Capitulo 12

2318 Words
12   —Mi padre murió cuando teníamos ocho años — explicó Azarías con pesar y tristeza —, yo recuerdo todavía cuando mamá recibió la noticia, recuerdo verla caer de rodillas y llorar sin que nada pudiese consolarla, fue una de las últimas veces que pude ver a mis tíos. Me destruía ver a Azarías tan vulnerable, él siempre se había mostrado distante y serio, al menos que tuvieses confianza con él o pertenecieses a su pequeño y cerrado grupo de confianza. El pesar me estaba ahogando más ahora de lo que lo hizo en aquel momento. Ahora yo estaba consciente de que estaba recordando teniendo la reciente imagen de Azarías gritando mi nombre. Estando tan cerca y la vez tan lejos. Tan prontos a tocarnos como líneas paralelas, muy cerca una de la otra y nunca llegando a tocarla. Mi cabeza caía hacia un lado, no me movía, no tenía caso. Mi mirada estaba perdida porque mi concentración estaba en el momento que estaba recordando. Donnelle estaba sentada frente a nosotros, Azarías me rodeaba con su brazo derecho aferrándome a él y con su mano izquierda jugaba con la mía. Su mirada triste me angustiaba, su preocupación se había vuelto la mía. —Yo estaba en clases de violín cuando eso aconteció— explicó la gemela —, lo curioso es que ese día mi violín se cayó y se rompió completamente, creí que él se enojaría conmigo porque fue él quien me lo obsequió, pero supongo que fue la vida diciéndome que lo había perdido. Donnelle amaba tocar violín y era muy buena en ello. —Fue cuatro años después cuando Azarías comenzó a vivir la peor parte. Lo miré de inmediato fijándome en cómo sus hombros decaían y su cabeza también, entonces me sujetaba con más fuerza. —Todo estará bien ahora — intenté animar acariciando su rostro. Azarías alzó la mirada hasta la mía y habló con determinación: —Mis amigos comenzaron a morir de formas trágicas, yo era solo un niño de doce años — dijo con nostalgia —, llegaban cartas a mis mochilas, me prometían que me harían sufrir como mi padre lo hizo sufrir. —Mi madre estaba bastante alterada porque no podía creer que la historia se estuviese repitiendo, porque nuestra familia ya tuvo una experiencia parecida cuando... — escuché a Donnelle comenzar a relatar, pero luego no pude concentrarme en lo que decía. No pude mirarla, Azarías me tenía presa en sus brazos, en su mirada, en él, No solo por el efecto que causaba en mí, sino porque sabía que me necesitaba. —Estoy aterrado, Isobell — susurró débilmente —, no quiero perderte. —No vas a hacerlo — prometí —, no vayas a sacarme de tu vida, nos necesitamos. Y entonces fue cuando él lo dijo por segunda vez, con más fuerza que la primera ocasión, con más determinación: —Te amo, Isobell. Sollocé al recordar aquello, se sentía tan lejano y a la vez tan real. Mi mente contenía momentos de felicidad y angustia que valieron todo, sin embargo, me daba solo las pequeñas porciones que necesitaba. El cuerpo humano es frágil, delicado, puede quebrarse en cualquier momento. Sentía mis huesos tan débiles como una hoja de papel, el tejido de mi piel quebradizo como castillo de arena seca y mi cerebro como un débil cristal sentido que, con un golpe seco en el punto exacto, se rompería en trozos. Mi cerebro como un cristal, delicado, transparente porque todos sabían lo que había dentro de él menos yo. Pero estaba perdida, mi memoria estaba perdida. Un cristal perdido. —Muévete, princesita — exigió el hombre que me había lanzado al helicóptero. No me moví ni un centímetro, me sentía como un cascarón vacío. Estuve muy cerca de la libertad. —¡Es que es inútil! — se burló su compañero. Me sacaron de un jalón y pronto mis rodillas golpearon el suelo. No podía seguir llorando, no iba a complacerlos. —¿De verdad vas a actuar así? — regañó uno. —Es que Cóndor ha estado torturándola muy bien — se burló el otro —, ¿no es así, princesa? No respondí, me quedé callada, solo comencé a levantarme a pesar de la dificultad, no iba a dejarme maltratar, al menos psicológicamente. Yo decidí aceptar a Azarías con todos sus verdugos, estaba aquí por él, pero porque yo lo decidí. Yo lo escogí sobre cualquier peligro porque lo amaba. Y este secuestro era solo el indicativo de que mi palabra estaba siendo probada. Mi amor por él estaba siendo probado. —¿Te crees muy valiente? — preguntó el primero carcajeándose al final. Pronto sentí una patada en la parte trasera de mis rodillas que me mandó al suelo otra vez. —Es una perra inútil. Intenté volver a levantarme, pero entonces una patada en mis costillas me hizo rodar sobre el piso de cemento. —Dijeron que podíamos torturarla. Luego vino otra patada a mis piernas, seguida de otra y otra. Escupí sangre, el aliento ya me faltaba, estaba a punto de desmayarme, el dolor era bastante agudo en todo mi cuerpo. Pero no podía flaquear. Yo sabía con certeza que Azarías no se rendiría hasta encontrarme. Porque si yo estaba ahora, plenamente segura de mi amor por él, también estaba segura de que él sentía por mí. No iba a rendirse hasta tenerme a su lado, tal como hizo para conquistarme… aunque eso no le costó demasiado. —¡Ya basta! — exigió alguien — ¡Es suficiente! Unas manos tomaron mis hombros y me ayudaron a sentar. Me quejé del dolor, pero luego enfoqué mi vista. —Sasha... —¡Tenemos permiso para torturarla! —gritó el que me había aguantado todo el tiempo —¡Pero no de matarla! — devolvió el grito con desesperación — Ya es suficiente, Cóndor quiere verla. —¿Cómo te sientes? — preguntó. Lo miré haciendo una mueca. —Mala pregunta, lo comprendo — se corrigió. —¿Cómo es que estás aquí primero que yo? — pregunté con voz ronca. —Vamos, arriba — dijo con esfuerzo mientras me ayudaba a colocarme de pie —, la respuesta es sencilla, Cóndor tenía otros infiltrados y logró huir arrastrándome consigo. Pasa tu brazo por acá — indicó colocándolo sobre sus hombros —. Bueno, entonces te mantuvieron a ti dando vueltas durante horas en otro terreno para evitar ser descubiertos. —¿Nada más por eso? — me quejé al comenzar a caminar. —Y porque Cóndor tenía otro plan en manos — habló con pesar —, realmente siento mucho que tengas que pasar por todo esto... —Está bien, está bien — cerré un poco mis ojos por el dolor que conllevaba caminar —. Pude haberme alejado de esto, pero yo sabía lo que estaba tomando cuando escogí a Aza. Era ya de noche, el cielo estaba oscuro y el frío calaba por mis heridas. Pude enfocar una estructura de metal bastante alargada. Estábamos en unas bodegas o algo parecido. Eran muchísimas. Los hombres de Cóndor nos llevaban varios metros de distancia, el helicóptero había quedado a nuestras espaldas hace tiempo y todo lo que se escuchaban eran los grillos y mis quejas, hasta que Sasha bufó. —¿Qué estás cansado? — me detuve un poco para alejarme de él, pero negó con su cabeza. —No es eso. Continuemos o será peor. —¿Entonces… de qué… va? ¿Cómo… que peor? Sasha volvió a suspirar y entonces dijo: —No comprendo cómo, aún con todo lo que estás viviendo, sigues aferrándote a quién te arrastró a esto. Allí me detuve bruscamente y me alejé casi cayendo en el proceso. —¡Azarías no tiene la culpa de nada de esto! ¡El malo es Cóndor! ¡Él es el culpable! Sasha asintió y me extendió su brazo. —Ciertamente, no lo es. —¡Apúrense allá o Cóndor se desquitará con ambos! — aseguró uno. No se dijo más entre nosotros. Me limité a caminar a su lado y moverme. Ya no me quedaba otra opción. Huir no era viable cuando todo lo que había a nuestro alrededor eran kilómetros y kilómetros de cajas metálicas. Escuché entonces las olas… estábamos en una costa. Al entrar a una de las bodegas, otro hombre de Cóndor me tomó con brusquedad y me arrastró a través de puertas y puertas que no pude diferenciar. El maltrato a mi cuerpo pasó factura, ya no conseguía soportar el dolor.     . Estaba muy cómoda y cansada. Decidí seguir durmiendo.       .   Abrí mis ojos. Odiaba el hecho de desmayarme tan seguido y despertar en una nueva habitación. Me senté sin mucho esfuerzo, así que pude notar que me sentía bien, mi cuerpo dolía un poco, pero era tolerable, mi cabeza no se sentía pesada, no estaba cansada, quizás me habían permitido dormir luego de haber tratado mis heridas. De hecho, estaba en una cama muy cómoda, el ambiente era cálido… Iban a hacerme sufrir aún más. No había otra explicación, Cóndor realmente podía ser muy siniestro, me había permitido recuperar fuerzas para así poder torturarme más. Sacudí la cabeza, no quería llorar de nuevo de frustración, no iba a ser tan débil. Mi vista se enfocó en la pared de al lado. Toda la pared estaba llena de fotos. Miré en otra dirección y en otra, estaba rodeada de fotos, frente a mí, unos metros más allá, se encontraba un televisor colgado en la pared, debajo de este había una mesa con un montón de objetos encima. Respiré profundo y salí de la cama, el dolor en mi pierna se hizo presente, por lo que tambaleé y luego encontré el equilibrio para caminar sobre mi otra pierna. Caminé por la habitación y detallé las fotos: Eran fotos mías durante el año que perdí. En la mayoría estaba con Azarías, en otras salíamos con su familia, con la mía, con nuestros amigos, en la universidad, en parques, cines, incluso en un acuario, otras eran solo fotos que sin duda yo le tomé a Aza, otras que él me tomó a mí… Muchas de esas imágenes hicieron eco en mi cabeza, algunas amenazaban con venir a memoria y otras no traían nada. Mi cabeza había comenzado a doler. Había un nudo en mi garganta… Llegué a la mesa con dificultad, tratando de no colocar demasiado peso en mi pierna herida y observé todo lo que había sobre esta. Una cajita sin tapa donde había entradas… —Esto es mío. Sin duda era mío, era algo que yo haría, guardar entradas de cine, al acuario, parques de diversiones, me gustaba guardar esos recuerdos. Junto a eso, un jarrón transparente con una etiqueta que decía: Cosas que noté y me enamoraron de ti. La escritura a mano no era mía por lo que tenía que ser de… —Aza. Sonreí melancólicamente mientras destapaba el envase, lo cual no fue sencillo por tener un brazo también lastimado. Tomé uno de los papelitos y este decía: Pasas el cabello detrás de tus orejas cuando estás bajo presión. Reí, eso era cierto. Tomé otro rápidamente. No eres capaz de disimular tus emociones. Tomé uno más: Cuando estás estresada amas tomarte un mocaccino. Mi mente logró distinguir un día en el que estábamos en la universidad, yo acababa de terminar un examen de Estructuras, el profesor había salido ya y mi cerebro no daba para más, me sentía abrumada, confundida… estresada, con ganas de gritar, no entendía bien qué había pasado con ese examen. Reposé mi cabeza en las manos intentando poner la mente en blanco, y estuve intentándolo por un buen tiempo hasta que él llegó colocando un mocccino en mi mesa y dándome un beso en la frente: —Me dijiste que tendrías examen con este sujeto hoy, sé perfectamente lo que sus exámenes pueden hacerle a tu mente. Inmediatamente tomé otro papelito: Tienes una risa muy escandalosa… y contagiosa. No creí que Aza fuese así de detallista y tierno. Me dolió el pecho… yo sí lo sabía… lo había olvidado. Él me conocía, sabía de mí pequeñas y grandes cosas, y yo había olvidado todo de él, lo que le gustaba o lo que le desagradaba, lo que me había tomado tiempo aprender lo había olvidado… de acuerdo a la fecha en la que desperté… por ocho meses enteros. Ahora, quería que todo volviera y no era como si todas aquellas fotos y detalles no estuvieran haciendo efecto, pero era abrumador, las imágenes querían llegar todas y al final no terminaba de llegar ninguna, como una multitud aglomerándose en una salida de emergencias. Tomé el sweater al final de la mesa y lo desdoblé. Era grande, sin duda había pertenecido a Aza, era de color gris, y en la espalda se encontraba una letra I. Era mi inicial porque nos habíamos hecho esos sweaters de pareja, el mío tenía una A en la espalda y los hicimos gris porque era el color favorito de Aza. Abracé el sweater, eran tantos momentos que había olvidado, momentos que Azarías tenía y que yo ignoraba. Lo dejé solo todos estos meses, como si ambos hubiésemos estado encerrados en nuestro propio mundo y yo me hubiese ido dejándolo solo en el lugar que se suponía era nuestro refugio. —Lo siento mucho, Aza — sollocé—, lo siento, perdón. El televisor se encendió, salté del susto. Un video comenzó a reproducirse. Yo estaba sentada en medio de un escenario, estaba vestida elegantemente, parecía una boda, yo estaba cantando. Luego, la cámara cambió enfocando así a Donnelle junto a Azarías: —Miren esto, tan concentrado en su chica — dijo ella señalando a su hermano —. Dime, Aza, ¿qué se siente saber que ella te está cantando a ti? Él sonrió ampliamente pero no dejó de mirar hacia el frente, parecía realmente fascinado. —Que Dios tuvo misericordia de mí y me envío el mejor regalo del mundo. —¡Que viva el amor! —gritó Donnelle. La pantalla se fue a n***o, y luego apareció una imagen en el que se mostraba una llamada que llevaba dos horas, cuarenta y tres minutos de haber iniciado, el nombre que se leía era: Mi Aza ♡  Sin duda demostraba que Cóndor había pinchado mi teléfono, grabado y escuchado nuestras conversaciones. —¿Podrías decirlo una vez más? Su voz removió mis entrañas, no estaba segura si por el hecho de que era él, o por el hecho de que el tono de su voz indicaba que se sentía muy mal. —No voy a dejarte, Aza. Siempre estaré a tu lado. —Mientras me ames, sé que no hay cosa que no sería capaz de vencer. No estuve segura de sí fue su promesa o el olor que logré distinguir del sweater, pero uno de los dos había sido el detonante de los recuerdos que explotaron en mi cabeza. 
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD