Me desperté temprano, más descansada de lo que esperaba. La habitación estaba en silencio, bañada por esa tenue luz dorada del amanecer que se colaba por los ventanales. Parpadeé un par de veces y me di cuenta de que no estaba sola. D’Angelo estaba a mi lado. Dormía profundamente, con el ceño relajado, como si por fin hubiera encontrado un rincón de paz. Me sorprendió no haberlo sentido al llegar durante la madrugada. Debí de estar profundamente dormida, vencida por el agotamiento y las náuseas que me habían tenido en vilo los últimos días. Sus manos rodeaban mi vientre. Una de ellas descansaba firme, cálida, protectora. Como si supiera exactamente dónde latía nuestro pequeño secreto. Como si en su inconsciente ya lo abrazara. Tragué saliva. Sentí una punzada en el pecho. Él aún no sa

