Solo me utilizas

1378 Words
—Lo siento por eso —me dice mientras maneja—. Mis padres siempre han sido así, ambos se criaron en familias adineradas. Mi madre no tenía derecho a decirte eso, y menos cuando se trata de su nieto. —Está bien, sabía que no les agradaría —le respondí, mirando por la ventana. —Anastasia, no quiero hacerte sentir mal. Llevas a mi hijo —me dice—. ¿Quieres que vayamos a mi casa? Podemos cenar allí, debes estar hambrienta ahora que tienes que comer por dos —ríe un poco para aliviar el ambiente tenso. —Prefiero ir a la mía y podemos cenar allí —le dije—. No tengo chef personal como seguramente tú, pero podemos ordenar una pizza y listo. —¿Pizza? Anastasia, ahora que sé que también es mi hijo, no voy a permitir que te alimentes con cosas poco saludables. Tu alimentación tiene que ser la mejor para que el bebé esté sano y fuerte —me reclamó. Casi me reí porque sonó como si fuera mi pareja y me estuviera dando un sermón. —No como pizza a diario, hoy solo tengo un antojo, y no puedes negarle un antojo a tu hijo —le dije, sonriendo. Alexander suspiró y negó con la cabeza. —Eres buena chantajeando —murmuró, estacionándose frente al edificio—. Mañana mismo te mudas de aquí, no puedo venir más por esta zona. Se ve peligrosa. Mis guardaespaldas me dijeron que la otra noche rescataron mi coche de un intento de asalto, al parecer un tipo quería sacarle las llantas. Me reí. —Sí, sé que es un vecindario un poco peligroso, pero tranquilo, a mí ya me conocen —subimos las escaleras hasta llegar a mi casa. Creo que es la primera vez que Alexander entra, siempre se queda en la puerta. Mi casa parece tan pequeña comparada con la suya o la de sus padres. —¿No tienes ingredientes para hacer una cena decente aquí? —me preguntó. —Hmm... no he hecho compras —me senté en el sofá y tomé el celular para pedir la pizza. —¿En serio? Anastasia... —murmuró—. ¿Qué le pasa a la cocina? No enciende. —Oh, tienes que encender la llave del gas, está abajo. Pero no vas a cocinar ahora, vamos a comer pizza solo por esta vez. —La nevera está apagada, ¿no tienes comida que se eche a perder? —Está dañada. No sé, he estado mirando tutoriales para tratar de encontrar el problema, pero no he dado con él. El que repara cobra muy caro —le dije, mientras marcaba el número del restaurante y me contestaban—. Hola, Mike, una pizza extra familiar con pepperoni y queso... ah, mitad hawaiana. Sí, a la misma dirección de siempre —dije. Colgué. —Hasta ya eres amiga del vendedor —me dijo, sentándose en el pequeño sofá. Todo en mi casa se ve pequeño para él. —Sí, trabajo ahí —le respondí. —Oh... no lo sabía. —Hoy fue mi día libre —le hice saber. —¿De cuánto a cuánto trabajas? —me preguntó. —De diez de la mañana a nueve de la noche. —Es mucho tiempo para una mujer embarazada, necesitas dejar ese trabajo. —¿Qué? Estás loco, es la única entrada de dinero que tengo por ahora. —Yo te voy a pagar todo, no tienes que seguir trabajando. —Pagarás lo del bebé, pero tengo mis gastos personales y deudas. —¿Deudas? Asentí. —Los pobres necesitamos endeudarnos para poder obtener algo —sonreí con tristeza. Él suspiró. —Quiero contarte algo —me dijo—. Es algo serio. —Dime. —Daria. Es mi prometida. Abrí la boca de asombro. —¿Te vas a casar? ¿Por qué no me lo habías dicho? Yo... Dios, esto es nuevo. ¿Ella sabe del bebé? —Cálmate y déjame hablar. Era mi prometida porque terminé con ella. En realidad, era un contrato matrimonial para poder obtener el control total en la empresa. Todo fue un acuerdo