—Esto debe de ser realmente grave — escucho la voz de Sam entrando en mi habitación sin pedir permiso.
Automáticamente, me lanzo a sus brazos que me reciben para consolarme como nadie en este mundo puede hacerlo.
—¿Qué fue lo que hizo el imbécil ese esta vez? — inquiere enojado con su mentón sobre mi coronilla.
—¿Cómo sabes que fue él? — rio mientras sorbo por la nariz.
—Solo lo sé — se encoge de hombros.
—Al fin puedo decir que es un imbécil que no vale la pena — reconozco ante Sam.
—Lo sabía, dime donde se encuentra que así tenga que tomar cinco aviones, le voy a partir la cara — me suelta y se coloca frente a mí.
—Estoy embarazada — se siente bien confesárselo.
—¿Qué has dicho? — susurra casi en un jadeo.
Comienzo el relato de todo lo sucedió en las últimas horas desde que el médico me dijo de mi embarazo.
Sam me escucha paciente, por momentos se altera, pero se relaja cuando ve que me pone nerviosa a mí.
—¿Y qué es lo que piensas hacer? — pregunta cuando finalizo mi relato.
—No lo sé — es mi única respuesta.
—¿Crees que de verdad te creyó cuando le dijiste que todo era una mentira?
—Tampoco lo sé, pero se comportó tan groseramente, estaba tan cambiado… que seguramente — reflexiono.
—¿De verdad te dijo que por más que sea de él no iba a regresar? — inquiere incrédulo.
Asiendo volviendo a caer en el llanto y Sam me vuelve a consolar.
—Siempre lo consideré un imbécil, pero no tanto como para dejarte sola ante esta situación — esta vez estaba serio, no lo decía con enojo.
Y así estuvimos por horas, yo llorando y Sam apoyándome, él enojándose y yo calmándolo, solamente mi cuasi hermano tenía la capacidad de que con su sola presencia mi alma estuviera en calma.
Para mi desgracia esa noche teníamos invitados a cenar y como para que el drama no sea menor, eran justamente los padres de Stefan.
Me alisté como siempre, con toda la elegancia que la ocasión ameritaba, eliminé bajo kilos de maquillaje, mi demacrado rostro arrasado por la tristeza y me senté en la mesa a escuchar como mis ex suegros hablaban de la maravillosa vida que su hijo estaba llevando de viaje por Europa.
Nadie noto que mi ya quebrado corazón se fue fracturando cada vez más hasta quedar en miles de pedazos, inclusive hasta fingí que me interesaba el relato haciendo preguntas.
Todos creían que la separación había sido cuestión de los dos, que ninguno había salido lastimado, todos los días desde la ruptura me encargaba de sostener esa farsa, mis padres jamás me vieron llorar o sufrir por esto.
—¿Cómo estás? — escucho la voz de Sam cuando abre la puerta de mi habitación.
Cuando la cena había finalizado y algunos de mis hermanos habían pedido permiso para retirarse, yo también me excusé para retirarme a mi cuarto a llorar.
—No sé si ya me quedan más lágrimas para derramar — me incorporo y me siento en mi cama.
—¿Por qué soportaste ese cena? — se acerca a la cama y se sienta a mi lado.
—No me queda de otra, si no sospecharían — me encojo de hombros.
—De verdad que no entiendo tu necesidad de que tus padres crean que todo está bien, que no les demuestro lo hijo de puta y mala persona que es — ahora estaba nuevamente enojado.
—No sé si lo entenderías.
—Inténtalo — me exige.
—El padre de Stefan es amigo de mi padre desde muy pequeños, el que yo cuente lo sucedido solo va a traer discusiones entre ellos, alejándolos y dejando otra decepción a mis padres, ellos ya han perdido demasiadas personas como para que ahora pierdan a sus amigos de toda la vida.
La mayor pérdida de mis padres es mi hermano y los padres de Stefan siempre estuvieron ahí para apoyarlos, por eso innecesario crear un conflicto por esto.
—Con el tiempo este dolor se irá, nos es más que una ruptura de una pareja como cualquier otra, y no habrá valido la pena el disgusto que puedan pasar mis padres.
—Pareces olvidar el embarazo — dice Sam.
—Eso lo voy a solucionar mañana.
—No me digas que estás pensando lo que imagino — dice adivinando mis intenciones.
—Es lo mejor — es el único argumento que logro sacar.
Él se queda en silencio, asimilando mi respuesta.
—¿Estás segura? — me mira fijo para detallar mi cara ante mi respuesta.
—A menos que tú quieras hacerte cargo de él.
Las palabras salen de mi boca sin antes hacer una visita a mi cerebro, como si este las hubiera expulsado sin analizarlas, ¿acaso estaba proponiéndole a mi hermano adoptivo que nos hiciéramos cargo de este embarazo? Definitivamente, había perdido la razón.
Saco esas ideas de mi cabeza.
—Desde que el doctor me lo dijo en ningún momento me sentí feliz, no lo siento mío, nunca creí que yo fuera capaz de esto, pero es lo que me pasa.
Hago silencio y Sam no dice nada tampoco.
—No quiero tener un hijo que su padre no quiere y tampoco yo, lo sé, no quiero tener un hijo sola, que crezca sin padre, sé que soy una mierda y una egoísta, pero no puedo evitarlo — vuelvo a romper en llanto.
Sam me consuela nuevamente mientras yo lloro desconsoladamente.
—No quiero este hijo, ¿Qué pasa si nunca llego a quererlo? — sollozo contra su pecho.
—Yo estoy acá para apoyarte en todo hermana, voy a aceptar la decisión que tomes y permaneceré a tu lado sea cual sea.
En ese momento siento una electricidad correr por todo mi cuerpo, era la primera vez que me llamaba hermana y eso me gustaba.
Al día siguiente Sam se pegó a mí como una garrapata, en ningún momento trato de cambiar mi decisión, ni de persuadirme, cuando le dije que ya tenía el turno, solamente asintió con la cabeza, me pregunto el día, lugar y hora.
Llegado el momento estaba parado esperando en la puerta de la clínica y como prometió solo se separó de mí hasta el momento en el que le dijeron que no podía ingresar y esperar a que terminaran el procedimiento.
No voy a decir que fue algo agradable porque no, no lo fue, a punto estuve de arrepentirme y salir corriendo, pero no lo hice.
Los siguientes días fueron raros, una mezcla de sentimiento y emociones como si mi cuerpo fuera una licuadora, la mezcla entre la culpa, el dolor y las hormonas por la abrupta intromisión a la cual había expuesto mi cuerpo.
De más está decir quien estuvo férreamente a mi lado.