Un compromiso fracturado

675 Words
«Dioselina» Era el nombre de la directora y prometida del profesor Ricardo, una mujer hermosa y llena de vida. Rubia, ojos claros, piel blanca, trabajadora, emprendedora y directora de la universidad en donde estudiábamos Andre, Ryan, Pablo y yo. Por desgracia esta maravillosa persona era la prometida de Ricardo, una imbécil que era maestro de diseño gráfico en la universidad, estaba acostumbrado a reprobar a las estudiantes para sacarles provecho —o mejor dicho burlarse de ellas— y tener un rato de diversión. Y gracias a eso nos encontramos en esta situación con este gilipollas. —Por favor señoritas, tomen asiento —y así como lo ordeno la directora Dioselina, tomaron asiento y aun cuando todas estaban muertas de los nervios, al fin una hablo. —¿Cómo vamos? ¿Quién iniciara con esta interrogación? Ricardo que parecía no estar de muy buen humor y mirando a las estudiantes con malicia soltó de mala gana. —Deberías de callarte, yo a ti no te eh hecho nada —soltó. Torció los ojos y se afinco a una pared cercana a él. La chica intimidada por sus palabras agacho la cabeza y cerro su boca. —¿Por qué no te callas tú? ¡Maldito infeliz asqueroso! —Escupí —das asco, bueno para nada. Los ojos de aquel hombre se encendieron, las llamas se notaban encendidas en su interior y la ira sucumbía a los deseos de querer hacerme daño. —¡Maldita! —le interrumpí. —Tratar a una estudiante con esas palabras es una condena, acosar a un estudiante es una condena, intimidar a una estudiante es una condena, ¿quieres que siga? —Incite —podemos seguir aquí todo el día y solo vas a acumular condenas, maestro de pacotilla. Todas se me quedaron viendo, incluyendo a —la directora Dioselina— su preciosa prometida, quien observo como lo enfrentaba con todo el odio del mundo. «¿Acaso ella también seria víctima de su violencia?» El silencio de aquel hombre se hizo presente, sus ojos marrones voltearon hacia Dioselina quien ni inmutada estaba de darle atención que estaba precisando aquel egoísta, sus brazos se cruzaron y una mueca de disgusto se presentó en su rostro. —Si no tienes nada más que decir, vamos a continuar con este problema —blanquee los ojos —tengo clases pronto y el maestro es respetable, no como este papanatas de aquí —gire mi vista hacia Ricardo quien se encontraba —probablemente— maldiciendo por dentro. —Muy bien… —intervino Dioselina con la mirada fija en su prometido —veamos… Verónica, comienzas tú. Aunque al inicio ninguna de las chicas quería hablar, se llenaron de valor y todas dieron sus experiencias con aquel señor. Observe como la directora iba cambiando su rostro con cada anécdota que iban contando las chicas. Ricardo estaba siendo comido vivo por quienes alguna vez intimido y cuando al fin llego mi turno. Le conté todo sin falta de nada, incluyendo mi desafortunada decisión sobre robarme su anillo, mi pensamiento sobre su infidelidad y la devolución del robo de su anillo de compromiso. Cuando llegue a mi anécdota sobre el tipo de pago que estaba me estaba exigiendo por la devolución de su anillo. Ella solo se levantó, incluyo en su tranquilo andar una tímida sonrisa que iba dirigida hacia Ricardo y entonces, una vez tuvo su atención, continuo con su opinión: —Ricardo —tomo su anillo y lo retiro de su dedo anular —ten… ya no quiero casarme contigo, consigue la mujer que deseas que sea tu verdadera esposa y por supuesto, que se aguante todo este tipo de cosas. —¿¡De que hablas!? ¡Les estas creyendo más a ellas que a mí! —Sí. Eso hago exactamente, creerles más a ellas que a ti. —¡No puedo creerlo! ¡Mi madre tenía razón sobre ti, Dioselina, solo eres una aprovechada! Un silencio incomodo surgió. Aquellas últimas palabras le habían dolido y estaba a punto de hacerlo crujir como una ramita.
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