Capítulo 4

2378 Words
La sensación de algo húmedo y un tanto viscoso impactando repetidas veces contra su brazo, despertó a Aris. Al sentirlo esta vez en su mejilla, no pudo evitar que una suave risilla se le escapara ante las cosquillas que provocaba dicha acción. —No, para... eso da cosquillas —rio suave, empujando con sus manos. Por supuesto, sus palabras fueron ignoradas. Al levantar sus párpados, el joven humano observó una fila de dientes puntiagudos, con aspecto muy peligroso, solo a unos centímetros de su rostro. Aliento cálido fue expulsado y luego esa gran lengua estaba sobre su mejilla otra vez, dejándola toda babosa con su abundante saliva. Lejos de sentir temor, Aris solo se carcajeó alegremente. Sus manos se movieron para empujar desde la mandíbula inferior y por esa húmeda nariz. La bestia no se enojó, pero tampoco se movió. Ignorando al humano, siguió con lo suyo. —Ya, d-dije que suficiente —exclamó riendo alegremente. Tras otra lamida, el gran lobo se detuvo. En silencio, pareció estudiar los lugares que tocó y, satisfecho con lo que observó, retrocedió. Completamente confundido, Aris se incorporó en sus codos y contempló cómo este cruzaba la sala hasta su usual esquina. Al llegar a ella, giró un par de veces sobre su mismo eje y luego se derrumbó. —¿Qué fue eso...? —murmuró Aris con cierto tono confuso, pero su expresión revelaba curiosidad pura. Impulsándose con sus manos, se sentó en la cama improvisada. Sintiendo algo escurrir de su brazo izquierdo, Aris lo observó e inclinó ligeramente su cabeza. El nuevo vendaje que se hizo fue quitado, dejando expuesta su herida. Esta brillaba con saliva de hombre lobo, pero a diferencia de los otros días, no tenía ese borde hinchado y rojizo; se veía... Bien, mucho mejor. Llevando su mano hacia su mejilla, tocó el ligero corte. Sus dedos se encontraron con una delgada línea de costras. Comprendiendo lo que la bestia hizo, Aris le observó con una expresión agradecida. Aunque entendía que entre los animales era casi instintivo lamer sus heridas para sanar, no era lo mismo para los humanos. Aun así, estaba conmovido porque este pensó que podría ayudarle así. —Gracias. La bestia resopló con fuerza, moviendo algunas motas de tierra del suelo, y fingió no reconocer su presencia. Sonriente, Aris alzó la mirada hacia la ventana rota. El cielo mostró partes de un hermoso atardecer que, en cierta forma, no le sorprendió. Bajo la situación en la que se encontraba, herido y huyendo de personas que aparentemente le estaban siguiendo armados, ni siquiera sabía exactamente cuánto tiempo o días llevaba en dicha isla. Con lo débil que se estaba, su cuerpo se desmayaba fácilmente y quedaba inconsciente por unas largas horas. Perfectamente pudo haber naufragado el día anterior a la isla y haber sido atacado esa mañana, así como podría llevar una semana. Sinceramente, Aris no tenía bien el sentido del tiempo en ese momento, pero ese era el menor de sus problemas. Con aquellos hombres apareciendo armados, era bastante obvio que no fue el único al que el mar llevó hasta esa isla. Y como utilizaron sin piedad alguna sus armas, claramente estaban cazándolo, al igual que hicieron con los demás que viajaban en el barco. —Si ellos pudieron llegar, me pregunto si mi maletín con mis pinturas también llegó a la costa... —murmuró pensativo. Otra vez, no se supone que esa debería ser una preocupación en su situación. Su hermano sería la histeria en persona en su lugar, mientras que sus padres ya se habrían armado completamente para sobrevivir. Bueno, su padre habría hecho lo principal, conseguir un refugio y comida, mientras que su madre se preocupaba de idear un plan para salir y elegir los alimentos no venenosos para cocinar. Dando una lenta mirada a su alrededor, una sonrisa desganada, pero sincera, surcó entre sus labios rosa, provocando que unos pequeños hoyuelos surgieran en sus mejillas. —Bueno, al menos tengo un refugio. No es lo ideal, pero es un techo sobre mi cabeza, y paredes que impiden que animales salvajes entren, ¿cierto? —pensó en voz alta, viéndole el lado positivo a la situación. Con su estómago rugiendo otra vez, Aris lo observó y aspiró por sus labios entreabiertos, emitiendo un suave silbido. —Supongo que una manzana no fue suficiente para ti, aunque sí siento un poco más de energía que antes —comentó—. Decidido está entonces; debo ir a buscar más comida. Con dicha declaración, el joven humano se levantó. Desde su esquina, el gran lobo barrió su cola y diferentes tipos de frutas y verduras rodaron hasta sus pies. Aris