Al día siguiente... El silencio de la madrugada se rompió con el estruendo de la puerta al golpear la pared. Nikolai entró, la botella de whisky en una mano, sus pasos torpes y pesados. El olor a alcohol, tabaco y poder llenó la habitación, despertando a Serafín en el acto. Como un reflejo de su nueva existencia, se humilló de inmediato, arrodillándose en el suelo junto al pie de la cama, esperando su orden. Nikolai se dejó caer en el borde del colchón. Con la mano que no sostenía la botella, le acarició la cabeza, un gesto que parecía más el de quien acaricia a un cachorro que el de un hombre a su posesión. Serafín, con el corazón en la garganta, le quitó los zapatos, y cuando sus dedos se acercaron para desabrocharle la camisa, él la tomó por el cuello. No con violencia, sino con firm

