Slim echó a Carter al suelo y luego buscó en su bolsillo. Mientras Carter se retorcía, tomó su mano, pero esta vez puso doscientas libras en billetes usados de diez entre sus dedos y se los cerró. Dejó la mano de Carter, advirtió la mirada de incredulidad del hombre y sonrió. —Eso por las molestias —dijo—. Lamento haberte forzado. De verdad. Lo prefiero a correr, pero a veces necesito decir las cosas. —Ten cuidado —gruñó Carter mientras se iba, con el dinero en el bolsillo, pero era la respuesta de una bestia herida en retirada, derrotada en la batalla, pero aliviada por escapar con vida—. Te estaré buscando, viejo. —Ordena esos billetes por número se serie y tendrás mi número de teléfono —dijo Slim, que había escrito los dígitos en varios de los billetes—. En caso de que recuerdes algo

