La mansión Smirnov estaba en silencio cuando el auto de Nikolai se detuvo frente a las escaleras de mármol. Serafín bajó del vehículo tomada de su brazo, todavía con el rubor en las mejillas por lo que había vivido esa noche. Sentía que el corazón iba a salirsele del pecho: nunca se había sentido tan observada, tan expuesta… y, al mismo tiempo, tan orgullosa. Nikolai le acarició la espalda al entrar en el vestíbulo. —Sube a tu ala, mi ángel. Te veré en un rato. Serafín lo miró con duda. —¿Está todo bien, mi señor? Él inclinó el rostro y rozó su frente con un beso rápido. —Todo. Solo ve. Ella obedeció, aunque con el presentimiento de que algo estaba por ocurrir. No se equivocaba. Ekaterina Smirnova los esperaba en la sala principal, de pie junto a la chimenea encendida, vestida con

