Samantha estaba haciendo su maleta. No conocía Hawaii aunque siempre había querido conocer.
Sus últimos años había habido mucho trabajo, bastante de sexo, y más trabajo.
Quizá para algunas personas podrían considerarla una adicta al trabajo.
De hecho, había estado estudiando a Nasha Grierson. No había demasiada información disponible de ella, incluso la foto de sus libros era poco clara. Pequeña, lejana.
Ella apostaba a qué Nasha era una mujer enigmática si, pero poderosa. No le parecía una palomita asustadiza habiendo leído sus libros.
Empacó ropa de verano en una pequeña maleta de avión.
Morfeo ya le había mandado los tickets a su teléfono celular.
El día señalado fue al aeropuerto con suficiente anticipación. Se tomó un Uber y cuando llegó, llevó su carry on hasta la entrada. Pasó con cierto fastidio los controles, pero sin dejar de apreciar el culo del policía que revisó sus cosas de la bandeja, cuando éste se dio vuelta.
Le sonrió seductora y el poli pese a tener un gesto adusto no pudo evitar que la comisura de sus labios se estirase en una mueca al ver a la sensual neoyorquina enfundada en ese vestido blanco sin mangas que no dejaba nada a la imaginación.
Samantha ni lenta ni perezosa sacó una tarjeta de su cartera y se la acercó sobre la superficie metálica.
— ¿Editora? — dijo él y alzó una de sus cejas.
Ella simplemente se encogió de hombros mientras cerraba su cartera y la metía en su bolso Vuitton.
— Quién sabe, tal vez algún día podrías querer escribir tus memorias como agente al servicio del p... — iba a decir placer y se contuvo — ...de las personas...— completó con una deslumbrante sonrisa que fue correspondida.
Tomó sus cosas con la gracia que pudo y se fue agitando sus caderas de manera descarada sintiendo la mirada del hombre clavada en su espalda. Mierda, la había calentado pensó muy excitada. No podía dilatarlo más, necesitaba sexo y de manera urgente.
Afortunadamente no debió esperar demasiado para abordar y por un giro del destino terminó en primera.
Estiró feliz las piernas mientras tomaba una copa de champagne. La aeromoza le sonrió apreciativa y Sam pensó que para ese momento no le importaba si era hombre y mujer, necesitaba que alguien tocará su piel de manera urgente sino iba a enloquecer.
No se dio cuenta, pero se quedó dormida pronto y sus sueños estuvieron llenos de recuerdos húmedos de uno de sus últimos encuentros sexuales más calientes, quizá uno de los más calientes que había tenido en su vida y no solo últimamente.
Se levantó con la v****a húmeda y dolorida y fue hacia el baño discretamente.
Bajó la tapa del váter, se sentó, levantó su vestido y metió su mano bajó sus bragas.
Cerró los ojos pensando que ese joven hippie de cabello largo y figura de Dios griego la estaba lamiendo.
Metió otra de sus manos por su escote para pellizcar uno de sus pezones mientras magistralmente acariciaba su clítoris hasta alcanzar el orgasmo entre temblores.
Dejó que su respiración se acompañará y abrió sus ojos. Mierda, seguía en ese cubículo pequeño y sin ese hippie musculoso del cuñado de su amiga Kathy... en días como esos quisiera poder teletransportarse a la cama de alguien... Y si se llamaba Fan, mucho mejor.
Sam suspiró. DEJA DE PENSAR PAVADAS SAM, se auto recriminó... pero la verdad era que desde que había estado con él muchas veces se tocaba imaginándose a él cogiéndosela. No entendía por qué, ok era atractivo, pero ni siquiera era su tipo. Aunque mierda que cogía bien... de solo pensar en su m*****o se le hacía agua la boca... y la v****a también.
Finalmente se incorporó y se acomodó la ropa. Revisó su maquillaje en el espejo, encendió el grifo y lavó sus manos.
Con otro suspiro abrió la puerta para encontrar a la azafata fuera.
— ¿Todo bien, señora? — le preguntó mordiendo sus labios sin disimular su mirada libidinosa. Desde que Sam había llegado a la adultez y abrazado su libertad s****l solía tener ese efecto en las personas, mujeres y hombres por igual...
Miró a la azafata apreciativa. Era una mujer de cabello castaño lacio por la barbilla, delgada de piernas largas, pechos prominentes y labios finos. Era atractiva sí, pero Sam necesitaba un pene.
— Si... todo bien, gracias... ¿me podrías alcanzar una botella de agua Evian? — preguntó alzando una ceja.
— Si, por supuesto — se apresuró la muchacha a contestar. Sam le calculaba unos 30, no más.
Con paso resignado volvió a su asiento.
Un hombre de unos sesenta la estaba mirando y ella le sonrió con frialdad. No le gustaban mayores. "Ya habrá tiempo para frutas pasas" solía pensar como broma personal.
Así que se sentó y acomodó nuevamente.
Cuando la aeromoza llegó poco después con el agua y le entregó un vaso rozando sus dedos su interés en ella se hizo más que evidente. Si tenía alguna duda sobre los gustos de la azafata, la acababa de despejar.
— Aquí tiene — le dijo con voz ronca mientras le miraba la boca.
Cuando se fue, Sam notó que en la etiqueta de la botella se la había arreglado para anotar su nombre y su número, se llamaba Muriel. "Bueno, solo por si acaso", pensó la rubia y con disimulo tomó una foto de la etiqueta con el teléfono.
A ese ritmo de calentura estaba empezando a resignar la idea de un buen pene atravesando su vagina...