Anastasia Persy
En una de las esquinas de la celda, aislada de los que me acompañan dentro de ella, evitando escuchar, ver u oír, incluso tratando de olvidar la razón por la que justo en este momento no estaba en mi departamento, en mi cuarto en mi cama o lo que es mejor, en una tina de burbujas relajando mi cuerpo y olvidado lo miserable que ha sido mi vida desde que nací. Se acerca un apuesto joven vestido de traje a la reja en compañía de un guardia y anuncia su llegada mencionando mi nombre. Levanto la mirada del piso y pongo atención al hombre, el guardia me pide que me acerque y luego de presentarse me cuenta la razón por la que está aquí.
— ¿Anastasia Persy? — Asiento. — Soy Ignacio Méndez y soy tu abogado de oficio. Me asignaron tu caso y tengo muy buenos presagios. Le sonrió, me le acercó y le hablo desesperada, no he hecho nada y no quiero estar aquí.
— Abogado Méndez, esto es un error, no soy una ladrona y no me he robado nada!
— Tranquila. Por ahora solo puedo brindarte asesoría para salir rápido de esta situación, averiguaré muy bien todo y a primera hora vendré con lo necesario. ¿Está bien? — Asiento muchas veces... Lo siguiente que hago es pedir una llamada, cosa que me es denegada y que me irrita. — Lo siento, estamos en un país corrupto, te conseguiré cualquier cosa para mañana. — Me mira con pesar, con lástima y lo odio, es esa la forma en la que en miraron por muchos años en mi ciudad natal, asiento y suspiro resignada, si para mañana no ocurre un milagro mis días posiblemente terminen en una cárcel de mujeres, sin dependencia ni nadie que reclame por mí, sin siquiera haber conocido o sentido los temblores de un hombre.
El abogado se retira con la promesa de que todo saldrá bien, vuelvo al lugar donde me deslizo por la pared y quedo sentada en el suelo.
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¿Que si dormí? Claro que no, pase la noche en vela contando cada minuto, cada segundo que pasaba y es la primera vez en mi vida que me doy cuenta de cuan valioso es el tiempo y de lo lento que pasa cuando no estás haciendo absolutamente nada, la sensación es abrumadora y desesperante, lo cual hace que en efecto sea más lento todo. Muero de hambre. Sonrió al ver al guapo abogado asomarse a la reja, el reloj en mi muñeca me anuncia la hora: 7:30 am debo parecer una indigente y no me importa, me acerco a él y lo saludo.
— Buenos días, abogado. — Me sonríe.
— Buenos días, Anastasia. He arreglado un par de cosas para ti y la buena noticia es que podremos apelar en tu caso, tendremos la oportunidad de esclarecer los hechos y por lo pronto una fianza estará bien para sacarte de aquí hoy mismo. — Me pongo tan contenta que pienso en darle un abrazo y como no se puede nuestras manos se entrelazan por medio de las rejas. Las palabras se le atoran en la garganta cuando una voz grave y tan sexy como su portador retumba en el pasillo. ¿Qué hacen aquí? Quito las manos de la reja, mi corazón late muy rápido y fuerte, la garganta se me seca y olvido todo, hasta que estoy encerrada en la cárcel. Es la segunda vez que veo a ese hombre y luego de mis sueños solo pienso en qué me quite toda pureza. Unos minutos después estoy absolutamente confundida, el hombre que ahora sé que se llama Nicolás Santorini se retira con cara de amargura, antes de irse me miro de una manera que no sé cómo describirla; giró sobre sus pies y luego se marcha, luego su abogado despidio al mío y me esplica como es que su jefe termino por pagar la fianza. Lo que me contó su abogado al estar solos es que llegaron a la estación por un problema legal relacionado con sus empresas y la trata de algunos de sus empleados, estando aquí se enteraron por casualidad de mi caso y me ayudó otra vez, lo cual es súper incómodo, de echo mas que la primera vez donde también Nicolás me salvó de no morir, pues estaba segura que ese guardaespaldas jalaría del gatillo y nos mataría tanto a mí como mi amiga, no somos nadie así que era súper fácil desaparecer nuestros cuerpos, en mi caso no tengo nadie que responda por mí, estoy sola o por lo menos eso es lo que quiero grabar en mi mente; que estoy sola, quiero creérmelo, quiero salir adelante sola y olvidarme de todo mi pasado.
Salgo de la estación de policía y me despido de mi abogado de oficio, quien me regala su tarjeta con su número personal anotado en la parte de atrás, la mirada penetrante de Nicolás quien nos observa desde la distancia hace que me apure a despedirlo para luego ir a mi encuentro con mi salvador, por alguna razón no estoy pensando en agradecerle, mientras camino hacia él, mientras la distancia se acorta siento que me hala como si fuera un imán, tengo la mente en blanco y a continuación, no sé qué decir.
— Bueno, yo los dejo. — Se despide Damián. — Nos vemos en la oficina... — Termina de decir y se marcha dejando un incómodo silencio, debo resaltar que Nicolás no quitó su mirada de mí, ni un instante.
— ¿Me veo muy mal? — Pregunto mientras con mis manos intento peinar y arreglar mi cabello.
— Vayamos a desayunar... — Responde despreocupado, camina hasta su auto y me habré la puerta del lado del copiloto.
— Ya he causado muchas molestias, yo creo que mejor...
— Sube al auto. — Me ordena con el ceño fruncido y corro hasta entrar al auto, demandante y guapo. ¡Me encanta!
Rodea el auto y sube a mi lado, conduce hasta el restaurante más cercano, no se molesta en buscar demasiado y lo agradezco, justo ahora no estoy presentable, sin mencionar que debo verme como una indigente, sin peinar o bañar, la verdad no suelo cargar tantas cosas en mi bolso. Bajamos del auto una vez estaciona y lo sigo hasta el interior del restaurante, no hemos dicho ninguna palabra, estoy nerviosa, pero cómoda, es raro, pero me tranquiliza de alguna manera estar cerca de él. Lo que no sabía era que lo que pasaría a continuación me haría cumplir mis fantasías sexuales al máximo, pero y a que costo...
Desayunamos algo ligero, si tenía mucha hambre, pero no se lo iba a demostrar así que comí solo lo necesario. Al terminar, rompió el silencio.
— Anastasia, tengo una propuesta que hacerte... — Esas solas palabras me pusieron alerta, me llenaron de desconfianza y miedo, ¿Una propuesta? Levanté la mirada y por un momento ambos nos miramos a los ojos, se sintió como si el tiempo se detuviera, definitivamente este hombre es de otro planeta, lo miré buscando algo que me diera un indicio de sus intenciones y encontré más que eso. Es tan dominante que no pude sostenerle la mirada y terminé sonrojada...