The Promise – Michael Nyman

1868 Words
Celeste Miércoles 20 de febrero de 2019 Estoy al borde de ir a un psicólogo. ¡CHRISTOPHER WATSON ME VULEVE LOCA! Que no come una cosa porque tiene mucha azúcar, que no come la otra porque se pasan de las calorías del día. - No se lo aguanta ni su madre – me tiro a la cama rebotando. He investigado diferentes comidas porque parece que ni el zancocho ni lo frijoles de mi tierra le puedo cocinar. > Me voy a desnutrir – limpio mi saliva pensando en toda la pasta que no podré comer por culpa de Mrs. Calorías. Por eso es mejor no ser fan de nadie, luego los conoces y te chocas con el mundo. Cuando veas a alguien que sonríe a menudo, que se muestra siempre cordial y tiene un físico impecable no pienses que su vida es perfecta porque no es así, todos llevan su mundo propio, y hay personas que saben muy bien diferenciar lo público de lo privado. Christopher Watson, el pianista más caro de Italia, ese hombre guapo y con una sonrisa radiante, ese mismo tiene una extraña obsesión por que come y que no, por la limpieza procurando que todo quede blanco y tan reluciente que ciega, y por la salud … tanto que pidió que un médico llegara el mismo día que me quemé para “evitar cicatrices”. Suspiro levantándome de la cama al acabar mi hora de descanso y sigo trabajando. Aunque no veas mugre Christopher si, aunque todo lo veas limpio Christopher no, así que toca sí o sí limpiar. Y justo como lo imaginé, en un solo día no se alcanza a dejar impecable todo el inmenso lugar. - Celeste – me intercepta en el salón – siéntate – señala la rectangular banca negra. Yo paso mi vista del piano a él y viceversa, desde el domingo que este hombre ofuscante no se va del apartamento y a pesar de que no he dejado de escucharlo tocar (cosa que me encanta), tampoco me ha pedido más explicaciones ni me ha regañado por nada referente a su piano. > Celeste – “¿Podrías dejar de decir mi nombre que me pones nerviosa?” – siéntate … por favor – niego con mi cabeza. - No es correcto – aprieta sus labio y lleva sus manos a sus bolsillos traseros. - Es correcto porque te estoy … - piensa que decir – ordenando – alzo mis cejas – y como tu jefe si quieres seguir con tu empleo deberás hacer lo que digo – bufo sin que me note. “Imbécil”. > No te estoy pidiendo nada raro, nada … que no hayas hecho ya – miro hacia otro lado. “Maldito”. > Celeste – lo interrumpo antes de que siga. - ¡Me siento, me siento! – camino a la carrera como un robot mientras él solo se aguanta una risilla. - Muy bien, ahora toca las siguientes notas – tanto mis ojos como mis labios se abrieron. Los volví a cerrar al ver caer su mirada en estos. En los últimos días no he sido yo la única incómoda cada que hay un silencio entre nosotros, al final terminamos mirando hacia otro lado y seguir en lo de cada uno. - De pronto – trago saliva nerviosa – lo estropeo. - No lo harás, y si lo haces Alessandro prometió pagarlo – me remuevo nerviosa – bien empecemos – se cruzó de brazos dándome la espalda. - Pero – intenté protestar pero no me dejó. - ¡Mano derecha en Do central! – hice caso como un robot – mano izquierda en Do sostenido, te mueves a un Si, La, Fa sostenido mientras que la mano izquierda … – y así siguió repitiéndome notas tras nota. A pesar de mis nervios logré seguir su ritmo y poco a poco capté la canción que me estaba dictando, como si de mi autoría se tratase simplemente la continué sin su ayuda desde cierto punto, logrando así emitir la hermosa “Claro de Luna”. > Soy fan de Beethoven – anunció al haberla terminado. - Lo sé – “y yo soy fan tuya”. - ¿Lo sabes? – asentí mientras el se recostaba en la tapa superior. - Tus entrevistas – bajé la mirada a las teclas – son interesante – escuché un “umm” de su parte. - ¿Por qué siempre bajas la mirada? – abrí mi boca pero la cerré mordiendo mi labio inferior – no lo hagas – lo mire sin entender – no muerdas tu labio – los entreabrí sin pestañear. - Me intimidas – caí en cuenta de lo que dije al verlo sonreír de lado – no … yo – no sabía que decir así que solo había algo que hacer. Huir. Me puse de pie llevando mis manos con fuerza a las teclas produciendo que todas sonaran de forma estridente, al levantar mis manos y dar un paso hacia atrás la parte posterior de mis rodilla chocó con la banca y sentí que mi cuerpo en cámara lenta se fue hacia atrás. Cerré mis ojos esperando caer y hacer el ridículo ante mi torpeza, pero un fuerte brazo se enroscó en mi cintura atrayéndome hacia adelante. Christopher dio dos pasos hacia atrás y ambos caímos, solo que esta vez yo no me desplomé hacia atrás sino hacia adelante, y en vez de caer en el frío y compacto piso caí en un pecho cuyo aroma inundó todas mis fosas nasales. - ¡Auch! – levanté mi mirada para procesar verlo con cara de dolor y una mano sobando su cabeza. - ¡Por