que aguantarme todos este tiempo y le recuerdo: si por tercera vez se queda mi materia teniendo buenas notas y presentando todo lo solicitado. El problema entonces, es y será usted. Llegando a ese punto ya no lo tratara conmigo, los mayores intervienen y dígame, ¿Qué les dirá al respecto? ¿Qué se la pasa acosando estudiantes? O ¿Qué fue por venganza? Escoja usted la mejor opción, maestro. —Eres mala —musito —una mujer mala arrogante y prepotente —esta vez lo escuche claramente. —¿Soy mala? —Reí arrogante ante su comentario —me dan risa esas palabras viniendo de ti. —Ya veremos si continúas riendo —amenazo. Salió como un rayo refunfuñando y maldiciendo. Andre palmeo mi hombro. Aunque estaba firme y fuerte como un roble, sentía mi alma temblar, recordé en aquellos instantes todo aquello que me habían hecho mis antiguos novios y solo por no querer acostarme con ellos me trataban como si fuera una basura. Y, aunque ese hombre no fue parte de mi vida personal me hizo sentir el mismo miedo de decir lo que realmente pensaba ante aquel que me intimida. Un error muy común de mis inicios en este mundo. Salí de mis pensamientos lo más rápido que pude y agite mi cabeza en signo de negación. —Si no hay nada más que arreglar creo que me retiro a mi siguiente clase —anuncie observando hacia Andre quien estaba con los ojos bien abiertos admirando la hora pasada de entrada. —¡j***r Karen, vámonos de una vez! La hora esta pasada por treinta minutos y estoy segura de que el maestro se enojara muchísimo. —¡Mierda! Ya nos van a chingar tan temprano. —Señoritas —interrumpió la directora Dioselina nuestra clara carrera hacia el aula de clases —gracias por su colaboración. Señorita Karen, espero que mi antiguo prometido no le dé demasiados problemas. Solté una enorme carcajada dejándola impresionada. —¡No soy fácil de vencer! tendrá que dar los dos huevos si pretende querer molestarme —mostré mi perfecta sonrisa y un claro triunfo se reflejaba en ella — soy muy inteligente señora directora, no tiene de que preocuparse. —Me parece bien —asintió y comenzó a sacar los papeles que debía de revisar —eso es todo por hoy, me encargare de los procesos con las demás chicas y por último los de ustedes ya que deben irse. —¡Muchas gracias señora directora! —No hay de que, sigan así. Andre y yo corrimos por el pasillo de paredes blancas. Aquella universidad no parecía para mi ser un lugar pacifico, honestamente me parecía un psiquiátrico, todos estaban locos. Escuche la voz de Andre dirigirse a mí y preguntar: —¿Estas bien? —¿Por qué no habría de estarlo? —pregunte incrédula. Ella me leía como un libro o yo era muy transparente —no lo estaba. —Note un temblor raro en tus manos. Ya me había visto claramente allí parada, me había leído en cuestión de segundos y ni mentir podía. —Si… vi mi primer enfrentamiento en él, vi a mi primera pareja en él y mis piernas fallaron aunque se reflejó en mi alma.
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