lo miró con sorpresa. —¿Lo conseguiste para mí? Esa gran cabeza peluda resopló y se movió agraciadamente para ignorarlo, pero al quedarse mirando fijo en un rincón, Aris sintió curiosidad. Al seguir su mirada, se encontró con un conejo. Pero no era un simple conejito, no. Era un gran conejo regordete y... decapitado. Lentamente, Aris alzó la mirada hacia la esquina, pero la bestia ya no estaba ahí. Mirando a su alrededor, lo encontró custodiando la única entrada y salida de aquella choza. Era bastante evidente que dicho hombre lobo no tenía intención alguna de dejarle salir. Y considerando que las dos veces que se alejó de la casa, Aris terminó lastimado y desmayado, no es que le molestara mucho. Especialmente cuando no tenía ni idea de cuántas personas lograron llegar a la isla. —De acuerdo, sigamos tu plan —aceptó y se agachó. Aris pareció percibir que esta vez la gran bestia logró entender sus palabras, por la forma en que su postura se relajó brevemente, aun si siguió entre la ventana y la puerta. —Realmente me entiendes, ¿cierto? Yo sé que una parte dentro de ti debe escuchar mi voz. Me has entregado todo lo que he necesitado. Y ayer cambiaste parcialmente para protegerme, eso debe significar algo —comentó. Por supuesto, el contrario no mostró señal alguna que comprendiera sus palabras. Lejos de sentirse molesto, Aris solo soltó una suave risa y siguió separando los alimentos. —Está bien, puedes fingir que no existo. No sé si te lo dije, pero mi hermano mayor hace exactamente lo mismo, por lo que estoy acostumbrado. Mientras no te moleste escuchar mi voz, creo que podremos convivir bien, ¿cierto? —le observó y sonrió—. Sí, cierto. Con los alimentos separados, Aris asintió. —Bien. Cocinar. Fácil. Si puedo manejar óleos, acrílicos, pinceles durísimos y lienzos que se rompen con nada... definitivamente podía hacer una especie de guiso básico. Tirando una pequeña manta de su cama improvisada, Aris metió en el interior todo lo que iba a ocupar. Cerrando dos extremos en un nudo, creó un bolso el cual colgó en su hombro derecho. Tomando de las patas al conejo, se alzó y lo observó. —La verdad es que nunca he despellejado un conejo o cualquier animal, pero he visto cómo lo hacen. Mi padre era un buen boy scout y me enseñó todo lo básico para sobrevivir en el bosque por si me perdía en nuestras salidas —explicó hacia la bestia—. Claro, también me dijo que si alguna vez me llego a perder, solo debía de subir a un árbol y gritar como loco hasta que me encontrara. Pero eso fue cuando tenía cinco años; puedo hacerlo mejor ahora. Aunque hasta el momento no ha funcionado —rio. Con la mirada de la bestia, Aris se desplazó por la casa, esta vez prestando mucha más atención a los rectángulos sin puertas. La primera habitación que encontró fue una especie de cuarto pequeño llena de moho producto de la lluvia que se deslizaba por el gran hueco en el techo; esa la clausuró enseguida. La segunda era una biblioteca que había visto mejores días, y aunque tenía estanterías con libros, dudaba que alguno se hubiera salvado del tiempo. —Después vendré a revisarte, recuérdamelo —murmuró a la nada y siguió con su camino. Las siguientes habitaciones que encontró se trataban de una habitación y una especie de baño en conjunto. Ambos necesitaban arreglos, pero a diferencia de las otras dos habitaciones, no estaban en tan mal estado. Al seguir, finalmente encontró la cocina al fondo de un pasillo largo y húmedo, donde el techo rezumaba gotas y las paredes estaban invadidas de raíces pequeñas. Cuando empujó la puerta, esta rechinó de forma tan dramática que Aris casi se disculpó por abrirla. Dentro, encontró una cocina de hierro anticuada, cubierta de hollín. Había una mesa rota, algunos cajones descolgados y, después de rebuscar con insistencia, halló utensilios que milagrosamente aún servían para su propósito. Desde una olla pequeña con fondo abollado, un cuchillo viejo pero afilado y finalmente una cuchara de madera que parecía haber visto tres guerras distintas. Haciendo un pequeño arreglo provisorio a la mesa, Aris la dejó algo estable, no era definitivo, pero serviría. Colocando el conejo sobre esta, esperó unos minutos. Como no se derrumbó ante el peso, el joven humano asintió satisfecho con su trabajo y dejó el bolso con sus verduras y frutas. —Perfecto... MasterChef edición apocalipsis, allá voy. Comenzando por lo más difícil, Aris buscó algo que sirviera como contenedor para desechar las cáscaras junto a lo innecesario del conejito. Tomando el cuchillo, empezó la limpieza de