5. Wyatt

1162 Words
Peyton la tenía sujeta de la mano, era obvio que por todo lo que ocurrió y la forma en que esta chica defendió a mi hija en la escuela, ambas se conocían bien. La miré como si no me importara que ella se sintiera incomoda, mientras me preguntaba qué tipo de relación tenía esta chica con mi hija. Sin embargo, miré a Peyton y recordé que ella era el meollo del asunto en este momento. Peyton, a pesar de ser una niña segura y alegre en casa, no tenía amigas en la escuela, jamás me pidió llevarla a la casa de una amiga, o invitar alguna niña a nuestra casa, ahora sé por qué. ¿Cómo no me di cuenta? Mi hija, mi princesa estaba siendo víctima de bullying por otra niña de 6 años. Esto parecía una mala broma. Supe que no le prestaba la atención suficiente. En la casa siempre era alegre y animada, dramática e incluso un poco caprichosa, parecía que en la escuela era todo lo contrario. La conversación que tuve con Carly me hizo sentir culpable, “Peyton no acepta que la llamemos ni por su nombre o apellido, solo responde a Tony y últimamente está más apartada que cuando comenzó el año escolar. Queríamos hablar contigo sobre esto, pero siempre nos contestaba tu secretaria”. Necesitaba sacar tiempo para Peyton, planificaba conversar con ella de todo lo ocurrido en nuestra cena de hoy. —Ya tenemos que irnos—le indiqué a Peyton. Pero la niña sujetaba la mano de la chica, no parecía tener intenciones de dejarla ir. —Quiero que Sydney nos acompañe esta noche—me dijo Peyton, cuando la miré le hice saber que eso era un rotundo no. Sin embargo, insistió—. Por favor papi, prometo que… La niña lo reflexionó por un momento. —Prometo que este será el último no cumpleaños. —Peyton, no. —Prometo no hacer dramas a mi maestra de violín. La insistencia en esos ojitos casi me hizo dejar salir una sonrisa, pero estaba frente a una de mis empleadas, no podía declinar, sobre todo porque su perfume de vainilla y esos labios rosados me estaban volviendo loco. —No. —Papiiiiiii—chilló la niña, pisando el piso con fuerza. —Peyton—intervino mi empleada con una voz suave y dulce, y se inclinó a su lado para guardar detrás de la oreja de Peyton un mechón de cabello—. Tengo que irme, no puedo acompañarlos. Te veré mañana en la escuela, si quieres. —Pero, ¿por qué? —No es correcto, linda. —¿Por qué no es correcto? —insistió Peyton. De repente, la niña abrió sus ojos con resolución y me miró frenéticamente—. ¿Qué tal si prometo no insistir para que me busques una mamá? Golpe bajo. Suspiré, en busca de una solución. —Peyton… —Papiiiii. Resoplé en voz baja. Me sobé el puente de la nariz, buscando paz mental y autocontrol, el perfume a vainilla de mi empleada no me dejaba concentrar lo suficiente, hacía todo lo que podía para no pensar en todas esas cosas sucias que quisiera hacerle frente a mi hija, pero era difícil. Y ese poco autocontrol que tenía no duraría mucho si aceptaba el capricho de mi hija, pero en el momento en que esos ojos azules voltearon a mirarme nerviosamente… descubrí que mi curiosidad era genuina, quería conocer a esta chica. —Si a ella no le importa—accedí finalmente. Peyton se volvió hacia ella y la miró con insistencia. —¿Por favor? La chica me miró, quizá en busca de permiso. —¿Podría acompañarnos por esta noche? —la invité oficialmente. Y lo hizo de nuevo, dio ese signo de inseguridad cuando se mordió su labio inferior, eso debía ser un pecado viniendo de sus labios. —¡Por favor! —gimió Peyton mientras juntaba las manos. La acción de mi hija me hizo finalmente soltar una risa, al mismo tiempo en que lo hizo mi indecisa empleada. En ese instante coincidimos en algo más, nuestras miradas se hallaron cuando se dio cuenta de que estábamos coordinados y se puso roja hasta la raíz del cabello, eso casi hizo que soltara otra risa. —Está bien, iré—aceptó finalmente. Unos 30 minutos después estábamos en el restaurante italiano que a Peyton le gustaba porque ahí trabaja el Sr. Lorenzo, un viejo amigo de mi padre y posteriormente mío. Durante todo el camino Peyton volvió a ser la niña que conocía, muy habladora y caprichosa, pero mi empleada, que nos acompañaba solo sonreía e incluso parecía divertirse con la presencia de mi hija. Preferí mantenerme en silencio porque me encontré reconociendo que disfrutaba más de verlas interactuar, de ver la sonrisa de mi empleada, sus hoyuelos y sus expresivos ojos azules. —Te gustará mucho la comida aquí, es mi lugar favorito en todo el mundo. ¿Has venido aquí antes? La pregunta de Peyton la dejó muy pensativa, parecía reflexionar qué contestarle. —No, pero confío en tu palabra de que la comida es buena aquí. Nos habíamos sentado en la mesa favorita de Peyton, junto a un gran ventanal que daba vista a la avenida porque a ella le gustaba competir conmigo a ver quién conseguía más autos negros en la penumbra de la noche. Observé a mi empleada sin preocuparme de que ella lo supiera, estaba descubriendo que me fascinaba hacerlo. Era, aunque sencilla, muy hermosa y diferente de todas las mujeres que he conocido, por supuesto, podía notar que no tenía dinero. Creo que es lo que encontraba tan interesante en ella. Y me pregunté, ¿si me hubieran dado la oportunidad de estar con una chica común como ella me hubiera interesado en otra? —¿Te gusta la comida italiana? —le preguntó Peyton luego de otro poco de preguntas. Mi empleada sonrió. —Me gusta casi todo. —¿Qué no te gusta entonces? La chica sonrió de nuevo, con las mejillas sonrojadas me observó un segundo antes de mirar a Peyton de nuevo. —La crema de los pasteles, por ejemplo. Peyton rodó los ojos y me miró. —Seguro eres la hermana perdida de mi papi, porque a él tampoco le gusta eso. Ella y yo jamás podríamos ser hermanos, sobre todo por todo lo que pasa por mi mente al mirarla. —Peyton—la reñí suavemente cuando noté que nuestra invitada se volvió a sonrojar como una fresa. —¡Ay, cielos! —exclamó Peyton de repente—. Papi, no te la he presentado. Ella es Sydney. Sydney, él es mi papi. Sonreí y vi a Sydney sonrojarse furiosamente de nuevo. ¿Qué la hacía sonrojarse tanto? ¿Era mi culpa? ¿Eso era malo? —Ya debes saber que el calificativo que me dió mi hija no es mi nombre. Soy Wyatt Powell, un placer—dije.
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