Libby
Luego de juntar leña y montar la fogata, quito la lona que recubre mi mochila y la clavo como puerta de la cueva para que no entre tanto frío y el calor se concentre dentro.
Tengo un saco de dormir y el abrigo necesario como para no morirme de frío si se apaga el fuego.
Debo salir a buscar alguna seta, cerca del lago me pareció ver una especie que no es venenosa… Bueno, en realidad todas las especies de hongos son venenosas; aunque hay algunas que al humano no le hacen daño, entre ellas están: los champiñones, rovellons, bolets, etc.
Pasar todo el día sin ingerir alimento no está bien; no tengo justificación, soy un adulto y me he comportado como una chiquilla.
Una cosa es que esté nerviosa, desconcertada y con ansiedad por lo que me está pasando, pero, desaparecer todo el día y quedar atrapada en un bosque que no conozco ha sido demasiado.
Sofía debe estar preocupada y me imagino que el salvaje pensará que me he fugado. No puedo dejar de pensar en él, por eso estoy en esta situación.
Dios, necesito sentir el calor de su cuerpo junto al mío y que me bese de manera posesiva.
«¡La madre del cordero Libby, Noah te ha trastornado!», pienso mientras me río sola.
En estos momentos mi mente vaga en sus ojos, su pelo rubio largo que quisiera jalar y en esas manos fuertes que me hicieron vibrar cuando me abrazó antes de poseer mi boca.
Sí, definitivamente se me zafó un tornillo y no lo he vuelto a encontrar. Si sigo así cuando lo vea me lanzaré a sus brazos y eso no puede ser, debo mantener la cordura hasta conocerlo un poco.
Unos aullidos tenebrosos y desgarradores me sacan de mis pensamientos que se estaban volviendo lujuriosos. Una corriente fría recorre mi cuerpo, tengo miedo porque ese animal aparte de estar sufriendo parece hambriento o furioso.
Sea como sea sería una estupidez salir a buscar comida, pero como mi segundo nombre es ese… dejo la tranquilidad de mi refugio en busca de lo desconocido.
Nunca he podido dejar un animal herido y esta no será la excepción, aunque la comida sea yo.
«Por Dios, Libby, no sabes si está herido. Puede ser una fiera despiadada en busca de alimento y tú te estás sirviendo en bandeja de plata»...
Discuto con mi conciencia porque algo me dice que puedo estar en peligro, pero otra parte me dice que nada que tenga que ver con la naturaleza me hará daño jamás.
Camino en dirección al lago, es como si una fuerza me llevara en esa dirección y la sigo sin cuestionar.
Si mis padres me vieran, de seguro me dirían que soy una inconsciente que no piensa en las consecuencias, pero si debo morir prefiero hacerlo en el lugar que más amo en el mundo.
A medida que me acerco a la zona descampada que está cerca de la orilla veo un animal gigante, con los ojos como el fuego que se remueve como si tuviera una lucha interna.
Mi corazón comienza a latir de forma desenfrenada cuando lo escucho gruñir.
—¡Virgen santa! —digo más fuerte de lo que esperaba.
Esa bestia se enfila hacia mí y trago duro, pienso: «ay diosito santo, ayúdame para que este animalito no me coma y si lo hace que no me haga sufrir demasiado».
—Hola bichito lindo, no sé qué te pasa, pero me gustaría que no me comieras. Entiendo que me debo ver apetitosa, debes tener hambre, hasta yo me comería porque desde hoy al desayuno no pruebo un bocado —digo como idiota de lo nerviosa que me pone este animal.
No ha dejado de mirarme y olfatearme, mentiría si dijera que estoy tranquila. Por eso intento alejarme poco a poco, tengo muy claro que si corro me atraparía en un plis.
Doy dos pasos más hacia atrás y gruñe con fuerza haciendo que me detenga.
—Tranquilo, si no quieres que me mueva no lo haré pero tengo frío y hambre, así que si tus planes son quedarte así toda la noche, mañana estaré muy enferma o muerta. —siento su respiración agitada.
Vuelve a gruñir como si estuviera molesto y, perdido por perdido, decido hacer lo que siempre te dicen que no debes hacer bajo ningún concepto. Camino hacia él tomando una gran bocanada de aire para darme ánimo y no salir huyendo.
Su mirada sigue fija en mí como si estuviera analizándome, me observa como un cazador a su presa; mi respiración es irregular, no puedo negar que siento miedo, pero también una excitación extraña.
Estoy a unos pasos de donde se encuentra, me detengo y lo miro. Me arrodillo ante sus ojos que parecen querer devorarme, bajo la cremallera de mi abrigo, retiro mi pelo hacia un lado y dejo mi cuello expuesto para él.
—Soy tuya, puedes hacer conmigo lo que quieras. En ti está decidir si soy tu cena o si me dejas ir —le digo cerrando los ojos.
Y aquí estoy otra vez hablando como los locos con un animal salvaje y muy peligroso que me tiene de los nervios.
Camina a paso lento y posa su hocico en mi clavícula, comienza a olisquearme de forma tortuosa.
Intento moverme y gruñe pasando sus dientes por mi cuello, suspiro de forma entrecortada por las sensaciones extrañas que me hace sentir esta bestia. Mi piel se escarapela al sentir su nariz fría sobre mi garganta.
—Ahora es cuando me arrepiento “salvaje” de no haberte dado una oportunidad, lo que hubiera dado por sentir tus manos acariciar mi piel y tu boca hacer estragos en todo mi ser —susurro y la bestia comienza a lamer mi pescuezo.
Madre del amor hermoso, llevo mis manos a su pelaje y mientras lo acaricio un jadeo sale de mis labios sin poder evitarlo.
Me sobresalto al escuchar un ronroneo, los ojos penetrantes con los que me miraba antes ahora se han suavizado.
—Necesito calentarme, debo ir al refugio —me paro y comienzo a caminar.
Siento sus gruñidos como de desaprobación porque ya no estoy expuesta para él, me río porque se comporta como muy posesivo.
Luego de unos minutos llegamos a la cueva y entramos; por suerte el fuego no se ha apagado y me siento cerca para calentarme.
—Por momentos me haces acordar a mi salvaje. Su nombre es Noah —le digo—, aunque no quiera reconocerlo mi corazón late por él. Ahora mismo debe estar pensando lo peor de mí, pero lo que no sabe es que nunca rompo una promesa —suspiro y mis ojos se llenan de lágrimas—. A la mañana fui a dejar el hotel para trasladarme a la reserva. Estaba volviendo cuando me desvié para recorrer la zona en donde deberé trabajar estos meses y decidir si me instalo definitivamente aquí. La cosa es que cada vez que piso el bosque, el mundo deja de girar; comencé a caminar y se me pasó el tiempo, cuando quise venir a ver, ya estaba anocheciendo, mi teléfono estaba sin batería y el coche demasiado lejos —muevo la cabeza negando—.
»Así que hice lo que se me da bien en estas situaciones, montar un campamento y pasar la noche fuera hasta que la luz de un nuevo día me permitiera regresar. ¿Crees que Noah me creerá si se lo cuento? Es bastante rocambolesco, pero tú que estás aquí conmigo sabes que no miento. Por cierto acabo de ver que eres un lobo gigante, no tenía conocimiento de tu especie, pero con las cosas raras que han pasado en estos días en estas tierras ya nada me asombra —mientras hablo como cotorra, el lobo gigante me mira con un brillo extraño en sus ojos.
Cojo mi saco de dormir y me acerco a la bestia que me acecha, observa cada movimiento mío con cautela, listo para saltarme encima si decido huir de sus fauces. Lo que no sabe es que me provoca la misma sensación de tranquilidad que el salvaje.
—Tranquilo, sé que no podría escapar de ti. Me gustaría poder acariciarte si no te molesta, con todo tu pelaje de seguro no pasaré frío esta noche —le digo y me río.
Utilizo el sobre de dormir de colchón y me acuesto encima, el lobo se pone detrás mío para darme calor. Me giro, lo abrazo y beso; comienza a ronronear y para mí es como un arrorró, me duermo casi en el acto.
******
Me levanto con una gran sonrisa en el rostro, no veo a la bestia por ningún lado. Tengo muchas ganas de hacer pipí, así que salgo a toda prisa y me alejo lo suficiente como para no atraer ninguna fiera a mi humilde morada.
La temperatura ha subido bastante hoy, y se me ocurre meterme al lago, así estaré más limpia al llegar a la reserva. Debo ir pensando en aguantar los berridos y el sermón de mi hija, debe estar atacada sin saber de mí.
Como estoy sola decido desnudarme y meterme al agua que está bastante fría, pero, soportable si no se va a estar demasiado dentro de ella. Luego de unos quince minutos nadando, decido salir.
—Bueno, bueno, qué premio tan exquisito nos encontramos luego de dos días en prisión… —intento meterme al agua para escapar.
—¿Adonde crees que vas belleza? —me dice otro mientras me coge de un brazo.
—Nos vamos a divertir como nunca muchachos… —habla otro, mientras un cuarto sonríe libidinoso y mis lágrimas comienzan a salir sin poder evitarlo por lo que me espera.