Mi nueva contrincante

1280 Words
«¿Puedes venir a la oficina? De aquí nos vamos a la ecografía. Mandé a mi chofer por ti. Lo siento», escribió en un mensaje Alexander. No me molestó. Al menos esta vez iría acompañada. Me alisté, últimamente solo usaba vestidos con zapatos cómodos. Dios, estoy engordando. No puedo permitirlo. Sé que es por el embarazo, pero necesito mantener mi figura de siempre, o cuando tenga al bebé me costará volver a ser la misma. No es que esté mal cambiar, porque nosotras no controlamos nuestro cuerpo, pero por eso debo cuidarme durante el embarazo. Salí del apartamento. Afuera había un coche n***o con vidrios polarizados. El chofer salió y me abrió la puerta trasera para que entrara. —Gracias —sonreí amablemente. El chofer se montó y arrancó hacia la empresa de Alexander. Nunca antes había ido, ni siquiera la conocía. ¿Por qué quiso que lo viera allí? ¿Acaso no le da pena que lo vean con alguien como yo? Cuando llegamos, me quedé asombrada al ver el enorme edificio frente a mí. Vaya, parece que la familia de Alexander realmente tiene mucho dinero. Con razón sus padres se oponen a que su hijo tenga un hijo con alguien como yo. Consté que ninguno de los dos lo buscó, simplemente sucedió. Me acordé de esa noche con Alexander. Ahora me da más vergüenza porque no soy así, no sé qué me pasó. Pero recuerdo sus besos en mi cuello, sus caricias, y… todo lo demás. —El señor Norrison dijo que fuera a su oficina —me informó el chofer. —Gracias —me bajé y entré a la empresa. Había mucha gente de aquí para allá, llevando papeles y organizando cosas. Me dirigí a la recepción. —Hola, disculpa… ¿dónde queda la oficina del señor Alexander Norrison? —le pregunté a la recepcionista, una chica pelirroja. —¿Tienes cita? —quiso saber. —No... soy Anastasia. —Oh, sí... —me interrumpió antes de que pudiera decir mi apellido—. El jefe te espera. Está en el piso cuarenta y dos. La secretaria del señor Norrison te espera —me indicó mientras tomaba el celular, probablemente para avisarle a la secretaria que ya subía. —Gracias. Me dirigí al ascensor y agradecí que otro hombre se subiera conmigo, porque no entendía muy bien cómo funcionaban. —¿A qué piso vas? —me preguntó. —Cuarenta y dos —respondí tímidamente, algo avergonzada. —Yo igual —dijo, mientras presionaba el botón, lo que me alivió porque no tuve que hacerlo yo. El ascensor se detuvo y las puertas se abrieron. Salimos, y una chica se me acercó rápidamente. —Hola, ven conmigo, por favor —me pidió, llevándome hacia una oficina. Sentí alivio al ver a Alexander dentro. Me siento fuera de lugar en este sitio. —El señor te atenderá en un momento, espéralo —me indicó, y se fue. Alexander estaba hablando con una mujer, parecían discutir. No me pareció apropiado estar ahí… Justo cuando iba a darme vuelta, Alexander me vio. —Anastasia, llegaste —me dijo, tomando su saco y su billetera—. Nos vemos después, Daria. —Alex, esta conversación no ha terminado… oye, ¡ven aquí! —le gritó, pero él no le prestó atención y vino hacia mí. Así que ella es Daria. Es muy guapa, elegante y esbelta. —Vámonos —Alex me tomó de la mano y me llevó hacia el pasillo. —¿Por ella me dejas? —nos siguió Daria. Solo espero que no haga una escena porque todos nos están mirando—. Estás loco si crees que dejaré que esta mujer aparecida me quite lo que es mío. ¿Aparecida? Me giré, decidida a enfrentarla, porque nadie me insulta, pero Alex me sujetó del brazo y me metió en el ascensor. —No vale la pena, y no quiero que te agites —me dijo cuando las puertas se cerraron. —Está bien, pero no me gustó que me dijera «aparecida». ¿Quién se cree que es? Además, yo no fui quien canceló su boda, fuiste tú. Yo no tenía problemas con que solo te hicieras cargo del bebé, lo demás era tu vida, y no me quería meter —le dije, molesta. —Ya hablamos de esto, Ana —me respondió—. Y quedamos en algo. —Yo no he quedado en nada contigo… oh, sí, solo quedamos en que hoy me acompañarías a la ecografía —dije, sonriendo irónicamente. —Ya tendremos tiempo de hablar —respondió él. Salimos de la empresa y nos subimos a su coche. Manejamos hacia la clínica, que, la verdad, era un edificio enorme. Es la clínica más cara y prestigiosa del país. Jamás hubiera podido pagar una consulta aquí. —Llegamos, la doctora Rodríguez nos espera. Ella llevará el seguimiento del bebé a partir de ahora. Es muy confiable y una buena amiga —me explicó. Salimos del coche y entramos en la clínica. Odio los hospitales… Apenas entré, me sentí enferma y me dieron náuseas. Pero esta clínica se veía muy limpia y ordenada. Me dio buena impresión. Nos dirigimos a un consultorio; Alex tocó dos veces y abrió la puerta. Allí estaba la doctora. Era joven y bonita. —Alex, hola —dijo, levantándose y yendo a abrazarlo. Parecía que se conocían muy bien—. No pensé que sería yo quien se haría cargo de tu bebé. —Tampoco pensé eso —respondió él—. Ella es Anastasia, la madre de mi bebé. —Hola, mucho gusto. Soy Alicia Rodríguez, amiga de la universidad de Alexander. Ahora entendía la confianza. —Mucho gusto. —Ven, acuéstate aquí —me indicó la cama donde estaban todos esos aparatos. Me acosté y me relajé un poco mientras ellos hablaban de cosas que no entendía, sobre sus amistades y recuerdos de la universidad. No tenía ni idea de cuántos años tenía Alexander; le calculaba unos veintiséis o veintiocho. Es mucho mayor que yo—. ¿Listos? —nos preguntó la doctora. —Sí —respondí. La doctora puso un gel frío sobre mi abdomen y comenzó la ecografía. Había una pantalla donde se podían ver sombras… ¿se supone que ahí está el bebé? Porque yo no lograba distinguirlo. Entonces escuché latidos. Eran los latidos del bebé… Mi corazón se encogió al escucharlos. Miré a Alexander. Tenía la misma expresión que yo. Dios, ¿esto es real? Hay una vida dentro de mí. —Ese es su corazón —nos dijo la doctora—. Hasta ahora todo parece normal. ¿Te estás alimentando bien, Anastasia? —me preguntó. —Eh… —miré a Alexander, que se cruzó de brazos—. Se podría decir que sí. —La buena alimentación es clave para que el bebé se desarrolle sano y nazca sin complicaciones. Espero que te hagas cargo de eso, Alexander, con lo quisquilloso que eres con la comida. Parecía que lo conocía bien. —Claro que lo haré. —Todo está bien con el bebé —me informó la doctora, limpiando el gel con una toalla desechable—. Te dejo una cita para dentro de quince días. Me bajé de la cama con la ayuda de Alexander y me senté en una silla junto a él. —Dame tus datos, por favor. Le di todos mis datos: identificación, nombre completo, dirección, nombre de mis padres y todo lo necesario. —Fue un gusto conocerte, Anastasia —me dijo la doctora. —Igualmente —respondí. —Y felicidades de nuevo, Alex. El que menos pensábamos que sería padre nos ganó a todos —bromeó.
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