este. Su nuevo amigo lobuno se asomó a la puerta, medio encorvado por su gran tamaño, y observó a Aris como si estuviera haciendo un ritual misterioso. —Sorprendido, ¿no? La verdad es que yo también, no creí recordar tan bien lo que me enseñó papá —comentó tan concentrado como podía estarlo—. Bien, creo que ya hice todo lo que debía hacer. Suspirando ruidosamente, Aris alzó la mano que sostenía el cuchillo y la acercó a su rostro para quitar el sudor de su frente. La bestia peluda gruñó en advertencia, deteniéndolo. Observando lo que sostenía, el joven castaño rio descuidadamente y cambió por la otra. —Que conste que sí lo sabía, solo te colocaba a prueba —expresó dejando un rastro de sangre en su frente—. ¿Qué? —preguntó ante la mirada de la bestia. Esta pareció soltar una especie de resoplido y Aris se encogió de hombros. Siguiendo con su trabajo, cortó las verduras y lavó lo que pudo en un balde con agua de lluvia que encontró. Dejando la mitad de esta para cocinar, acomodó el conejo sobre la olla junto a las verduras con cierto orgullo. Su siguiente lucha fue encender la cocina de leña. Fue un procedimiento un tanto tedioso, ya que su padre nunca le enseñó a encender el fuego con la ayuda de dos piedras. Aun así, Aris lo intentó hasta que se aburrió y lanzó ambas dentro del cuadrado. Una chispa surgió, y la leña seca en su interior rápidamente prendió, sorprendiéndole de que aún funcionara. Las llamas iluminaron su rostro pecoso y cansado, pero aun así una sonrisa llena de victoria prevalecía. —Listo —dijo, poniendo las manos en la cintura—. ¿Ves? Te dije que sí podía —anunció todo orgulloso. Ponto, el humo que producía el fuego comenzó a encerrarse en el cuarto. Tosiendo, Aris entrecerró sus ojos sintiendo cierto ardor. Agitando una mano frente a él, buscó a su alrededor hasta que encontró una ventana. Sin dudarlo, se acercó y empujó hasta que logró abrirla. De manera natural, la nube plateada siguió su camino hacia la abertura, permitiéndole respirar. —Uff, deberían de poner una especie de advertencia para esto, ¿cierto? —preguntó hacia el gran lobo—. Tú podrías haberme dicho algo también; te dije que entiendo el idioma de los gruñidos. Vives aquí, deberías saber que eso podría pasar —indicó solo un poco quejoso. Este solo le observó, y aunque no dijo nada ni su expresión cambió, Aris pudo sentir algo en su mirada, en ese profundo tono azul verdoso. Percibiendo cierto aroma, Aris parpadeó y observó la olla. Con esta dando los primeros indicios de estar hirviendo, se quedó de pie ante ella, observándola fijamente. —Ahora, este es el punto importante. Siempre fallo en esta parte, por lo que no debo distraerme... —anunció. Y aun así, ahí mismo, algo en la pared frente a él llamó su atención. Un mural desgastado estaba escondido bajo capas de mugre. ¿Un mapa antiguo? ¿Tal vez parte de la historia de la casa? Aris, como un artista curioso hasta la médula, alzó la mano y lo tocó. Un poco de tierra seca y firme cayó. Siguiendo el camino que era revelado ante él, dejó la cocina sin pensarlo dos veces y buscó hasta que encontró la pared donde residía toda la obra. —Oh... esto es hermoso, mira... —susurró, tocando la pintura con fascinación. Ante su distracción, ocurrió lo que temió. El tiempo pasó. La olla empezó a humear, luego a soltar un olor sospechoso. Algo que definitivamente se olía mal. Para cuando Aris regresó a la realidad, ya era tarde. —Ay, no... ¡no, no, no, NO! Una flama alta lamió el costado de la olla. La grasa del conejo ardió y se extendió por un trapo cercano, provocando un fuego pequeño pero peligroso sobre la cocina. Aris se quedó helado un segundo y luego reaccionó. —¡¡AH, MIERDA–!! Con desespero, observó a su alrededor en busca de agua. La bestia entró de un salto, su cabeza casi topando el techo y su gran cuerpo chocando con otras cosas. Sus garras golpearon el piso, levantando polvo. Con un gruñido profundo, aplastó el fuego con sus patas, apagándolo con fuerza bruta y un movimiento seco. El olor a quemado y a pelo ligeramente chamuscado llenó la cocina. En un silencio absoluto, la bestia volvió la mirada hacia Aris con su respiración pesada y los colmillos al descubierto. Aris tragó saliva—. E-en mi defensa... soy mejor pintando que cocinando —intentó sonreír, tembloroso. La bestia lo miró. No hubo palabras, ni comprensión... pero sí algo parecido a un suspiro exasperado. Aris sintió el calor subiendo a sus mejillas, un tanto culpable y avergonzado. —Bueno... creo que hoy cenamos verduras.
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