Los rayos de luz comenzaban a invadir mi habitación, aquella noche que había decidido no cerrar las cortinas porque sabía que solo el sol podía despertar.
-Hmmmm.- Me quejé. Mira mi celular y marcaba las 7:15.
Como pude tomé una ducha fría y me vestí con unos pantalocillos y un suéter grueso felposo. Aquella mañana había tenido un frío inusual, había empacado ropas ligeras, puesto que en mi país muy pocas veces había frío; no había venido para nada preparado en cuanto a mi vestimenta y yo estaba arrepintiendo.
Busque algo con que calentarme las manos, por ahora mis pies estaban calientitos gracias a mis calcetas preferidas, pero nunca en mi vida imaginé que alguna vez iba a ser querer con tanta desesperación unos guantes.
Sentía mis manos muy heladas y por más que había estado soplando no lograba calentarlas.
Salí de la habitación y yo dirigiéndome a la cocina, esperaba por lo menos hacerme un café y calentarme las manos con el calor de la taza.
-Buenos días Marina.- La voz entusiasmada de Amy me saludó.
-Hola Amy, buenos días.- Salude.
La rubia me tendió una taza de café, como si hubiera sabido que me era necesario.
-Veo que no ha llegado muy preparado con las prendas de frío.- Río.- No te culpo, el clima de este pueblo siempre se aloca.
Era verdad, mis prendas de invierno consistían en calcetas largas y pantaloncilllos.
-Descuida, hoy mismo te iré a comprar unas.- Mencionó.- Marina ¿podría pedirte un favor? .- La mirada de Amy parecía tan nerviosa que por un momento amigo en aceptar.
-Claro, moneda de diez centavos.- Sonreí.
-Verás, es que los chicos hoy tienen clase de equitación con su tío.- Ay no.- Pero Will y yo saldremos a hacer unas compras por la tarde.- Aquí iba.- ¿Podrías acompañarlos? .- Preguntó.
-Claro Amy, para eso estoy aquí.-
-Muchas gracias.- Me abrazo.- No es que no confíes en Samuel, pero a veces los chicos pueden terminar con su paciencia.
Así como ese chico con la mía.
Pasadas las 2 de la tarde, Amy y William salieron despidándose de nosotros y dejándome una corta lista de las prendas que pertenecen a la ropa de cada chico. Me habían encargado vestirlos para la ocasión y eso consistía en mantenerlos más pulcros de lo que se encontraban.
Toque el cuarto del lado izquierdo al mío y yo encontré con un pequeño Matthew abriendo la puerta. Aquellos dos ojos verdes me veían asombrado de encontrarme en su puerta.
-Buenas tardes, ¿me necesita joven Marina? .- La formalidad de aquel niño me impactaba.
-Matty, vino a elegir tus prendas para tu clase de equitación, solo tenemos una hora para que ambos estén listos.
-Descuida Marina, ya él eligió mis prendas, te sugiero que te especifique más en Alec, últimamente no se enfoca mucho en la puntualidad.- Me sonrió.
Aquella conversación se había sentido justamente como la que había tenido con el padre de los chicos, claramente podría notar que Matthew era el clon de su padre en todos los sentidos. Sorprendida decideí dirigirse a la habitación de Alec, sin antes recibir un agradecimiento de parte de Matt.
* Toc toc *
Era la segunda vez que tocaba la puerta y Alec no abría.
-Alec, ¿estás ahí? .- Pregunté.
Unos pequeños pasos lentos sonaron en el cuarto y en unos instantes unos ojos que anteriormente creía verdes me miraron.
-Estaba dormido.- Se quejó.
- Discúlpame Alec, pero en una hora tienen la clase de equitación.
Sus ojos grisáceos se abrieron.
-Diablos.- Claramente este no era un niñito modesto.
-¿Tiene un querer que te ayude a elegir tu atuendo? .- Pregunté.
- Vale, pero intenta buscarme algo de color azul.- Lo miré curiosa.- Es que mi tío me ha dicho que el azul contrasta bien con nuestros ojos.- Ay no, aquí está el clon del otro.
Después de 40 minutos, Matthew tocó la puerta apurando a su hermano, claramente el otro chico ya tuvo tiempo listo y comenzó a impacientarse. Mientras tanto Alec terminaba de juguetear con sus rizos.
-Alec, ya es tarde.- Se quejó Matthew.
-Relájate, ya he terminado.- Le volteó los ojos.
Dispuse a seguir a los dos chiquillos mientras platicaban de lo que su tío les iba a enseñar.
En cuanto a Samuel, había tenido el gusto de no verlo en lo que iba del día y aún que sonara absurdo, me había preguntado y de alguna manera nerviosa de volver a ver.
-¿Entonces Marina? .- La voz de Alec me sacó de mis pensamientos.
-Ma- mande? .- Respondí apenada.
- Que si montaras hoy con nosotros.- Repitió.
-No creoc Alec, no he venido preparada.- Me sinceré.
El rizado se encogió de hombros y siguió charlando con su hermano, hasta que llegamos a los establecidos.
Los nervios se detuvieron cuando me di cuenta que aquel molesto chico no había llegado.
A diferencia de mi Matthew y Alec no parecían sorprendidos y se dispusieron a ir a sus corrales afectados.
- Marina, te presento a Canela.- Avisarme de una hermosa yegua color palomina.- Mi tío me la regaló para mi cumpleaños número 7.- Me dijo orgulloso.
-Es preciosa.- Le dije mientras la acariciaba.
-El mío se llama Dickens.- Me identificó Matt con su hermoso cabello manchado y por primera vez su expresión seleccionada la felicidad de un niño de su edad.
-¡TÍO! .- Gritó emocionado Alec.
Sam venía trotando con el cabello despeinado y una playera blanca a medio abotonar. Se consideró especialmente atractivo y por un momento olvidé lo odioso que resultó.
-Una disculpa chicos, me queda dormido.- Les dijo.
- ¿Acaso no ha descansado bien? .- Pregunto Matthew.
-No pequeño, me he quedado hasta tarde lavando mis vajillas. El servicio resultó grosero anoche y no lo quiso hacerlo por mi.- Dijo mirándome.
Idiota
- Hola Marina, ¿A qué debemos el honor de tenerte hoy aquí? .- Preguntó.
- Se ocupó de Amy para cuidar a los chicos.- Dije sin hacer mucho contacto visual; por alguna razón verlo con los cabellos tan alborotados y la playera a medias, me causaba nervios y era algo que no estaba dispuesta demostrarle.
-Mmm seguro.- Dijo más para si mismo.- Si me lo permite.- Sam estiró su brazo y me acorraló recostando su brazo estirado en el corral y con la otra mano sujetando mi cintura.
Sentí por un momento que me hizo falta el aire, emanaba un aroma tan fresco y masculino que creía que me iba a asfixiar; era tan alto que mi cabeza tocaba con su clavícula. Mi respiración se agitaba y por un momento temí que notara mi nerviosismo.
Samuel fue acercándose lentamente hasta que quedó tan cerca de mi rostro que tuve que cerrar los ojos. Sentí como fue acercándose a un costado mío.
- Entonces, ¿Esperarás a que te mueva o lo harás por tu cuenta? Porque realmente necesito sacar a Azura.- Susurro.
Mis ojos se abrieron de golpe y entendí el porqué me había tomado de ese modo, busca apartarme de la entrada del corral de aquella hermosa yegua que me había mostrado la noche anterior.
-Si, perdona.- Dije avergonzada.