A la mañana siguiente, juntos se embarcaron en un viaje de una hora hacia Rockwell Health. El trayecto transcurrió en un silencio denso, tan cargado de emociones contenidas que parecía un muro invisible entre ellos. Alondra mantenía la mirada fija en el paisaje que se deslizaba por la ventanilla, intentando ordenar sus pensamientos. Anton, por su parte, sujetaba el volante con firmeza, pero su mandíbula tensa delataba el torbellino que también lo consumía. Iramil, envuelta en una pequeña manta, se aferraba con fuerza a Alondra. No había dicho ni una palabra desde que subieron al automóvil. Sus pequeños dedos estaban crispados en el tejido de la blusa de Alondra, como si soltarla significara perder la única seguridad que tenía. Su cuerpo menudo temblaba con cada bache del camino, y su rost

