El reloj en la pared de la sala en la que se encontraban en la delegación marcaba las doce y media. Anton apenas lo notó. Su mente estaba demasiado ocupada procesando lo que acababa de ver. Un simple lunar. Un punto oscuro en la piel de Iramil, justo en el mismo lugar donde lo tenía su madre. Pero no fue solo eso. Al analizar bien la imagen de la fotografía, su mirada comenzó a recorrer los detalles que antes le habían parecido insignificantes: el sutil fruncimiento entre las cejas, la forma en que sus ojos reflejaban una mezcla de reserva y curiosidad, el ligero surco en la nariz cuando sonreía. Detalles que ahora, de golpe, se volvían innegables. El parecido con su madre era indiscutible. El aire en la habitación pareció espesar, y su estómago se contrajo en un nudo que lo hizo sentir

