VIII

1188 Words
Llegue a eso de las 6 a la casa, había tenido una satisfactoria charla con la que consideraba mi nueva amiga y no podía dar el día mejor concluido. Estaba feliz, desde que había llegado a mí no tenía tan buen gusto, puse una de mis canciones favoritas .. ¿Qué pretendes tu, llamándome a esta hora? Esa actitud, ya la conozco ya .. Sabes que hacer muy bien, para envolverme .. Pero esta vez es muy tarde ya. Cantaba a todo pulmón, mientras bailaba mirándome al espejo. Desde que había terminado con mi novio, esa canción se había vuelto un himno para mi. Seguía envuelta en la letra de J Balvin cuando en el reflejo del espejo pude observar una gran silueta en mi puerta. Como acto de reflejo le aventé el desodorante de metal que tenía como micrófono y un grito salió de mi boca. -Maldita mar.- Se quejó. MIERDA, eso no era una sombra, era el maldito Samuel.-¿ESTÁS LOCA? .- Miré con rabia mientras se sobaba la cabeza. - ¿Qué pretendías que hiciera? Me asustaste.- Me justifique.- Aparte quien diablos observa en la puerta, eso es enfermo.- Me queje. -Venía a pedirte que le bajaras a la música.- Me miro de mala gana.- No sabía que encontraría un espectáculo medio.- La vergüenza me invadió. -Eso se ve feo.- Apunte al golpe en su frente. Recibí una mala cara de Samuel y sin preguntar entro a mi habitación a observarse en el espejo. - ¿Quién diría que 1.50 de altura tiene la fuera de un lanzador? .- Se quejó. -Mido 1.63.- Voltee los ojos.- Espera aquí, no te muevas.- E increíblemente el obedeció. Baje rápidamente las escaleras y busque en la nevera un poco de hielo, al subirme encontré a Samuel inspeccionando el ahora chichón, no pude evitar reírme. Samuel me miro con cara de pocos amigos y poco a poco aquel semblante serio se contagiando con mi risa. -No es gracioso.- Se quejó.- Luce terrible y mañana tengo que regresar a mi empresa.- Hizo una mueca. -Tranquilo, ahorita lo desinflamamos.- Le dije mostrándole mi bolsita de hielos. Me miró no muy convencido pero acepto. -¿Esto es alguno de tus remedios latinos? .- Pregunto. -Es lo que toda enfermera hace cuanto te venda un chichón.- Estaba concentrada ejerciendo ligeramente presión en su frente, mientras que el estaba disponible a quejarse. -¡Auch! Si fueras enfermera de la guerra, ya te habrían corrido.- -Claramente los chicos de la guerra no lloriquean por un chichón, así que no creo atendería ahí.- Respondí de malas. Después de aplicar la bolsita de hielo en la parte de su rostro afectado, busque entre mis cremas un desinflamatorio que solía usar cuando me exprimía la cara. -Aquí está.- Celebré. -¿Y eso qué? .- Preguntó curioso. -Shh, ponte, ayudar.- Samuel volteo los ojos y se de mala gana se dispuso a sentarse en el borde de la cama. Yo por mi parte, exprimí el tubito medio gastado y me disculpo a aplicar con mi dedo la zona enrojecida, estaba tan concentrado en el chichón que no me di cuenta que tenía acercado mi rostro demasiado al de Samuel, su aliento a menta y esencia me Envolvimos y por un momento creí que iba a delirar. DIOS, ¿PORQUE NO PODÍA OLER A CAÑO? Samuel me observo atentamente, parecería estar analizando cada centímetro de mi rostro y por un momento quedará atado, estaba tan cauteloso por el, que se olvidó por completo la razón de nuestra cercanía. -¿Tiene acabado? .- Preguntó curioso. - ¿Lo ha logrado? .- A pesar de que siempre lucía sombrío, podría observar un toque de preocupación en su mirada. Vaya, Samuel Austen es un completo egocéntrico, estaba cabreado por su incidente en la frente. -Hmm e-eso creo.- Samuel me había tomado por sorpresa y rezaba con todas mis fuerzas que no había notado los efectos que me habían dado. -Déjame ver.- Samuel se modifica en el espejo. Hizo una muequilla y dijo.- Mínimo se desinflamó.- Sonrió, dejando ver sus preciosos y pronunciados hoyuelos. -No sabía que tenías hoyuelos.- Sonreí. -Aquí de mi madre.- Respondió sin tomarle mucha importancia. -Como casi nunca sonríes.- Bromeé. -Suelo hacerlo con la gente que me cae bien.- Seguía observándose en el espejo. Por alguna razón aquel comentario me había herido, sabía que no le debía de dar tanta importancia puesto que el solo era mi jefe y su relación conmigo era e iba a hacer siempre profesional, pero algo dentro de mi se hirió porque por un momento creí que tuvimos una buena amistad. - Bueno, pues descansa y perdón de nuevo.- Suspiré y yo acoste en la cama. Samuel respondió confundido con mi reacción y carraspeó. -¿Tienes hambre? .- La pregunta me sorprendió y asentí.- ¿Me acompañarías a Dulls? Es mi último día aquí y realmente extraño son esas hamburguesas.- La pregunta fue tan casual que por un momento creí que no era para mi. - Amm si, está bien.- Acepté confundida. -Me cambiaré, te veo abajo.- Se cambia a la salida de mi habitación.- Y te recomiendo abrigarte.- Mencionó antes de cerrar. Menudo pillo raro, minutos antes de mí que no era de su agrado y después me invitaba a comer. Y lo más raro era el que yo accediera tan fácilmente. ¿Qué más daba? Solo era un favor, acompañaría a uno de mis jefes a ir por su cena. Decidí ponerme unos pantalones de mezclilla con encajes florales y una blusa de manga larga blanca que hacían juego con mis tenis blancos. Era algo sencillo y casual. Me consideró un poco nervioso, puesto que mis charlas con Samuel consistían en molestarnos y silencios raros. Baje las escaleras y para mi sorpresa, me encontré con un Samuel bastante abrigado, traía un gorrrito que escondía sus preciosos rulos y una chaqueta de algodón oscura. -Valiente ¿eh? .- No entendía su comentario hasta que salí de la mansión. MALDITA MAR QUE FRÍO. Para mi sorpresa los rededores de la casa estaban helados, muy torpemente no supuse que en la casa mantenían calefacción. Samuel aparentemente divertido con mi reacción. -Supongo irás por 3 suéteres.- Se rio. - Descuida, estoy bien así.- Avancé. Mi orgullo podría más que mi hipotermia. - Si esta es una de las locas estrategias de las chicas para apoderarse de lo suéter masculino. Olvídalo.- Rebusno. - No va con mi estilo.- Escanee la chaqueta. Era mentira, esa chaqueta era preciosa, podría jurar que costaba más que todas mis chaquetas juntas, pero realmente no era mi intención apoderarmela. Los ojos de Samuel denotaron fastidio y ante mi necedad de no ir por un suéter llamo al que suponía era su chofer. -Yo manejaré Dan, gracias.- Se despidió de su chófer. -Wow, mira algo que sabes hacer.- Lo fastidie. -A parte de dominar 5 idiomas, liderar más de una empresa poderosa en el mundo, ser uno de los mejores jinetes del país, aristócrata, boxeador de tiempo libre, poseer un doctorado en derecho y cabe recalcar ser una persona extremadamente sexy, yo creo que lograr manejar un auto debe ser lo de menos.- Presumió orgulloso. - Te falto el apartado donde mencionas lo ególatra que eres.- Rodeé los ojos. - Envidia le dicen por ahí.- Sonrío cínico.
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