Dios! – ambos miramos hacia la voz – hay lugares más suaves y cómodos para copular – Christopher movió su pierna y ambos volvimos a mirarnos. Un calor corrió por todo mi rostro, cuello y bajaba a la velocidad de la luz. Una de sus piernas estaba entre las mías, mis manos apoyadas en sus pectorales, mi pecho un poco descubierto por la caída y una de sus manos aún sostenía mi cintura. Me hice a un lado para luego poner de pie y acomodar mi ropa, Christopher hizo lo mismo solo que estiró su espalda también. - Nadie estaba haciendo las cochinas que haces tú siempre – me miró de arriba abajo - ¿Estás bien? – asentí mirando a cualquier lado menos a los dos hombres. - Gracias por … em – miré el piano luego a él y finalicé con el piso – no permitir que me cayera – luego miré a Alessandro. - ¡Ohh! – asintió – no me creo nada – negó varias veces con su cabeza. - Tu solo ignóralo – tomó mis muñecas y las movió de un lado a otro - ¿De verdad estás bien? – asentí sintiendo arder cada parte que Christopher tocaba – debes cuidar tus manos, es la vida de un pianista – me sonrío de forma ¿tierna? No lo sé, pero es la primera vez que podía sostenerle la mirada por tanto rato y contagiarme curveando mis labios igual que él. - ¿Pueden dejar de mirarse y besarse de una vez? – me separé quitando mis manos de las suyas y dando tres pasos hacia atrás. Aunque Alessandro me agradaba mucho sus comentarios me ponían fuera de lugar. - Me retiro – acomodo la banca y a zancadas salgo al balcón. Me escondo entre unas matas y suspiro pesadamente sintiendo como mis hombros se relajan, llevo una mano a mi pecho y otra a mi garganta para notar como mi pulso está tan elevando que hasta la cabeza me palpita. Aunque me desespera la actitud arrogante que tiene casi las 24 horas del día, hay ocasiones donde se comporta como todo un caballero e incluso como un príncipe. “Basta, es tu jefe y nunca podría estar con alguien como él”. Bajo mis manos a mis costados ante los confusos pensamientos que me arriban. “Nadie tan simple, callada, pobre y con tan poca gracias y belleza podrá tener en su vida personas con todos los atributos que me hacen falta”. Suspiro abrazándome. “No me importa, tal vez algún día encuentra mi amor destinado”. Sonrío con melancolía y busco otra entrada al pent-house, no pienso volver a ese incómodo momento. ___ - ¡Querida! – sonrío un poco al sentir el abrazo de la madre de Christopher – quería saber qué tal te está yendo – me suelta brindándome una sonrisa tierna – ven – ingresa – tomémonos un té y … - paro ipso facto mientras que yo sigo mi camino hasta la cocina – hijo – por mi rabillo del ojo la veo estática - ¿Estoy alucinando? – chaquea frente a sus ojos. Esta señora es bastante graciosa, habla demasiado pero posee esa sonrisa característica de las madres, nunca tuve a alguien que sonriera de esa forma para mí. - No mamá – abrió sus brazos – no alucinas – pegó un gritito y se lanzó abrazándolo. - Mi bebé – lo apretujó – un momento – lo soltó tomándolo de los hombros - ¿Qué haces acá? ¿Estás enfermo? ¿Te despidieron?  Ya mismo hablo con Carlo para montarles una demanda – sacó su celular. - ¡Madre! – Christopher se lo quitó y soltó una carcajada – no cambias – se acercó a la barra de la cocina seguido por ella – solo me apetecía conocer mi hogar – profundizó en la palabra “conocer” sin despegar su mirada de mí. - Y está bien lindo – les puse las dos tazas de té y con una reverencia salí del lugar - ¿Sabías que el hijo de los Blake murió? – y siguió hablando. Hasta mis 7 años siempre lloraba al ver que se llevaban a alguien menor de los orfanatos y no a mí, lloraba cuando veía la alegría en el rostro de las personas mayores al tener un nuevo integrante infante en sus familias, lloraba al sentir que me dejaban atrás, pero dejé de hacerlo por costumbre o simplemente aceptación. Luego al ver como regresaban a ciertos niños me sentía aliviada que no haya sido yo, creo que es peor que te rechacen tan directo a que lo hagan por omisión. Poco a poco fui entendiendo que hay personas que nacen para ser estrellas fugaces y brillar mientras se vive, otras son estrellas eternas que incluso muertas siguen teniendo renombre, y otras simplemente son un pedazo de masa que bien puede tener luz propia pasan desapercibidas hasta esfumarse en la inmensa galaxia. Me recuesto en el librero que estoy limpiando y me doy una cachetada interna por mi negatividad, aunque cada que veo una escena madre – hijo la melancolía viene a mí como inspiración de un artista. Cierro mis ojos y mentalmente creo un pequeña composición, una melodía triste se une a todas aquellas que he creado, porque sí, no solo toco el piano, también compongo. Pero ese será un secreto que me llevaré hasta ser parte de la galaxia.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD