Para evitar que me caiga, él me toma del brazo con una mano y del hombro con la otra, logrando así estabilizarme y ahorrándome, en el proceso, la enorme vergüenza que sería para mí caer al suelo en frente de él. Su toque envía poderosas corrientes eléctricas por mi piel, pero cuando ve mi expresión asustada y se atreve a sonreírme, ese simple gesto desatada una poderosa oleada de calor que me recorre el cuerpo entero en cuestión de pocos segundos. Cuando recuerdo, vaya a saber Dios porqué, las fantasías que tuve con él mientras estaba bajo los efectos de la marihuana, no solo me da más calor del que ya tengo, sino que me ruborizo hasta el punto en el que me aparto de él en un intento de ocultarlo.
—¿Estás bien?—me pregunta, añadiéndole un poco más de picante la situación con el perfecto tono profundo y aterciopelado de su voz—. ¿Te pasó algo?
Con un esfuerzo enorme por mi parte, logro serenarme lo suficiente antes de responder:
—No pasó nada, todo bien. Venía distraída y no te ví, pero gracias a ti no terminé en el suelo estampada como una calcomanía.
—No me refería a eso—replica él, sonriendo un poco más—. Quiero decir que antes de chocar conmigo, cuando venías en mi dirección, parecías un poco perturbada. En realidad mucho, si soy sincero.
¿Conocen esa sensación cuando, de pequeña, te atrapaban con las manos en la masa haciendo algo indebido y no podías negarlo porque literalmente estaban viendo cómo lo hacías? Pues bien, más o menos así es como me siento yo ahora mismo; como una niña pequeña atrapada en medio de una mentira. A este tipo no lo conozco de nada, y por lo tanto sé que no tengo ninguna obligación de contarle nada, sin embargo, como parece haberse dado cuenta por sí solo que no estoy bien del todo, decido darle una versión en extremo escueta y resumida de mi drama con Kendrick de hace un momento, solo porque tengo que responder algo, y solo porque sé que, si le miento, de seguro terminará dándose cuenta de eso también.
—No es nada grave—le aseguro—. Solo una clase que no salió tan bien como yo esperaba. Eso es todo.
—Lamento escuchar eso—me dice, de pronto muy serio—. ¿Qué dices si te invito a un café para compensarte?
—¿Compensarme?—repito yo—. No tendrías por qué hacerlo. No es tu culpa que haya tenido una mala clase.
Con una expresión de lo más encantadora, él hace que piensa en mis palabras durante unos segundos. Luego chasquea los dedos como si acabara de tener una idea maravillosa, y entonces me dice:
—Tienes razón. En ese caso, quiero invitarte un café para agradecerte por salvarme de los cobradores—me dice, tomándome por sorpresa—. ¿Qué dices de eso?
Antes incluso de decir una sola palabra, sé muy bien que voy a terminar aceptando. Ya para este momento es más que obvio el magnetismo que este tipo tiene, algo que está muy ligado a su buen aspecto físico y ese aire de Bad Boy que emana de él como un perfume. Sé muy bien que, si yo lo permito, probablemente terminaría en su cama para tener buen sexo y luego ser olvidada e ignorada por completo, sin embargo, por aceptarle el café no significa que también esté aceptando entregarme a él así solo porque sí. Además, con todo el drama que acabo de pasar con Kendrick, distraerme un poco no me vendría nada mal.
—De acuerdo,acepto—le respondo finalmente—. Sin embargo, tengo una condición.
Con una ceja enarcada, él me pregunta:
—¿Y cuál es?
—Que solo te voy a aceptar el café si me invitas también a un muffin para acompañarlo. Acabo de darme cuenta de que tengo mucha hambre.
No sé por qué he dicho eso si ni siquiera tengo hambre de verdad. No obstante, cuando veo que él se echa a reír de una forma francamente sexy, con la cabeza echada hacia atrás y su nuez subiendo y bajando por su cuello, entiendo que fue lo mejor que pude haber dicho.
—Me parece totalmente justo—dice él, una vez ha superado por completo su ataque de risa—. Y como se suele decir, las Damas primero.
—En ésta ocasión puedes ir tu adelante si quieres—le digo—. No sé adónde me vas a llevar, y prefiero seguirte que estar adivinando el camino.
De nuevo muy sonriente, el acepta mis palabras con un gesto de la cabeza para, acto seguido, abrir la marcha.
Dispuestos alrededor de todo el campus de la universidad, hay cientos de tiendas de comida y restaurantes de todo tipo. A mí me gustan mucho, pero al mismo tiempo no puedo evitar verlos como una forma más de nuestros padres y los directivos para intentar mantenernos a todos bien encerrados y vigilados en este lugar; somos como una especie de hamsters súper desarrollados. He probado todos los puestos que hay, y sin duda alguna puedo decir que el de pastelería Europea es el mejor de todos. Por eso, me parece una coincidencia de lo más agradable que sea justo este el lugar al que él Dealer me ha traído.
—¿Qué tipo de café tomas?—es lo primero que me pregunta, nada más sentarnos.
—Expreso—respondo de inmediato, porque la verdad es la única forma en la que me gusta el café.
—¿Y qué hay del muffin? ¿De que lo quieres?
—De moras azules, por favor.
Cuando uno de los camareros se acerca por fin hasta nosotros, él hace el pedido basándose en lo que yo le he dicho; como pide doble ración de todo, me doy cuenta que ya ha decidido tomar y comer lo mismo que yo. No sé por qué algo tan simple me causa tanta emoción.
—Por cierto, soy Oliver Hopes—me dice de pronto, tomándome desprevenida. Cuando lo miro, con la pregunta escrita en mis ojos, él agrega—: Sé que ya me presenté antes, pero estabas tan choqueada, que me pareció oportuno hacerlo una vez más por si te habías olvidado de eso. Solo por precaución.
Y tiende hacía mi una de sus enormes manos de dedos delgados y ágiles. Descartando esa parte fogosa y mal pensada que a veces surge en mí, le doy un rápido apretón antes de decir:
—Un gusto. Yo soy...
—Abby Lines—me interrumpe él, sonriendo, mientras me da un apretón un poco más fuerte de lo debido antes de retirar su mano de la mía—. Lo sé, yo sí lo recuerdo.
—Yo también lo recuerdo—replico de inmediato, sin saber por qué de pronto me he puesto tan a la defensiva con él, que no me ha hecho nada—. Por suerte me acuerdo con detalles de todo lo que pasó ese día.
—Perfecto. En ese caso, si recuerdas todo lo que hiciste, comprenderás el porqué de mi agradecimiento.
—No fue nada más que simple y pura suerte—replico—. No tenía ni idea de qué hacer con un arma, con una pistola. Nunca había usado una, y la verdad no creo que vuelva a hacerlo por decisión propia.
—Aun así lo hiciste—me dice—. Y yo he aprendido en más de una ocasión que a veces vale más el arrojo que la habilidad en sí.
Pese a que no sé muy bien qué decir luego de semejante frase tan halagadora, estoy a punto de contestar cuando la llegada del mesero con nuestro pedido me interrumpe, arrebatandome la oportunidad de hacerlo. Durante un rato, nos dedicamos más que nada a tomar nuestros cafés en completo silencio, él mirándome cada tanto, y yo refugiandome en mi muffin y mi taza para escapar de sus ojos, esos ojos tan bonitos y al mismo tiempo tan penetrantes que me hacen sentir desnuda en más de una forma. Al final, por supuesto, el silencio no termina siendo eterno, por lo que encuentra su final cuando él dice:
—Por cierto, quería preguntarte algo importante ahora que tengo la oportunidad de hacerlo.
—¿De qué se trata?—pregunto yo a mi vez, instantáneamente picada por la curiosidad.
—Quería saber cómo puedo agradecerte realmente lo que hiciste por mí el otro día, de qué forma puedo retribuirte el favor. ¿Qué tienes en mente? Tú solo dilo y lo tendrás.
Al principio creo que se trata de una especie de broma, por lo que guardó silencio y espero pacientemente a que se eche a reír o algo así. Sin embargo, cuando el tiempo pasa y veo que no hace nada de eso, le pregunto:
—¿Agradecerme? ¿A qué te refieres?
—Pues...a eso, a agradecerte—responde él, como si de verdad no entendiera mí pregunta—. Sé que probablemente dirás que no estoy obligado a hacerlo, pero quiero devolverte el favor de alguna forma, y es por eso que quiero preguntarte qué tienes en mente. Qué se te ocurre. Anda, dilo.
—¿Y qué no se supone que este café era ya el agradecimiento?
Ésta vez él sí que se echa a reír, aunque por una razón completamente diferente. De cierta forma, aunque no sé qué es lo que he dicho que le resulte tan gracioso, siento que he metido la pata hasta el fondo, siento que la he embarrado magistralmente, y por eso no puedo evitar sentirme avergonzada. Espero a que él se calme un poco, y una vez noto que es capaz de hablar, le pregunto bajo mi propio riesgo:
—¿Por qué te ríes?
—Porque me hace gracia que pensaras que un café y un muffin iban a ser mi manera de darte las gracias—responde él, todavía muy sonriente para mi gusto. Digo, me encanta lo guapo que se ve cuando sonríe, pero no me gusta que lo haga a costa mía—. ¡Por supuesto que no lo son! Lo dije solo como un pretexto para poder conversar contigo, y pensé que tú estabas enterada.
Un poco molesta ya con todo este asunto, dejo mi comida de lado y, tras cruzar los brazos sobre el pecho, le digo:
—Pues no, no estaba enterada. Pensé que de verdad esta era su forma de agradecerme, porque en realidad no me parece gran cosa lo que hice.
Ésta última parte, claro, la digo solo como una especie de venganza por su burla, que en realidad es algo más bien infantil, pero es la única puya que se me ocurre para lanzarle por haberse estado burlando de mí.
—¡Por supuesto que lo es! ¿Te he dicho ya que me salvaste la vida de la forma más literal posible? ¡Porque lo hiciste! Es por eso que mas te vale ir pensando qué quieres de vuelta, porque no voy a parar hasta darte al menos una cuarta parte de lo que tú me diste ese día con tu valor y tú coraje.
La rabia infantil y francamente injustificada que sentí antes, se ve irremediablemente sustituida por la vergüenza y el bochorno, que parece que ya va siendo una costumbre entre nosotros dos. La verdad no me molesta que me halague tanto, es solo que lo hace de forma tan directa, sin pena, que me toma por sorpresa y no sé cómo reaccionar. El ambiente luego de eso se torna más bien cómodo, pero solo por un momento muy corto que pronto pasa a la historia cuando, de golpe, una mano se estrella en la mesa, y una voz furiosa que conozco muy bien dice:
—¿Qué demonios está pasando aquí?