Estoy adolorida y sedienta. No hay ninguna parte de mi cuerpo que no palpite de dolor. La garganta me arde y mis labios están tan resecos que tengo la sensación de que se caerán a pedazos en cualquier momento. Necesito tomar un poco de agua o moriré deshidratada.
―Tengo mucha sed ―indico con la voz ronca y áspera―, quiero un poco de agua, por favor ―al abrir los ojos solo alcanzo a ver sombras oscuras y borrosas moviéndose a mi alrededor, así que parpadeo algunas veces para enfocar la visión. Por un instante me siento confundida. Intento recordar, sin embargo, un repentino dolor de cabeza evita que lo haga―. Mami, ¿eres tú?
Muevo la mano con un movimiento brusco hasta mi sien derecha para frotarla con los dedos, pero solo consigo llevarme un gran susto cuando escucho objetos cayendo y golpeado contra el piso con gran estruendo. Seguido, el pitido ensordecedor de una alarma se desata en medio de la habitación, causándome gran sobresalto y un dolor agudo en distintas partes de mi cuerpo. Mi estómago y mi pierna se sienten como si me las hubieran atravesado con un fierro caliente. Gimo y me retuerzo del dolor.
―Tranquila, principessa ―exclama una extraña voz que, me parece conocida, en alguna parte cerca de mí. ―, iré a informarle al doctor que acabas de reaccionar.
¿Doctor? ¿Reaccionar? No recuerdo nada, sin embargo, un montón de imágenes inesperadas comienzan a estallar dentro de mi mente. Mi respiración, latidos y pulsaciones se disparan a millón. El terror se esparce por mi cuerpo como enredadera y se enrosca alrededor de mi garganta cortándome la respiración al recordar el ataque despiadado del que fui objeto en aquel callejón oscuro y desolado. Reacciono con temor y desesperación al revivir los momentos espantosos que sufrí en las manos de aquel asesino. Confusa y alterada me incorporo y observo los alrededores, pero mis ojos no logran enfocar con caridad. Intento abandonar la cama, pero alguien me detiene antes de que logre abandonarla. Un cuerpo fuerte y musculoso se lanza sobre mí y me acorrala entre sus brazos.
―¡Ferma, ragazzina, ti farai male!
¿Tranquilizarme? ¡Imposible! Mucho menos después de lo que me hicieron.
―¡Suéltame! ―me defiendo, a pesar del inmenso dolor que siento en cada rincón de mi cuerpo, porque no estoy dispuesta a permitir que nadie vuelva a hacerme daño―. ¡No te atrevas a tocarme maldito!
Un dolor lacerante, indescriptible e insoportable me hace gritar.
―¡Debemos sedarla o se hará daño!
¿Sedarme? ¿Quién es ese hombre? ¿De qué está hablando? Los latidos de mi corazón se disparan como locos. El terror se apodera de mí y provoca que cada músculo que hay en mi cuerpo se paralice por completo.
―¿Dónde estoy? ―comienzo a asfixiarme. Intento respirar, pero estoy tan agitada que mi pecho se siente comprimido y no deja entrar el aire hacia mis pulmones―. ¡No me hagan daño!
Mis pulmones arden debido a la falta de oxígeno. Así que, además de defenderme, me esfuerzo por inhalar aire suficiente para llenarlos. Peleo como una endemoniada, a pesar del dolor que estoy sintiendo. Con una de mis manos alcanzo su rostro y arrastro mis uñas sobre una de sus mejillas. Sin embargo, un pinchazo en el brazo me deja anulada casi de manera inmediata. Comienzo a perder mis fuerzas y sucumbo en un sueño profundo.
***
Siento un dolor abrazador en todo mi cuerpo. Intento abrir los ojos, pero esta vez no puedo hacerlo. Mis párpados pesan demasiado y estoy tan cansada que no puedo mover ni un solo músculo. Me siento aletargada, en un adormecimiento profundo. Escucho personas hablando en voz baja, como si temieran que alguien pueda escucharlos.
