Capítulo II - Alas que No Se Inclinan

829 Words
El amanecer jamás tocaba por completo el bosque de Arandor, pero aquella mañana una luz pálida logró filtrarse entre las copas entrelazadas de los árboles, como si el sol dudara en entrar. La neblina danzaba lentamente alrededor del roble milenario donde el mago y el hada permanecían frente a frente, atrapados en un silencio cargado de significado. La criatura se incorporó con esfuerzo. Su ala herida tembló apenas, pero su rostro no delató dolor. Al contrario: alzó el mentón con una dignidad casi desafiante. —No me mires así —dijo, firme—. No soy una presa. Aldren arqueó una ceja, estudiándola con atención. —Y yo no soy un cazador… al menos no hoy. Ella entrecerró los ojos, evaluándolo como si tratara de atravesar su alma. —Eres Aldren. No era una pregunta. El mago se tensó apenas, un gesto tan sutil que cualquier otro habría pasado por alto. —Veo que las hadas también creen en cuentos. —No son cuentos —replicó ella sin vacilar—. En mi reino pronuncian tu nombre como advertencia. Una brisa suave agitó los cabellos dorados de la joven, finos como hilos de luz. Sus alas, pese a la herida, reflejaban destellos irisados. Pero no había fragilidad en ella. Había fuego. Orgullo. Voluntad. —¿Y aun así descendiste a mi bosque? —preguntó él con una leve sombra de ironía. La mirada de la joven se endureció. —No vine por ti. El viento se detuvo, como si el propio bosque escuchara. Aldren se incorporó lentamente, su capa oscura deslizándose como una sombra viva. —Entonces dime, criatura del Reino Alto… ¿qué obliga a un hada a abandonar los cielos y caer en territorio prohibido? Ella dudó. Solo un instante. Pero ese instante fue suficiente para que el recuerdo la atravesara. ********************************************************************************************************** Horas antes El Reino de Elaria flotaba sobre corrientes invisibles de magia pura. Islas suspendidas brillaban bajo la luz eterna, y cascadas de resplandor descendían hacia el vacío como ríos celestiales. Las hadas danzaban entre jardines de cristal y flores inmortales cuyas fragancias podían sanar recuerdos rotos. Era un reino donde nada moría. Hasta esa noche. El cielo se oscureció. No fue una nube. No fue una tormenta. Fue una sombra. Atravesó los límites sagrados sin permiso, sin sonido… sin alma. No era humana. No era bestia. Era magia corrupta. Lyrianne fue la primera en verla. —¡Avisen al Consejo! —gritó, mientras la oscuridad descendía como humo vivo. Las demás hadas huyeron hacia las torres de resguardo, sus alas temblando de terror. Lyrianne no. Ella voló hacia la sombra. Su luz se encendió alrededor de sus manos. —¡Este reino está protegido! La oscuridad respondió. No con voz. No con forma. Con un rugido silencioso que hizo vibrar el aire. Un latigazo de energía negra se lanzó contra ella. El impacto desgarró su ala. El dolor fue inmediato, ardiente, absoluto. El cielo desapareció bajo sus pies. Y cayó. Cayó atravesando nubes desgarradas, ráfagas salvajes, lluvia helada… Hasta que el mundo verde del bosque la recibió con b********d. ********************************************************************************************************** Lyrianne regresó al presente con un leve estremecimiento. —Fui atacada —dijo finalmente, sin apartar la mirada—. Algo ha comenzado a moverse entre los mundos. Aldren la observó con atención. Ya no con desconfianza. Con reconocimiento. —La sentí —admitió en voz baja—. Esa perturbación… no es natural. Ella dio un paso hacia él, desafiante pese a su menor estatura. —Entonces sabes que esto no es casualidad. Mi caída no fue un accidente. El mago cruzó los brazos, pensativo. —¿Insinúas que alguien te arrojó hacia mí? —No lo insinúo —respondió—. Lo creo. El silencio se tensó entre ambos como una cuerda invisible. El bosque crujió. Aldren la miró fijamente. —Las hadas no descienden al mundo humano sin permiso del Consejo. —Yo no pido permiso para defender lo que amo. Las palabras quedaron suspendidas en el aire, vibrando con una verdad imposible de ignorar. Algo en el pecho del mago se estremeció. Una sensación antigua. Olvidada, peligrosa. —Eres imprudente —dijo finalmente. Ella sostuvo su mirada sin titubear. —Y tú estás solo. El golpe fue preciso. Invisible. Pero devastador. Aldren dio un paso atrás, como si hubiera recibido un hechizo directo al corazón. Lyrianne no apartó los ojos. —No vine a este bosque por miedo, Aldren. Vine porque algo oscuro está despertando… y si atraviesa los reinos, ni tu torre ni mi cielo estarán a salvo. El viento volvió a levantarse. Esta vez no fue suave. Fue un susurro inquietante. Y entonces… En la distancia, entre los árboles más antiguos, algo se movió. Algo que no pertenecía al mundo de los hombres. Ni al de las hadas. Aldren lo sintió primero. Lyrianne también. Sus miradas se cruzaron. Y por primera vez, ambos comprendieron la misma verdad al mismo tiempo: El verdadero enemigo aún no se había mostrado.
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