de mi padre para que me casara y tuviera hijos —explicó—. Es un contrato millonario donde ambos ganábamos, pero ahora, con tu llegada y la del bebé, todo cambia. Anastasia, eres tú a quien estoy buscando ahora. Ambos podemos ayudarnos. Cásate conmigo y tengamos a ese bebé estando ya casados para que no le falte nada. Tendrás tu pago, de eso no te preocupes, pero no amo a Daria... —Tampoco a mí —lo interrumpí—. Solo aprovechas que ya estoy embarazada. —Sí... fue inesperado, pero lo estás. El bebé está ahí, papá no tendrá más remedio que aceptarlo. Seré el próximo presidente de Norrison Corporation y también tendré una familia. Créeme, sé que no eres de esas mujeres que solo buscan el dinero, pero también sé que lo necesitas —dijo—. Solo piénsalo. Me sentí mal porque es la verdad. Justo ahora estoy necesitando mucho el dinero. Me hace falta para saldar deudas y hacer algo con mi vida. Quizás Alexander sea mi salida de todo esto en lo que me metí. —Es... repentino. Por eso tu madre estaba furiosa. —Lo siento, pero lo tendrá que entender. —Alex... ¿estás seguro? Tu hijo no puede ser solo un contrato. —Claro que no veo a mi hijo así... cuando estaba comprometido con Daria, así lo veía. En mis planes no estaba tener un hijo, pero tú me lo vas a dar y, ¿qué mejor que casarme contigo que con ella? Dime, ¿para qué? Solo quiero que mi padre me deje en paz. Luego nos podemos divorciar si quieres, pero nuestro hijo estará muy protegido y no le faltará nada, menos amor. No le puedes negar esa oportunidad. Me puse a pensar en todas las cosas que me hicieron falta por ser pobre y lo doloroso que era. No quiero eso para mi hijo. Si su padre es millonario, ¿por qué negárselo? Jamás. No quiero que mi hijo carezca de nada y menos de amor. —Júrame que lo que menos le faltará será amor. Y que solo haces esto porque te salió fácil que yo sea quien salió embarazada y no esa tal Daria. —Puedo casarme con Daria fácilmente y seguir manteniendo a nuestro hijo, pero es mi decisión que sea él quien esté en el lugar que le corresponde —me dijo con seguridad. —Es mucha información. Hay mucho que pensar. —Piénsalo, pero sabes que mañana te mudas. —¿A dónde? —No me gusta que vivas aquí. Ya veremos. —Alexander... Alguien tocó la puerta. Debe ser la pizza. —Voy yo —me dijo. Abrió y le pagó al repartidor. Luego buscó unos vasos y sirvió la soda que siempre me mandan con la pizza—. Espero que sea la última vez que comas esto —me dijo—. A partir de ahora, todo cambiará para ti. —Cálmate, Norrison —le dije mientras empezaba a comer la pizza. —Tengo años sin comer esto —me confesó—. Creo que la última vez que comí pizza tenía como dieciséis años. —¿¡Qué?! —lo miré sorprendida—. Estás loco. —Mi alimentación tiene que ser muy buena, y estas cosas no son saludables. —Solo es pan, salsa de tomate... no tiene nada de malo —le dije—. Eres un paranoico. —Bueno... quizás lo soy. Rodé los ojos y me sentí bien con su compañía en este momento. La mayor parte del tiempo estoy sola, y es deprimente. Ahora, con Alexander acompañándome, se siente... bien. —Oye, mañana tengo una ecografía... ¿quieres ir? —le pregunté, probando. —Claro que sí. ¿A qué hora es? —A las nueve. —Perfecto, entonces pasaré por ti a esa hora. Pero tendrás que cambiar de doctor. Iremos al mejor hospital, nuestro hijo merece atención de primera —dijo, mientras seguía comiendo su pizza. Se notaba que la estaba disfrutando. Sonreí. —Gracias. Y está bien, será donde tú quieras.
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