―Su esposa tiene algunas costillas y el hueso de la tibia fracturados, pero sus signos vitales son fuertes y estables.
Comenta uno de los hombres.
―¿Qué hay de su otra herida?
¿Herida? Trato de emerger de la bruma que me mantiene atrapada y lánguida, pero mi cuerpo se niega a responder. ¿Qué me hicieron?
―Su esposa no corre ningún riesgo, señor De Luca ―¿esposa? ¿Se están refiriendo a mí?―. Por fortuna, no hubo daños graves en ninguno de sus órganos, como ya le había explicado con anterioridad.
Bufa con incredulidad. Lo escucho caminar de un lado al otro dentro de la habitación. Parece agobiado e intranquilo.
―Entonces, ¿por qué sigue inconsciente? ―pregunta, exaltado―. Ha pasado una semana desde que despertó y desde entonces no ha dado señales de vida.
Esa voz con acento la reconozco, pero no recuerdo de donde. ¿Por qué está tan angustiado? Él no me conoce, así que no debería importarle lo que me suceda.
―No desespere, señor De Luca, le aseguro que la paciente está fuera de peligro ―trata de tranquilizarlo con su explicación―. Cada caso es particular, unos se recuperan más rápidos que otros. Su cuerpo se tomará el tiempo que necesite para restablecerse por completo.
¿Por qué insiste en decirme que soy su esposa? El otro hombre con acento en la voz responde con un resoplido de resignación.
―Es solo que… ―inhala profundo―. Lo siento doctor, solo estoy impaciente, necesito saber que todo va a estar bien con ella.
Me emociona saber que hay alguien que realmente se preocupa por mí.
―Es comprensible, señor De Luca, su esposa sufrió serias heridas que la pusieron al borde de la muerte.
¿Estuve a punto de morir? Mi cabeza es un lío. Hay demasiadas preguntas sin respuestas y necesito obtenerlas cuanto antes, pero mi cuerpo se niega a hacer lo que le pido ¿Qué me está sucediendo? ¿Por qué razón no puedo despertar? Es como estar muerta en vida.
La conversación se ve interrumpida cuando alguien más entra a la habitación.
―Buenas noches ―es un hombre el que acaba de llegar y su voz también me es familiar―. Doctor Fleming, es un gusto saludarlo de nuevo.
Estoy segura de que lo escuché en alguna parte. Pero, ¿dónde? Mientras ellos se saludan, siento que alguien toma mi mano y la lleva a sus labios.
―Principessa, ya es hora de que despiertes ―coloca un beso en el dorso de mi mano. El gesto me hace sentir incómoda―. Tienes un largo camino por recorrer y te prometo que estaré a tu lado acompañándote si me lo permites.
¿A qué se debe tanta atención y preocupación de su parte?
―Bueno, debo retirarme, pero regresaré a darle una última inspección a mi paciente, antes de finalizar mi turno ―indica el hombre al que he identificado como el doctor―. Nos vemos más tarde.
Antes de que se vaya, De Luca, lo detiene.
―Doctor, espere, hay algo que necesito preguntarle.
Se aparta de mi lado y se aleja para terminar la conversación que quedó inconclusa entre ellos.
―Por supuesto, señor De Luca, estoy aquí para esclarecer cualquier duda que tenga.
Aclara su garganta, antes de hacer la pregunta.
―¿Habrá complicaciones para un futuro embarazo?
Aquella pregunta hace que mi corazón se salte los latidos. ¿De qué embarazo está hablando?
―Lo siento mucho, señor De Luca, hicimos todo lo posible para evitar la expulsión del embrión, pero le aseguro que su esposa no tendrá problemas para volver a concebir en un futuro.
¿Estaba embarazada? ¿Un…? ¿Un hijo mío y de Lud? No, no, no, mi bebé. Aquella dolorosa y terrible noticia me da las fuerzas que necesito para obligarme a reaccionar. Inhalo profundo y abro los ojos. Un quejido desgarrador hace pedazos mi garganta y hace trizas las pocas esperanzas que quedaban en mi corazón.